Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 28/04/2011

¿La verdad?

Por Jorge Binaghi
París, 15/04/2011. Théâtres des Champs-Elysées. Pelléas et Mélisande (París, Opéra Comique, 30 de abril de 1902), libreto de M.Maeterlinck, música de C. Debussy. Intérpretes: Natalie Dessay (Mélisande), Marie-Nicole Lemieux (Geneviève), Laurent Naouri (Golaud), Alain Vernhes (Arkel), Simon Keenlyside (Pelléas), Khatouna Gadelia (Yniold) y Nahuel Di Pierro (Pastor, médico). Versión de concierto. Orquesta y coro de Paris. Dirección: Louis Langrée
En medio de los claros y oscuros, del camino de ciegos entre luces de mediodía, noches sombrías y mar calmo o embravecido, los protagonistas ‘perdidos’ de esta obra única, se dejan llevar y tal vez existir (Mélisande), se dejan vivir (Geneviève), intentan reaccionar (Pelléas), están y procuran entender (Arkel), empiezan dificultosamente su camino sin entender nada (Yniold) y se desesperan por haber pasado por tantas cosas y seguir sin entender (Golaud). Sólo queda la voz de los que están ocupados con sus oficios (el pastor y el médico) y las figuras sin voz de los pordioseros, de las mujeres que entran al final, de esa hija recién nacida que ni siquiera llora, de ese padre que impide viajar con su enfermedad y que ordena, tarde, viajar cuando recupera su salud y los demás la pierden. Perdidos, literal y metafóricamente. Y cuando empieza a sonar, en el segundo acto, la palabra ‘verdad’, en un primer momento cargada de su sentido concreto y ‘banal’ (si puede ser banal la verdad), se volverá una obsesión para Golaud, que mata por ella y sigue sin siquiera acercarse, que hace ‘simplemente lo habitual’ sin lograr entenderlo, para encontrarse al final, más solo y desesperado que nunca, con que a su exigencia de ‘verdad’, una Mélisande en agonía le da la mejor y más terrible respuesta: ‘¿La verdad?’ Porque esta obra plantea más preguntas que respuestas, porque a las afirmaciones de planes que no se realizarán (‘¡Es preciso viajar!’) se suceden siempre perplejidades (‘ Te perdono. ¿Es preciso perdonar?’).

Sigue habiendo gente a la que le cuesta o se le resiste el Pelléas. No sé si es mejor eso o encontrarse con que cada vez nos incomoda más, nos angustia más, nos remite a abismos realmente sin fondo porque cada vez son los mismos y son otros. He citado el texto, pero naturalmente la música lo ‘realiza’ de modo aún más completo, más ‘misterioso’. Personalmente, no sé (en el caso no improbable de que vuelva a ver, incluso más de una vez, este título) si habrá tantas coincidencias afortunadas como en esta ocasión.

Por empezar, y eso que se trata (se crea o no) de una obra fundamentalmente teatral, la versión de concierto ha ‘desnudado’ más a los personajes aunque llevaran vestidos de noche. Eso, en general. Como en general la breve intervención del coro y la fundamental y absorbente de la orquesta resultaron excepcionales y es en una obra tan difícil cuando me encuentro con el –para mí- mejor trabajo de Langrée, aunque no pudo impedir el desequilibrio con las voces aunque estuvieran colocadas delante.

Yendo a lo concreto, fue un acierto volver al Yniold soprano, como previó Debussy, y la georgiana Gadelia constituyó un buen elemento tras una opacidad de timbre inicial, seguramente debido al nerviosismo de la primera (Teatro lleno hasta los bordes. Debussy habría estado contento). Inmejorable en los dos roles ‘episódicos’ fue la labor de di Pierro, un hombre joven que puede tener una carrera más que interesante. Si Vernhes exhibió signos de veteranía (entre otras cosas porque ni es exactamente un bajo como la parte de Arkel requiere y porque se lo vio toser un par de veces), también impuso su dicción y su sentido del fraseo: muchas ‘sentencias’ memorables -y escalofriantes- pasan por su boca, y el artista no perdió la oportunidad. Lemieux será quizá un tanto joven y rozagante de aspecto para Geneviève, pero cómo cantó sus dos escenas (nunca las había oído con tal lozanía vocal). Naouri cantó también estupendamente y para algunos fue el héroe de la velada. Lo recuerdo hace muchos años en Amberes, no sé si en su primera o en una de sus primeras aproximaciones al papel, y si bien en el canto ha mejorado, su obsesión por hacer de Golaud un aislado alucinado, permanentemente irónico y amargado, que intentaba -y lo conseguía casi siempre- no mirar a ninguno de sus compañeros, redundó en una imagen que considero poco matizada del personaje. En esta obra todos reaccionan, aunque a veces se ignoren; que todos se miraran acentuaba más esta peculiaridad interpretativa.

Ciertamente el señor que estaba a mi lado hizo una foto de Dessay en cuanto pudo y luego se dedicó a dormitar hasta que llegó el intervalo (hay que admitir que tres actos seguidos de esta obra son un poco mucho por lo que exigen a artistas y público) y se marchó. Tendrá el recuerdo de la segunda (y primera en París) interpretación que la soprano hace del papel, pero no habrá podido saber que, pese a que el color debería ser más luminoso, o que los graves resultaban más de una vez débiles o inaudibles (supongo que con la orquesta en el foso eso no hubiera ocurrido), estaba frente a una Mélisande estremecedora, que no sólo iba ganando en confianza con el transcurrir de la obra sino que cumplió con lo que los otros dicen de ella ("una voz que llega del fin del mundo", "un pequeño pájaro extranjero"). Y para sus dúos -nunca los he oído tan sensuales, tan refinada y enloquecedoramente eróticos- contó con el que un crítico local (algún otro prefirió encontrarle pegas a la pareja de amantes) definió como “el Pelléas de su generación”.

Es cierto que -como ha ocurrido ya al parecer sin vuelta atrás con su Billy Budd, del que no ha quedado registro visual- si algo no lo impide estamos ante la última aparición como Pelléas de Keenlyside. La voz está más oscura y robusta, pero los agudos de ‘barítono martin’ siguen allí, las medias voces etéreas, las notas de cabeza, y sobre todo, con todo ese bagaje puesto al servicio de una infinidad de matices en la repetición de un pronombre o un nombre. Hay que escucharlo decir ‘Ah, voici la clarté!’ para sentir cómo la luminosidad se abre paso a través de su voz. Uno no sabe si admirar más su inteligencia, su trabajo, o su inagotable expresividad (incluso con un brazo en cabestrillo). No sé si es el ‘de su generación’; sé que en cincuenta años de contacto ‘en vivo’ con la obra de Debussy no he visto ninguno que pueda comparársele.

Últimamente se me hace difícil ver más de una función del mismo título, salvo que me ‘obligue’ un cambio de reparto. En esta ocasión recuperé a aquel lejano muchacho que salía corriendo a comprarse una entrada para la función siguiente. Y no me arrepiento.