Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 27/02/2012

Un concierto de Perahia, sin Perahia

Por Mikel Chamizo
Madrid, 21/02/2012. Auditorio Nacional. Academy of St. Martin in the Fields. Kenneth Sillito, dirección. F. Ries: Obertura “Liska oder Die Hexe von Gyllensteen”. W.A.Mozart: Sinfonía nº29 en La mayor, K.201 y Sinfonía nº25 en Sol menor, K.183. F.J.Haydn: Sinfonía nº44 en Mi menor, “Funeral”, Hob. I:44. Ocupación: 85 %

Fue una situación un tanto extraña la que se vivió en el Auditorio Nacional el pasado martes, provocada por la indisposición de último minuto -incluso el piano estaba ya sobre el escenario- de Murray Perahia, quien no sólo iba a tocar en el concierto, sino también dirigirlo. ¿Si la gran estrella de tu espectáculo se enferma muy poco antes del concierto, es factible cancelarlo cuando la mayor parte de tu público no podrá saberlo a tiempo y acudirá al auditorio igualmente? Ibermúsica tuvo la gran fortuna de que la orquesta que iba a dirigir Perahia era la Academy of St. Martin in the Fields, que da muchos conciertos sin director, y de que Kenneth Sillito, su concertino-director, no estuviera de vacaciones durante esta gira. Por eso la velada se salvó e incluso salvaguardó un elevado nivel de calidad. ¿Pero qué hubiera pasado de tratarse de otra orquesta, sinfónica, de gira sin el director adjunto y que se quedase también sin solista? Hubiera sido una auténtica catástrofe. Esta vez se salvó la papeleta, pero Ibermúsica puede estar muy agradecida de la fidelidad y manga ancha de un público que se quedó en el concierto sin levantar mayores controversias. Porque seguro que muchos entre ese público, yo mismo entre ellos, fuimos al Auditorio Nacional por escuchar a Perahia y no por la St. Martin in the Fields.

El programa, lógicamente, tuvo que ser cambiado de arriba abajo. Y esto sí que fue una gran decepción para mí. No sólo porque nos quedásemos sin disfrutar del excelente Beethoven de Perahia (iba a tocar el Concierto nº 2), sino porque se cayera la Sonata “Grand Duo” de Schubert en la orquestación que realizara Joseph Joachim, que siempre me ha encantando en grabaciones pero que nunca he conseguido escuchar en directo, pues no es muy habitual en las salas de conciertos. Ambas obras fueron sustituidas por las Sinfonías 25 y 29 de Mozart y la Sinfonía 44 de Haydn, unas partituras muy familiares para los maestros de la St. Martin in the Fields y que, es de suponer, en Madrid tocaron de arriba abajo sin prácticamente ensayarlas. Y el resultado, a pesar de todo, fue muy notable.

En especial la Obertura Liska (La Bruja de Gyllensteen) de Ferdinand Ries, y eso que se trata de una pieza de orquestación más pesada que las de Mozart/Haydn y con un cierto dramatismo abrupto en algunos pasajes. El problema de que dirigiera Sillito desde el atril del concertino no fue tanto por las entradas de los instrumentistas, que fueron muy precisas, sino por los cortes. En los acordes sostenidos por toda la orquesta no todos los instrumentos cortaban el sonido a la vez, lo que generaba una sensación de imprecisión, algo que con un director marcando el final del acorde hubiera sido sencillísimo de solventar. Pero por lo demás, interpretativamente la obertura, que tiene su complejidad de transmisión, estuvo muy bien expresada en sus contrastes y giros teatrales. Al fin y al cabo, y aunque en este concierto no tuvieran delante a Perahia, llevan tocando esta obertura con él durante toda la gira.

Fue ya en los Mozart y Haydn donde se empezó a notar más la falta de un director, tanto para lo bueno como para lo malo. Siempre me gustan las orquestas sin director porque la ejecución de los músicos, a un nivel camerístico, es mucho más viva e interesante. Al compartir la responsabilidad general de la interpretación, se crea una riqueza de conexiones individuales entre los músicos que difícilmente se da cuando están atentos a un director. En la Sinfonía 29 de Mozart fue delicioso, por ejemplo, comprobar con qué cuidado y, al mismo tiempo, libertad, abordaban los vientos madera sus entradas solistas y como se relacionaban con las cuerdas. O el toque ligeramente lúdico en los portatos de la cuerda grave, como si los brazos de los violonchelistas bailaran por su cuenta. O la relación natural que se daba entre los violines primeros, y los segundos y violas, mezclándose en un tejido contrapuntístico en el que los planos estaban menos sopesados y, por lo tanto, no siempre los primeros violines predominaban sobre los demás. En todos esos detalles, y muchos más, fue estupenda la interpretación de los músicos inglés de la St. Martin, a quienes se les veía disfrutar de lo lindo haciendo y compartiendo música de esta manera.

Pero hay que listar también ciertos peros en las versiones de la Academy, en especial en la segunda parte del concierto, pues la Sinfonía 29 fue solventada con esa elegancia a la inglesa y autoridad sin excesos historicistas que siempre han caracterizado a la St. Martin. Fue con la Sinfonía 25 de Mozart, en concreto, donde se empezó a producir un desequilibro general entre los vientos, en especial las trompas, y el resto de la orquesta. Mientras que los primeros dos trompistas demostraron ser extraordinariamente precisos y comedidos durante todo el recital, al unirse el tercero y cuarto para la Sinfonía 25 empezaron a producirse numerosos problemas de afinación y exceso de volumen, que terminaron por lastrar un poco la impresión general de la sinfonía.

Pero en lo que más se echó en falta a un director fue en la escasa intención que presentaron las interpretaciones, también en la Sinfonía 25, pero muy especialmente en la Sinfonía 44 de Haydn, una de sus Sturm und Drang. Estuvo primorosamente tocada, por supuesto, pero pecó de demasiado civilizada y un tanto inflexible en los tempi, mantenidos casi sin la menor variación desde el principio hasta el final de los movimientos. También se echaron en falta mayores contrastes entre pasajes suaves y fuertes, pues aunque los músicos respondían a las indicaciones dinámicas de la partitura, quizá no supieron articular la dinámica lo suficiente para recrear el efecto dramático buscado por Haydn. Es decir, a la versión le faltó una visión exterior unitaria y elaborada, que llevará la música de un lugar a otro con una finalidad definida y un narración más convincente en sus contrastes, que es uno de los puntos vitales de esta sinfonía. En cualquiero caso, los músicos de la St. Martin bastante mérito tuvieron al realizar una lectura modélica de una partitura que en sí misma, y sin añadidos, es ya extraordinariamente interesante. Y esto, dada las adversas circunstancias que rodearon al concierto, fue una suerte para todos nosotros.