Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 15/11/2005

Ese chino jovenzuelo...

Por Mikel Chamizo
San Sebastián, 24/10/2005. Auditorio Kursaal. Daniel Börtz: Enigma (Preludio). Sergey Rachmaninov: Concierto nº2 para piano y orquesta en Do menor, Op.18. Richard Strauss: Una vida de héroe, Op.40. Lang Lang, piano. Orquesta Sinfónica de la Radio Sueca. Dirección: Manfred Honeck.

Manfred Honeck, austríaco de formación vienesa hasta la médula, parece ser uno de esos directores que no muestran un excesivo entusiasmo por la música de Rachmaninov, autor que -aunque goza del favor insoslayable del público- todavía sigue encontrando un gran número de antagonistas entre el colectivo de los músicos. Es de suponer que el progresivo alejamiento en el tiempo arrojará una perspectiva más neutra sobre unas músicas que, su posible extemporaneidad aparte, poseen desde luego una serie de cualidades innegables: asequibilidad, espectacularidad y sensibilidad (a veces rayana en la sensiblería, cierto es).

El Concierto nº 2 para piano y orquesta presenta para su intérprete una serie de handicaps a tener en cuenta: en primer lugar, su enorme popularidad practicamente desde su estreno y en especial desde la inclusión de su segundo movimiento como banda sonora de Breve encuentro, de David Lean. Nadie duda que cuando una música está bien instalada en nuestro subconsciente, se hace mucho más difícil una crítica objetiva de su interpretación. Si a esto le sumamos la cualidad altamente virtuosística de la parte para piano, es decir, su enorme exigencia técnica y brillantez sonora, este Concierto nº 2 lo que consigue, en cierta manera, es convertir al público presente en el auditorio en un gigantesco tribunal de concurso pianístico, a la manera de lo que ocurre con una importante (e imprescindible) porción del público operístico, examinadores de canto más pendientes de si el tenor da bien el agudo o la soprano puede con las agilidades, que de su musicalidad o su construcción del personaje.

Volviendo a nuestro concierto, el ‘aspirante’ a pianista en cuestión se trataba de un jovencísimo muchacho chino llamado Lang Lang. Es decir, ese Lang Lang que con veintidós años que creo que tiene ha tocado ya con todas las mejores orquestas del mundo (las cinco grandes estadounidenses, Filarmónica de Viena, Staatskapelle de Berlín, Concertgebouw...) y con los mejores directores (Maazel, Mehta, Barenboim, Gergiev, Tilson Thomas...) y que sin embargo todavía tiene que demostrar en pequeñas ciudades como San Sebastián que es capaz de tocar correctamente una escala en Do mayor por el hecho de ser joven y chino.

Me ahorraré de transcribir determinados comentarios escuchados de refilón, que manejaban el ya cansino tópico de siempre acerca de que los pianistas orientales tocan como máquinas y sin sentimiento. Y es que no obstante la curiosidad algo desconfiada de muchos por Lang Lang, lo cierto es que la ovación que recibió al final de su ejecución fue calurosa, y si el ‘no muy entusiasmado por Rachmaninov’ Manfred Honeck le hubiera prestado una mayor atención y le hubiese arropado con más cuidado, hubiera llegado fácilmente a entusiasta.

Y eso a pesar de que su articulación no era clara a veces (el primer pasaje agudo del tercer movimiento, por ejemplo, fue un tanto confuso), de que su sentido rítmico por instantes parecía vacilar y de que, ya en general, le faltó algo esencial para la interpretación de Rachmaninov: algo que, sin saber describir exactamente en que consiste, yo denomino con el término ‘musculatura’. Por lo demás, hizo gala de una musicalidad y un refinamiento extremos, contrapesados por pasajes de una enorme intensidad, como esos compases iniciales, con ese do grave percutido casi con fiereza, que fueron de poner los pelos de punta. Hay que decir, sin embargo, que si Lang Lang superó el tribunal con sobresaliente en el Rachmaninov, en el Liszt que ofreció como propina se mereció con todo derecho una matrícula de honor.

La muy rutinaria dirección de Honeck en el Rachmaninov se transformó radicalmente para una obra por la que transpiró amor desde el podio. Una vida de héroe, uno de los poemas sinfónicos largos de Richard Strauss, fue un medio idóneo para que Honeck pudiese mostrar su afinidad con el repertorio germánico. Logró extraer de la orquesta sueca esa sonoridad tan característica de la instrumentación del compositor bávaro; expuso la densa polifonía respetando su orquestación difusa (esa tan traída y llevada ‘sopa straussiana’); supo dotar a los interminables finales de ese peso e intensidad necesarios para resolver toda la tensión creada por la suprema ambigüedad tonal de la música; logró transmitir ese terror burlesco en 'Los adversarios del héroe', cariño en 'La compañera del héroe', y una gran dignidad melancólica en 'La retirada del héroe'. En definitiva, firmó una fantástica versión de esta obra de Strauss que sorprendió más si cabe por el mediocre Rachmaninov que lo había precedido. Sin embargo el público, muy probablemente por las características de la propia música, no se mostró tan entusiasmado en esta ocasión.

Casi se me olvida comentar la pieza que abrió el recital: Enigma (Preludio) de Daniel Börtz, compositor cuyo nombre yo desconocía totalmente. Se me ocurre que este Enigma es un claro ejemplo de la falta de rumbo que sufren muchos compositores actuales, especialmente europeos, que quieren volver a hacer música tonal pero que no se atreven a liberarse de una tradición vanguardista que en nuestro continente ya tiene sus muchas décadas de implantación. El propio inicio, en el que las cuerdas realizaban glissandi de clusters mientras las láminas tocaban una melodía a lo Michael Torke, fue un ejemplo clarísimo de este despiste. El resto de la obra trancurrió también por derroteros muy eclécticos, y resultaba relativamente fácil de escuchar aunque la finalidad de su extraño discurso, haciendo honor a su título, fue un completo enigma, al menos para mí.