Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 15/11/2011

Puertas de luz y oscuridad

Por Paco Yáñez
Vigo, 30/10/2011. Centro Cultural Novacaixagalicia. Pilar Jurado, narradora. Michelle DeYoung, mezzosoprano. John Tomlinson, bajo. Yefim Bronfman, piano. Philharmonia Orchestra. Esa-Pekka Salonen, dirección. Claude Debussy: Prélude à l’après-midi d’un faune. Béla Bartók: Concierto para piano Nº3; A Kékszakállú herceg vára. Festival Galicia Classics. Ocupación: 90%

Cuando estamos ya en puertas de un nuevo teatro del absurdo nacional, con el advenimiento de otra esperpéntica campaña electoral, y en el marco de la paralización en Galicia de uno de los proyectos más polémicos y cuestionados de la arquitectura contemporánea en España: la Cidade da Cultura de Galicia, algunos de los medios más afines al gobierno del conservador Alberto Núñez Feijóo han publicado en las últimas semanas prolijas entrevistas a doble página para mayor gloria y publicidad del conselleiro de cultura del ejecutivo gallego: Roberto Varela Fariña.

Parecen estas entrevistas parte del mantenido intento de ciertos grupos mediáticos de crear en este cargo político la imagen de un intelectual con visos de honda sapiencia y plural cosmopolitismo. Muchas de sus decisiones a lo largo de la presente legislatura entran de lleno en el descalabro al que está sometiendo el Partido Popular al Estado en Galicia, manifestando hasta qué punto aquellos conselleiros que nos vendían como ‘independientes’ han caído en la lógica desarticuladora que sustenta el (des)gobierno por omisión y desbroce que capitanea (con jactancia) el neoliberal Núñez Feijóo.

Buena parte de las declaraciones leídas en la prensa a Roberto Varela manifiestan una preocupante bipolaridad política que se podría ejemplificar en antítesis como las que suponen estas afirmaciones efectuadas con tan sólo una semana de diferencia a El Correo Gallego y La Voz de Galicia. Si en un medio Varela afirma que "La cultura es un concepto muy amplio que a veces tendemos a mercantilizar", en otro, ante la pregunta de qué dejará de hacer su consellería con un presupuesto 100 millones inferior al que manejaba hace cuatro años el gobierno del bipartito, dice: "lo superficial, lo que tenga menor impacto en la economía y en el empleo de la industria cultural" (!) ¿Quién es aquí el que maneja la cultura como un simple bien de mercado?, ¿quién y con qué criterios economicistas dictamina "lo superficial" en el ámbito cultural?, ¿con qué fines se constriñe y dirige el caudal de pensamiento que se privilegia en la creación gallega?...

En el terreno de la música, las declaraciones del conselleiro sugieren (dramáticas) pistas de por dónde irán los tiros en lo que resta de legislatura, cuando afirma que "no tiene sentido que haya tantos festivales de teatro, de cine, de música... Tenemos que cambiar la mentalidad cultural, unirnos, especializarnos, concentrar, mantener beneficios recortando gastos. Porque la bonanza acabó y no va a volver" (!!) Además de maravillarnos con esta última demostración de videncia, cabría preguntarse si esto supone la confirmación del desmantelamiento -vía asfixia presupuestaria- de festivales como el Via Stellae o el Corpus de Lugo en detrimento de propuestas en manos de gestores afines a la causa del ejecutivo gallego. Aunque quizás lo fundamental sea cuestionarse hasta qué punto el Galicia Classics que hoy nos (pre)ocupa supone un verdadero ‘cambio de mentalidad cultural’ y (cosas veredes) un ‘mantenimiento de beneficios recortando los gastos’ (!!!)

Conocido es que el Galicia Classics, como su predecesor, el Xacobeo Classics, se ha especializado en una programación sin criterios de unidad o audacia artística, basada en el rancio conservadurismo y en su concepción como pasarela de divismo previo pago de cantidades astronómicas por conciertos cuyos presupuestos han sido objeto de debate en el Parlamento de Galicia. Entendámonos: por el precio de un Parsifal en versión de concierto y de un par de sinfonías brucknerianas (inaudito homenaje a los 800 años de la catedral compostelana tocado ¡en el Auditorio de Galicia!) se hubiesen podido programar en nuestra comunidad durante el 2011 del orden de tres ciclos completos del soberbio festival ‘musicadhoy’, por poner un ejemplo sangrante (y por no hablar de dar plaza en nuestros conservatorios con tal presupuesto a los cientos de alumnos que cada curso quedan sin formación musical por obra y des-gracia de los recortes en el sistema público de enseñanza que perpetra el ejecutivo gallego). Alguien, en su día, tendrá que responder de este despilfarro en tiempos tan críticos (y mezquinos), de un derroche económico que linda lo denunciable, de una errática concepción artística que poco aporta a nuestro tejido musical, y que en lo referido a la creación propiamente gallega se basa en la humillación más absoluta -presupuestaria y artísticamente hablando- de nuestros compositores, relegados a espacios y fechas marginales, así como a su interpretación por músicos locales y no por las primeras figuras mundiales que se reservan para el repertorio canónico (cuando no para la publicidad en base a giras de su último disco en promoción internacional).

