Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 24/12/2008

Lunatic contra Solaris

Por Jorge Binaghi
Bruselas, 09/12/2008. Teatro de La Monnaie. Rusalka, (Praga, 1901). Libreto de Jaroslav Kvapil y música de A. Dvorak. Dirección escénica: Stefan Herheim. Escenografía: Heike Scheele. Vestuario: Gesine Völlm. Intérpretes: Olga Guryakova (Rusalka), Burkhard Fritz (el príncipe), Doris Soffel (Jezibaba), Willard White (El espíritu del lago), Stephanie Friede (La princesa extranjera), Julian Hubbard (el guardabosques y el sacerdote), Olesya Goloevna, Young Hee Kim y Nona Javakhidze (las tres ondinas) y otros. Orquesta y coro (maestro preparador: Piers Maxim) de La Monnaie. Director: Adam Fischer
Aunque el título de esta crónica evoque personajes o títulos de películas de ciencia ficción, nada más alejado de eso. Es simplemente el nombre que tiene un prominente bar en la escena única de la nueva producción de la gran obra de Dvorak en La Monnaie. Aclaro: ‘Lunatic’ se llama de noche y ‘Solaris’ de día. Y todos los otros edificios, salvo la entrada del metro, tienen ese carácter ‘dual’: el sexshop es una casa de vestidos de novia y también una carnicería; la florista mendiga (Jezibaba) tiene de día una magnífica floristería que ostenta su nombre. El espíritu del lago es, en la vida cotidiana, un oficinista atraído por el barrio bajo (las tres ninfas, más cerca que nunca a ciertas concepciones de las hijas del Rhin) y casado con una mujer insoportable a la que termina acuchillando (con toda razón) pero que en el segundo acto es la princesa extranjera. El príncipe es un marinero de permiso en el primer acto y en los otros dos está siempre con un pijama, salvo en el momento en que presencia desde un palco, con la princesa-reina, el ballet (que no se baila, no caigamos en tonterías) donde desde la sala -desde lo alto y la platea- se arroja al público papel picado en el mejor estilo carnavalesco mientras las monjas o buenas burguesas se transforman en mujeres de Botero, con grandes senos y enormes piernas-jamones dibujados. Al final hay un video que transmite una sensación acuática muy bonita y las tres ninfas hacen su salida de modo fascinante.

La protagonista, que es naturalmente una representante más o menos barata del oficio más antiguo del mundo (revoleando cartera inclusive), antes de asistir al crimen pasional y aprovechar para finalmente pescar cliente (un joven asustado) se ha convertido por un momento en la Purísima sobre una medialuna rodeada de adornos de un kitsch estridente. Canta su aria desde lo alto de un pirulí estilo madrileño y parisino con publicidad de una ópera -adivinó, lector, Rusalka- que se da -nuevamente acertó- en La Monnaie mientras parte de la columna se vuelve un tanque de agua transparente en el que se ve la cola de sirena (las otras tres ninfas, que también son prostitutas, pero aparentemente sólo trabajan en el bar, no tienen cola nunca).



Momento de la representación
©2008 by Karl Foster


Soy consciente de que he perdido bastante tiempo en la descripción, pero no sé bien cómo hacer con Herheim. Sólo había visto, y detestado, como muchos, su ‘versión’ del Rapto mozartiano, y me había evitado su Parsifal en Bayreuth. Ignoro si ha hecho más cosas en ópera (supongo), pero ha tenido que venir a Bruselas para que me moviera a ver otro de los productos de su desbordante imaginación. No creo que me vuelva a pasar, a menos que se trate de un título muy particular o de un reparto muy importante. Reconozco que algunos gestos, momentos, disposiciones, eran muy bellos y/o adecuados, pero no su pertinencia para una obra que tiene la música que tiene y el argumento y palabras que tiene. Si uno no les cree, hace otra cosa o crea su propia obra, pero no los toma como pretexto para desvirtuarlos hasta hacerlos irreconocibles.

