Por Anibal E. Cetrángolo
En este calurosísimo fin de junio la Fenice continuó con la empresa iniciada el año pasado con
Die Walküre, de presentar una jornada de la
Tetralogía cada año. Subió a escena en esta ocasión
Siegfried, con los mismos responsables musicales y escénicos en esta colaboración con la Ópera de Colonia. Idéntico jefe al frente de la orquesta, es decir Jeffrey Tate, y en la escena vestuario y
régie de Robert Carsen y Patrick Kinmonth.
El año pasado había calificado de estupendo el título más popular de la
Tetralogía y temo que en este
Siegfried me quedaré sin adjetivos. A la patrulla militar con jeep del año pasado siguió esta vez en la visión de Carsen una caverna de ‘Mime’ representada como una descarga de desperdicios de periferia. Allí el enano nibelungo habita una roulotte. La escena del bosque en el segundo acto muestra troncos quebrados y ‘Fafner’ es una grúa que trata de comerse al héroe desde el techo.
Contado así puede asustar a más de uno, pero todo era muy eficaz y convencía en esta versión veneciana, que el
regisseur declara más íntima respecto de la puesta de Colonia (el escenario de la Fenice es mucho más chico que el del teatro alemán). Es curioso pensar cómo cambian los tiempos. Recuerdo la protesta de una sociedad de devotos wagnerianos -con volantes que caían de las localidades altas durante las primeras notas del ‘Preludio’- ante la
régie de Ernest Poettgen (Colón, 1967), que lamentaban la falta de dragones…
Para nosotros pasó un año entre
Walküre y
Siegfried, pero para Wagner mucho más, y con
Tristan en el medio. La orquesta enorme es de las ideales para utilizar didácticamente en el reconocimiento de timbres poco habituales:
ottavino, tres flautas, tres oboes, corno inglés, tres clarinetes, un clarinete bajo, tres fagotes, seis arpas, ocho trompas, tres trompetas, trompeta baja, tres trombones, un trombón contrabajo, una tuba, además de la cuerda y la percusión. (dos parejas de timbales, triangulo, platos, caja, glockenspiel y gong). Tanta gente desbordaba el pequeño foso de la Fenice, y así arpas y percusiones invadieron los palcos
barcacciaLos músicos de La Fenice sonaron muy bien y con toda la disciplina y la poesía que el gran Tate supo infundir. Es magnífico cuanto ha hecho este maestro en el final, esos veinte últimos minutos que son de lo mejor escrito por Wagner.
Sobre aquella inmensa masa orquestal incluso en los
tutti fue posible escuchar franca, bella y afinada la voz heroica de Stefan Vinke, el ‘Siegfried’ titánico que afrontó uno de los más arduos roles de tenor y que además suponen una gran resistencia atlética. A las dotes musicales hay que añadir que fue un ductilísimo colaborador de las ideas de Carsen. Muy convincente, ya sea en su momento de héroe de fábula, casi de historieta, en los dos primeros actos, como en el de personaje mítico en el tercero. Es muy interesante para seguir a 'Siegfried' en esta evolución cuanto escribe Luca Zopelli en su artículo, incluido en el programa de mano.
Perfecto vocal y actoralmente ‘Mime’, Wolfgang Ablinger-Sperrhacke. Se trata de un artista inmenso y con la inteligencia que necesita este rol. El personaje es odioso, pero con este cantante uno lamenta que ‘Mime’ muera en el segundo acto de
Siegfried.Muy buenos el ‘Alberich’ del belga Werner Van Mechelen, el ‘Fafner’ de Bjarni Thor Kristinsson, la ‘Erda’ de Anne Pellekoorne y Inka Rinn en su breve pero comprometido rol de 'voz de un pájaro del bosque'.
El ‘Wotan’ de Grimsley confirmó totalmente la impresión del año pasado. Con su voz generosa y su actuación sutil, este cantante, a pesar de su juventud para tal rol, fue uno de los protagonistas del espectáculo.
La ‘Brunilda’ de este año fue Susan Bullock, quien reemplazó en el rol a Janice Baird, la ‘Brunilda’ del año pasado. Se lee en el programa de sala que es la principal soprano wagneriano inglesa: sus agudos, sin embargo, no fueron buenos y tal vez celebrando su matrimonio con un descendiente de los Wälse, resultaron a veces perfectos aullidos. Cuando la partitura la obligaba a la comparación con el tenor, en los dúos, fue evidente como acortaba las notas finales. El público, frío con ella en la representación que vi, fue aún más severo en la
première.
El nivel de conjunto, musical y teatralmente, fue altísimo, y el público que en las localidades altas esperaba ocupar en el segundo o tercer acto puestos en platea, contando con el fisiológico porcentaje de desertores en Wagner, quedó decepcionado. La sala estaba totalmente completa y nadie su movió de su lugar. La primera apertura del telón con la solitaria presencia de Vinke fue uno de los estrépitos de aplausos y bravos más entusiasta que recuerdo en este teatro.