Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 08/06/2007

Tocar bien el violín y no estar buena

Por Rafael Díaz Gómez
Valencia, 21/05/2007. Palau de la Música. Guidon Kremer, violín. Orquesta del Festival de Budapest. Iván Fischer, director. Richard Strauss: Waltz Sequences from ‘Der Rosenkavalier’, Op. 59, Act III. Béla Bartók: Concierto para violín y orquesta nº 1, Sz 36. Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67
A Guidon Kremer le debo una. Hace algo más de un año tocó en el Palau de la Música de Valencia el Concierto de Sibelius junto a la dirección de Yaron Traub. Si la versión de la obra programada fue estupenda, el regalo que nos ofreció el solista, la Chacona de la Segunda suite de Bach, me conmovió hasta el tuétano. Diversas circunstancias impidieron que pudiera escribir entonces sobre lo que aún recuerdo con un agradecimiento estremecido: una de las más emocionantes experiencias musicales que he vivido. Quede así saldada, aunque tarde y torpemente, aquella deuda.

Kremer sigue magnífico. Y eso que no es un violinista recién salido de la adolescencia ni luce una sonrisa tan angelical como perversa ni viste ajustado o transparente. Sí, al parecer, Kremer, que cumplió el pasado febrero sesenta años, no es precisamente una Lolita. A pesar de todo, osado él, se atreve a pasearse con su violín por los escenarios del mundo. Y lo hace de forma magistral. Su musicalidad es apasionante, comprometida y precisa. Así lo demostró en los dos movimientos de que consta el Primer concierto de Bartók.



Fotografía © 2006 by Palau de la Música, Valencia

Esta obra, de 1907, está inspirada por el amor que el autor sentía por la violinista Stefi Geyer. Rota la relación al poco de entregarle a la joven la partitura, el concierto no se estrenó hasta 1958, aunque el primer movimiento ya había sido presentado mucho antes como primero de los Dos retratos, op. 5. La espléndida exhuberancia melódica de la parte del violín en ese primer movimiento, Allegro sostenuto, una línea aérea pero firme, carnalmente evocada desde un corazón seducido, fue enunciada por Kremer con un lirismo terso, evocador y sensual. Mientras, la segunda parte, Allegro giocoso, un presente de admiración que celebra las dotes como intérprete de la destinataria, sacó a la luz todos los recursos de virtuoso de Kremer, adaptado a la perfección al juego de contrastes y de bromas que encierran los pentagramas, aunque sin perderle la vista en ningún momento a una profunda vocación expresiva que, como metido en el mismo Bartók (“estoy Bartók de todo”, que diría el poeta Ángel González), parecía estar continuamente requebrando y homenajeando a la amada.

La última vez que escuché en Valencia a la misma orquesta y al mismo director interpretaron el otro de los conciertos para violín de Bartók, en aquella ocasión con György Pauk como solista (febrero de 2000). Ahora, como entonces, Fischer llevó las riendas de la formación con maestría, coloreando delicadamente y construyendo con rigor en torno a los ejes de tensión de la obra.

No tan convincente me pareció el resultado en la Primera suite de El caballero de la rosa. Quizá porque se tardó en cogerle el pulso a la obra, quizá porque, tomando como referencia el concierto de hace siete años, esperaba una progresión favorable en la Orquesta del Festival de Budapest que no percibí (sin que con ello quiera indicar que sus integrantes se hayan echado a perder ni mucho menos), quizá porque buscaba, además del refinamiento que sin duda hubo, algo más de sangre que irrigara todos los compases.

Tampoco me atrapó el primer movimiento de la Quinta beethoveniana. Fischer, despendolado, pasó sobre él como un vendaval. Ordenado pero sin mucha molla, el sonido fluyó en una corriente tan fulgurante como poco trascendente. Mucho mejor fueron las cosas, sin embargo, en los movimientos centrales, plagados de hermosos detalles bien concatenados, mantenidos por una respiración común. En algún momento el silencio suspendió a todo el auditorio en una única atención expectante. El final perdió un ápice de la magia conseguida, pero, menos plano que el primer tiempo, fue construido con la suficiente elasticidad como para arrancar muy fuertes y merecidos aplausos y bravos del público que se vieron recompensados con propinas de Dvorák (una Danza eslava) y Johann Strauss (Galop de los bandidos). También al final del la primera parte Guidon Kremer ofreció la suya: el cuarto movimiento de la Sonata para violín solo de Bartók. Impresionante. Pura música. Sin más. ¡Y que se fastidien los viejos verdes!