Sólo agregaré que tenemos una especie de prólogo mudo (con ruido de lluvia, porque el barrio ‘rojo’ de la ciudad tiene un vago parecido a Bruselas, Amsterdam o villas vecinas) en el que se repiten sin cesar las mismas situaciones y personajes. Será para recuperar esos minutos que luego en el tercer acto se suprime entera la escena del cocinero, el aprendiz y Jezibaba. Y sin embargo, nunca he encontrado Rusalka tan larga y por momentos tediosa, salvo cuando me han entrado ganas de reír (que no se supone que era lo que debía hacer).



Momento de la representación
©2008 by Karl Foster


Alguno dirá, ‘vayamos a la música’, y tendrá razón. Pero aunque había dos elencos y elegí el que sobre el papel parecía más equilibrado y en algunos aspectos muy bueno, igual me pillé los dedos.

Fischer debutaba en La Monnaie y su orquesta sonó realmente fascinante. Lástima que olvidó el equilibrio con el escenario y todos se vieron obligados a cantar fuerte para intentar (de ahí a lograrlo media un trecho a veces interminable y otras bastante largo) que se los escuchara. No sé si fue por eso o por otros motivos que el checo que estaba sentado a mi lado comentó "si no fuera porque conozco la obra, ni me habría enterado en qué lengua cantan". Los pocos comprimarios fueron apenas correctos y el coro estuvo bien sin alcanzar cotas sublimes. Excelentes las tres ninfas.



Momento de la representación
©2008 by Karl Foster


El ‘cazador’ convertido en libertario (no sé si okupa) que cultiva marihuana (que consume) en su balcón y luego, en un salto mortal que no tiene justificación ninguna, aparece entre la sociedad bienpensante del segundo acto como sacerdote fue un interesante (pero lo que canta es muy poco como para pronunciarse sobre sus reales posibilidades o aciertos) Julian Hubbard. ‘El’ tenor de la ópera, un rol bien difícil, se confió a Fritz. Parece un cantante bueno y correcto intérprete. Su volumen es mediano y buena la emisión, pero lamentablemente el timbre -claramente tenoril- es poco incisivo en el agudo y eso le jugó en contra. Guryakova parecía ser una de las voces actuales más adecuadas para ‘Rusalka’. O su repertorio se está ampliando demasiado de prisa, o simplemente se vio forzada por la dirección, pero el resultado es que cantó todo en forte (o a lo sumo mezzoforte); ni siquiera en el aria a la luna intentó una media voz, y todo estuvo muy, muy lejos, de sus memorables ‘Natasha’ de Guerra y Paz, o de su ‘Tatiana’ en Eugenio Oneguin (y por área lingüística y de procedencia, no debería ser así).

Friede es siempre una voz enorme, pero cada vez más destimbrada y el agudo es impactante pero cada vez más metálico. Como intérprete pareció más feliz cuando no cantaba en los actos extremos que cuando lo hizo en el segundo (los artistas deberán comenzar a vigilar lo que les pide la puesta en escena porque la soprano trabajó el triple de lo que se le pide como actriz, aunque no como cantante, aunque el hecho seguramente haya influído en su voz y forma de cantar). White es un veterano y él también -con más justificación- estuvo todo el tiempo en escena. Para su carrera, es normal que la voz acuse cierta fatiga, pero fue el que mejor se oyó.

Y cerca estuvo la casi veterana Doris Soffel, de larga y correctísima trayectoria, que debió pasar de casi mendiga a propietaria burguesa de la floristería para convertirse, en el último acto, en una ‘rival’ de la protagonista, usando su mismo vestido plateado de lentejuelas (por un momento volví al cine norteamericano de 1945-1955, donde habría estado más en su lugar todo esto). Pero además, cantó muy bien, sólo con alguna insuficiencia en el extremo grave (perceptible en el primer acto sobre todo) y para quien recuerde su ‘Adalgisa’ junto a la Sutherland en Barcelona hace casi un cuarto de siglo, esto es un real prodigio.

No asombra que los que empezaron en el oficio hace ya bastante tiempo hayan salido con claridad vencedores del torneo. Y no creo que haya sido un efecto lunar.