Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 05/05/2005

Tristán glissando

Por Mikel Chamizo
San Sebastián, 26/04/2005. Auditorio Kursaal. Tristán e Isolda, ópera en tres actos con música y libreto de Richard Wagner. Versión de concierto. Jon Fredric West, Tristán. Jayne Casselman, Isolda. Hans Tschammer, el rey Marke. David Pittman-Jennings, Kurwenal. Natascha Petrinsky, Brangania. Pierre Guillou, Melot. Christophe Berry, un pastor; un marino. Jean-Marc Bonicel, un timonel. Ópera Nacional de Burdeos. Orquesta Nacional de Burdeos-Aquitania. Dirección musical y puesta en escena: Hans Graf.

Interpretar las óperas de Wagner en versión de concierto, aunque se trate de una de tan poca acción escénica como es el Tristán e Isolda, tiene algo de esencialmente corrupto desde el punto en que transforma la obra de arte total idealizada por Wagner en algo que se parece peligrosamente a la Überdimensionale geweitete dreisätzige Vokalsinfonie (Sinfonía vocal desmesurada en tres tiempos) de la que habla el también compositor y también alemán Bernd Alois Zimmermann en el famoso capítulo Zukunft der Oper (El porvenir de la ópera) de su libro Intervall und Zeit (1974). La experiencia músico-teatral de tintes casi místicos diseñada por Wagner en su Tristán se convierte fácilmente, en el contexto de una versión de concierto y por magia de detalles tan prosaicos como el vestuario o la propia gesticulación del director, en una vivencia bien distinta de la proyectada originalmente por el compositor. Incluso si nos internamos en el mundo, evidentemente no visual, de las grabaciones de óperas wagnerianas, nos encontramos con que las más laureadas y casi unánimente reconocidas como mejores corresponden siempre a registros históricos de representaciones en directo en las que la tensión escénica se transmite de manera prodigiosa a través de los surcos (pienso en especial en Knappertsbusch), o a grabaciones de estudio que intentan recrear esta cualidad dramática desde lo estrictamente sonoro (Solti). Sin embargo esta teatralidad, que tratándose de Wagner es casi una premisa, está tomando en los últimos tiempos una enorme importancia en la totalidad del género operístico, claramente tendente a una identificación cada vez mayor con las formas de espectáculo contemporáneas. Un claro ejemplo de este cambio de intereses lo constituye la grabación que Naxos realizó en el 92 del Barbero de Sevilla, que si bien no puede competir con las fabulosas voces que pueblan los muchísimos Barberos editados en los últimos 60 años, es primera recomendación de la revista Gramophone por sus magníficos logros narrativos.

Creo imposible, si no se es un wagneriano de pro, acercarse a una versión no escénica del Tristán sin plantearse una serie de reparos. Yo los tenía todos: el cambio de cantantes -West y Casselman en sustitución de Connell y Rendall-, la orquesta –francesa-, el horario –un domingo de las 16:30 a las 21:30- y, sobre todo, los instrumentos de tortura que son los sillones del Kursaal. Sin querer caer en temas que me parecen banales para una crítica, debo decir que es en sesiones maratonianas como ésta en las que se descubre la poca funcionalidad de algunos de nuestros nuevos auditorios, en los que entras tan fresco y sales con los huesos machacados. Mis reparos se convirtieron en terror con las primeras notas del Preludio, que auguraban una aproximación poco menos que fenomenológica a la partitura. No obstante, pasado el shock inicial del Preludio, dirigido y tocado con una lamentable torpeza, he de decir que el nivel de la interpretación enfiló un crescendo que alcanzó notables cotas de calidad y emoción en el bellísimo tercer acto. Hans Graf, quien fue titular de la Orquesta de Euskadi del 93 al 96, mostró una solvencia con la música de Wagner que a menudo rayó con la brillantez, como en el ya citado tercer acto y especialmente su primera escena, transmitida con una delicadeza extrema que expresó maravillosamente la abulia y desesperación de Tristán. La progresión de la orquesta fue similar. La Nacional de Burdeos-Aquitania es una orquesta que por secciones funciona bien pero que en conjunto se desequilibra. En especial la cuerda, que posee esa sonoridad limpia tan típicamente francesa, se las vio y se las trajo para sobreponerse a los metales en los tutti. Pero de la misma manera que el primer acto estuvo plagado de pequeñas inseguridades que fueron en perjuicio del color general, en el acto tercero la orquesta funcionó como un instrumento sobresaliente con momentos sorprendentes como el sólido Liebestod o el mismo último acorde, de una afinación pluscuamperfecta.

El de los cantantes ya es un tema distinto y que nos adentra en el terreno de los gustos, ya que las opiniones, sobre todo en lo que respecta al Tristán de Jon Fredric West, fueron muy encontradas. El americano, un heldentenor en toda regla especializado en tristanes y sigfridos, hizo cosas bellísimas y cosas muy feas. Pero al margen de acobardarse con algún agudo, de que el timbre un tanto aspero de su voz en los registros medio y agudo fuese imposible de empastar con el de la soprano –con lo que esto supone para el segundo acto-, de que hiciese fraseos maravillosos junto a otros excesivamente prosaicos, para mí el gran problema de West fue su histrionismo interpretativo, algo que me desagrada profundamente a la vez que a otros les hechiza. Y a lo mejor porque, quizá de una manera equivocada, concibo muy diferentemente lo que debe ser un Tristán de lo que es un Sigfrido, el trabajo de West me resultó agotador y hasta molesto. Jayne Casselman sin embargo me gustó, a pesar del problema con su registro agudo, que carece de armónicos y de peso, por lo que a algunos climax como el del Liebestod les faltó contundencia, y por su extraña manía de sacar a veces un timbre gallinaceo ella sabrá de donde. Sin embargo, su hemoso color en los graves, su nobleza interpretativa y su gran seguridad encarando un rol como el de Isolda a mí me dejaron un regusto agradable.

La Brangania de Natascha Petrinsky fue problemática porque su voz superaba en brillantez –no en los demás aspectos- a la de Isolda. El Kurwenal de David Pittman-Jennings fue el más equilibrado de los personajes, tanto desde lo vocal como en lo dramático. El rey Marke de Hans Tschammer fue frío y un tanto auto-complaciente en la morbidez de su preciosa voz de bajo. Pero tanto estos como el resto de comprimarios (entre los que no faltaba un tenor super francés como Christophe Berry cuyo timbre sorprendió bastante en el contexto de vozarrones que había sobre el escenario) firmaron unas actuaciones muy meritorias y a la altura de un Tristán que, en una espectacular progresión, dio comienzo en el borde del suspenso y concluyó casi en el sobresaliente.