Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 03/09/2010

El conjuro vienés

Por Alfredo López-Vivié Palencia
Lucerna, 26/08/2010. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Christine Schäfer, soprano. The Cleveland Orchestra. Franz Welser-Möst, director. Franz Schubert: Sinfonía nº 4 en Do menor, D.417 "Trágica"; Tres lieder: Die Junge Nonne D. 828, Nacht und Träume D. 827, Gretchen am Spinnrade D. 118. Alban Berg: Fragmentos sinfónicos de la ópera Lulú. Ocupación: 90%
Dentro de muy pocos días Franz Welser-Möst (Linz, 1960) tomará posesión como nuevo Director general de Música en la Ópera Estatal de Viena. La cosa no tendría mayor trascendencia si no se tratara de una de las primeras empresas públicas del país, si los medios de comunicación no escrutaran diariamente y con lupa esa casa -y sus habitantes-, y -si no voy errado- si Welser-Möst no fuera el primer austríaco en acceder al puesto desde que en 1964 Herbert von Karajan saliera de allí dando un portazo y maldiciendo en arameo. La confección del programa de esta noche, tan tremebundo y tan vienés (y tan hermoso y tan coherente), se me antoja, pues, como una suerte de conjuro de Welser-Möst ante una prensa que, vistos los precedentes, a buen seguro está afilando sus colmillos.
 
Y el caso es que, si la eficacia del conjuro depende de los resultados artísticos de este concierto, no hay duda de que Welser-Möst saldrá indemne. El maestro planteó la Sinfonía Trágica a lo grande, con cincuenta cuerdas, y aunque en general los tiempos fueron ligeritos, no se le escapó la seriedad de la pieza. Sobre todo en el primer movimiento, dicho con toda la amplitud que requiere gracias a que la cuerda de Cleveland tiene cuerpo de sobras sin que suene pesada, y su director sabe equilibrarla con mano maestra entre sí y con el resto de la orquesta.


 
La alemana Christine Schäfer (Frankfurt am Main, 1965) dio todo un recital con los tres Lieder schubertianos, el primero, Die Junge Nonne, presentado en la orquestación de Franz Liszt, y los otros dos en la de Max Reger. La voz de esta mujer me parece perfecta en todos los sentidos para cantar estas cosas: el color es precioso, la emisión clara, los armónicos ricos, la potencia más que suficiente, la dicción insuperable, y la interpretación inefable. Si las tres canciones salieron maravillosamente bien, un servidor no olvidará los tres o cuatro minutos de Nacht und Träume, porque pocas veces tiene uno el privilegio de formar parte de una belleza tan ingrávida: el canto aéreo de la soprano, el acompañamiento mimoso de la orquesta... y el silencio atento y cómplice del público.


 
Tanto Welser-Möst como Schäfer han hecho Lulu en teatro (él durante su fecunda época en Zúrich, ella en su debut en Salzburgo). Y se nota. Al maestro le pega bien la vena lírica de la pieza, y que impregna esta "suite" en la que Welser-Möst procura no exagerar sus estridencias, dadas con fuerza pero sin aspereza (un fortissimo no tiene porqué dejar de serlo aunque no suene agresivo, y en ese arte Welser-Möst sabe destacar). A la soprano le cuesta poco cambiar el registro schubertiano -tampoco hay mucho que cambiar- para convertirse en la sórdida protagonista de la acción: qué adecuada mezcla de dignidad y desprecio sabe poner a su intervención (y qué buen toque de teatro dar las palabras de la condesa Geschwitz desde la galería del órgano).
 
Calidísima acogida del público, que llamó una y otra vez a saludar a los protagonistas de la noche. Hasta que, finalmente, el maestro se subió de nuevo a la tarima para dar el preludio de Lohengrin (que no tiene nada de vienés, aunque sí mucho de amores desordenados). Pero no el del tercer acto -propina típica donde las haya-, sino el del primero, que eso es mantener la coherencia espiritual del programa. Y si además se toca con la cuerda en estado de gracia, y respirando con emoción contenida cada entrada del tema, entonces la propina se convierte en regalo.