Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 11/10/2007

¿Loca?

Por Enrique Sacau
Nueva York, 27/09/2007. The Metropolitan Opera House. Gaetano Donizetti, Lucia di Lammermoor. Mary Zimmerman, dirección escénica. Daniel Ostling, escenografía. Mara Blumenfeld, vestuario. T. J. Gerckens, iluminación. Daniel Pelzig, coreografía. Michael Myers (Normanno), Lord Enrico Ashton (Mariusz Kwiecien), John Relyea (Raimondo), Natalie Dessay (Lucia), Michaela Martens (Alisa), Marcello Giordani (Edgardo), Stephen Costello (Arturo). The Metropolitan Opera House Orchestra & Chorus. James Levine, director
En su celebre ensayo sobre la ópera y la locura, la musicóloga americana Susan McClary observa que ‘el libro de Ethan Morden sobre el fenómeno de la diva se titula Loca, porque (como él explica) “loca” es el mayor elogio que se le puede hacer a la actuación de una prima donna -o por lo menos lo fue durante una época entre los aficionados del Met. El exceso que caracteriza las intervenciones de Lucia o Salome como dementes es de ese modo elevado al status de ingrediente esencial -un sine qua non- de las interpretaciones de las estrellas femeninas de la ópera, sin tener en cuenta el papel concreto’.

Es más, en el caso de Lucia la locura es un elemento particularmente importante, ya que el clímax de la ópera tiene lugar cuando la soprano sufre una crisis musicalmente representada a través de una serie de acrobacias vocales increíblemente complejas. Quizás la genial versión de la protagonista que ofrece Natalie Dessay fue la única locura de esta esperada producción de Lucia, que por lo demás se quedó corta.

No obstante lo buena que fue su representación de la escena de la locura, la interpretación y el canto de Dessay alcanzaron su cota máxima durante el primer acto, cuando cantó un enternecedor e impresionante 'Regnava nel silenzio'. Además de su probada capacidad para dejar pasmada a la audiencia con una precisa y espectacular exhibición de poder vocal, Dessay mostró su cuidadosamente elaborado fraseo, que dotó al personaje de una personalidad que muy a menudo otras cantantes no lograr transmitir. Está claro que Dessay disfruta hoy en día de una época dorada.

Pero inevitablemente sus compañeros de reparto no fueron capaces de estar a la altura de las maravillas de Dessay, aunque sí resultaron correctos. Marcello Giordani no es, desde luego, un cantante sutil. De hecho, en su dúo con Dessay del primer acto, rascó las notas en piano, pero el fraseo fue intenso y siempre que cantó en forte su voz sonó sobrecogedora y brilló como ninguna otra. El 'Enrico' de Mariusz Kwiecien, el 'Raimondo' de John Relyea y el 'Arturo' de Stephen Costello sonaron muy convincentes. El debut en el Met de Costello fue debidamente recompensado al final con una gran ovación.

Sin embargo, si dejamos a un lado la parte vocal, esta representación de Lucia fue más bien decepcionante. James Levine pudo hacer que la orquesta sonase fuerte, pero no emocionante. La falta de élan en el foso estuvo acompañada de tempi muy lentos. El director pareció haber confundido lentitud con profundidad, y no funcionó. Dramáticamente, los tempi lentos podrían funcionar con Puccini -aunque no siempre, como el mismo Levine demostró en su estático Trittico del año pasado- pero cuando acompañan belcanto el asunto es harina de otro costal.

La producción tampoco fue de gran ayuda. Los convencionales decorados y vestuario, diseñados por Daniel Ostling y Mara Blumenfeld, respectivamente, no pudieron compensar la pobre dirección de los cantantes. La producción se debatió entre no hacer lo suficiente o hacer demasiado. A menudo se hizo demasiado cuando los se debió dejar solos a los cantantes. Durante el dueto de 'Lucia' y su hermano del segundo acto, por ejemplo, varias personas entraron en escena para preparar los decorados para la boda, provocando un ruido innecesario y distrayendo a la audiencia. Lo mismo ocurrió durante la excesivamente bulliciosa escena de la locura del tercer acto, o las innecesarias (y más aún, chabacanas) apariciones fantasmales de los actos primero y tercero. La torpe idea de representar los rayos y truenos de una tormenta dentro del palacio de 'Edgardo' en el tercer acto habría sido anecdótica sino siguiese a una serie de escenas difíciles de entender y creer. Tal fue el caso de la boda del segundo acto, un confuso número en el que se incluyó a un menesteroso fotógrafo cuando habría que haber dejado a la música hablar por sí sola. Nada sucedió que diese pista alguna para entender la conexión emocional entre los personajes, pero sí lo suficiente como para distraer a la audiencia.

Desde un punto de vista clínico y musical, por lo tanto, la locura fue el elemento ausente de esta largamente esperada producción de Lucia. Sin embargo, la audiencia parecía estar contenta, y estoy seguro de que están deseando ver a Dessay haciendo La Fille du Regiment dentro ya de muy poco. Si la soprano francesa y sus compañeros de reparto lo hacen tan bien como lo hicieron en Londres el pasado enero, cosecharán un gran éxito.