Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 05/01/2012

Rectángulos y círculos

Por Enrique Sacau
Madrid, 17/12/2011. Auditorio Nacional. Richard Wagner, Obertura de Tannhauser. Richard Strauss, Cuatro últimas canciones. Ludwig van Beethoven, Sinfonía nº 7 in La mayor, Op. 92. Renee Fleming, soprano. London Philharmonic Orchestra. Christoph Eschenbach, dirección musical.

Como despedida de 2011, el ciclo de conciertos de Ibermúsica trajo a Madrid a la Filarmónica de Londres con, ni más ni menos, el director de orquesta Christoph Eschenbach y la soprano Renee Fleming. Y lo hizo además con un programa para casi todos los gustos que no podía ser mejor para despedirse antes de las fiestas navideñas. Y el público respondió: no sólo todos los abonados estaban presentes, sino que hubo gente de varios lugares de España que se acercaron a la puerta para ver si podían comprar alguna entrada. Aún en el intermedio, cuando salimos a tomar el aire fresco, había gente fuera que quería entrar y se quedaron decepcionados al saber que Fleming había cantado en la primera parte y no volvería en la segunda. “He venido especialmente desde Mallorca”, me dijo uno. En fin, otra vez será.

Lo cierto es que la soprano norteamericana es a sus 52 años uno de los grandes nombres del momento y lo es por los motivos justos. Esto es, se trata de una cantante con una sólida técnica, que cancela poco, tiene un timbre reconocible y un estilo inconfundible que gusta a casi todos, enloquece a sus fans y, como es siempre el caso entre las grandes de verdad, enfurece a sus detractores. Por mera honestidad, debo decir que me encuentro entre los muy partidarios de Fleming, si bien suelo agradecer la distancia del escenario para que sus a menudo exagerados gestos no me estropeen el espectáculo. Y lo soy porque Fleming logra lo que todos los cantantes de ópera intentan y pocos consiguen: actuar con la voz. O sea, utilizar la voz para transmitir sentimientos. Se me ocurren algunas grandes que no lo logran por causa de colores de voces fijos, que no cambian.

Dicho esto, las Cuatro últimas canciones de Strauss son algo traicioneras y rara vez se escuchan interpretadas de forma emocionante. El problema es que cuando el cantante ha entrado en calor, y el público se ha asentado en la sala y habituado a su modo de cantar (como se habitúa al sabor de un vino a lo largo de la comida), se acaba la cuarta pieza. Fleming fue también víctima de ello. Aunque cantó muy bien, como es habitual en una cantante que siempre conoce lo que canta en profundidad, tardó en meterse en las canciones o, para ser menos duros, en establecer la relación con el director, la orquesta y el público necesaria para seducir. Fue la última canción, Im Abendrot, la que verdaderamente me conquistó y me dejó con ganas de más, de mucho más.

Quizás un director más cálido podría haber ayudado. Eschenbach es conocido por sus interpretaciones desapasionadas y analíticas: casi nunca alarga un silencio o una nota más de la cuenta para lograr efectos, como no exagera con los tempi o las intensidades para buscar contrastes. Al principio de la Obertura de Tannhauser lamenté una cierta rigidez, pero confieso que me fui acostumbrando a la idea y acabé disfrutando de un Wagner presentado con desenfado, de algún modo desacralizado. Porque Wagner, digamos la verdad, se presenta a menudo como si se tratase del Evangelio, si bien un evangelio picante y voluptuoso. Al acompañar a Fleming, así como al interpretar la Séptima de Beethoven, Eschenbach aburrió. No había desacralización que agradecerle, sino una cierta falta de ideas que no hizo por levantar el pabellón del que fue un buen concierto.