Con este desolador panorama, se presentaba hoy una de las citas más interesantes del Galicia Classics: el concierto que traía a Vigo a la Philharmonia Orchestra londinense de la mano de su director, el finlandés Esa-Pekka Salonen; una velada que perdurará largo tiempo en el recuerdo de quienes asistimos a tan memorable evento.

Abría programa una de las especialidades de la casa: Claude Debussy (1862-1918), con su bellísimo Prélude à l’après-midi d’un faune (1892-94). Es el impresionismo en manos de Salonen una pintura musical de trazo corto, fino, detalladísimo. Sirve, igualmente, esta partitura para comprobar hasta qué punto la actual Philharmonia es la Philharmonia ‘de’ Salonen. Orquesta con una nómina de directores de fortísima personalidad a lo largo de su historia, parece que desde que el finlandés abandonara Los Angeles para concentrarse más intensamente en la formación londinense, su sonido se haya hecho uno con ésta, una de las mejores batutas del planeta música. Así pues, Salonen y su Philharmonia nos han brindado un Debussy refinadísimo, exquisito en texturas, afinación y transparencia: una propuesta prácticamente camerística, en la que se despoja todo efectismo, retoricismo y pervivencia del romanticismo. Salonen, ya en el siglo XXI, sabe perfectamente el nuevo periodo musical al que este Prélude dio nacimiento, y en su versión enfatiza aquello que lo caracteriza como un hito en la historia de la música. Belleza en estado puro, sin paliativos ni aditivos.

La segunda de las partituras nos lleva al Béla Bartók (1881-1945) crepuscular, a ese regalo que el compositor húngaro efectuó a su mujer, prácticamente a modo de despedida, como lo fue el Concierto para piano Nº3 (1945). Yefim Bronfman y Esa-Pekka Salonen llevan haciendo música juntos desde hace décadas, de lo cual su amplia discografía es una buena muestra, jalonada por las grabaciones de los conciertos de Bartók, Shostakovich, Rachmaninov, o el del propio Salonen. Se trata de lecturas todas ellas muy notables, si bien esta noche el dúo no ha brillado a igual altura en el opus 37 bartokiano que en su referencia fonográfica (Sony SBK 89732). Y esto ha sido así especialmente por motivo de la excesiva pesadez del pianista, muy lastrado en su digitación y falto de aliento lírico, algo crucial e inexcusable en este concierto. Cierto es que esta carencia de vuelo melódico afectó sobremanera a su primer movimiento, así como al comienzo del ‘Adagio religioso’, un pasaje bellísimo que sólo alcanzó cierta convicción en los compases más dinámicos, en los diálogos centrales del piano con las maderas, y en los momentos de mayor hondura dramática, donde Bronfman sí se mostró contundente, aunque de nuevo haciendo más dramática la obra que lírica. El ‘Allegro vivace’ final cuajó el mejor movimiento de los tres, con un exquisito balance entre el piano y la orquesta, especialmente con respecto a una percusión muy rítmica, completamente en manos de la batuta de Salonen, que en ese parámetro suele conducir la música de Bartók con un pulso idóneo. Igual que sucediera en Debussy, la transparencia de la Philharmonia permite escuchar con un detalle camerístico cada nota, incluso en los más ágiles y vibrantes trémolos, tan bien definidos como plenos de sentido. Si el pulso rítmico es una de las señas de identidad de Salonen a la hora de conjuntar el sentido musical de su orquesta, su capacidad para desarrollar las estructuras musicales es también asombrosa, con un crecimiento en vertical de este concierto apabullante y una rúbrica final apoyada en metales y percusión impactante.

Bronfman aún nos regalaría una propina, viajando al universo de Ferenc Liszt, del cual interpretó el homenaje de rigor, con un Étude de Paganini Nº2 en el que resultó más convincente y ágil en su continuo trabajo de ‘escalador’, con cierta gracilidad antes ausente en Bartók. En todo caso, se trata de un bis que casa más bien poco con el ambiente bartokiano que antecedía y sucedería a esta propina.

La segunda parte del concierto considero que, directamente, pasará a los anales de la historia de la música en vivo en Galicia; de tal calibre fue la memorable interpretación que esta noche pudimos escuchar de una ópera tan hipnotizante como A Kékszakállú herceg vára (1911, rev. 1912/1917), de Béla Bartók. Se hace difícil, por no decir imposible, destacar a alguno de los mimbres que han compuesto semejante monumento musical, ya sea orquesta, voces o director; y el único pero (aunque de importancia) fue la presencia de una nefasta Pilar Jurado en la narración inicial. Me pregunto a qué viene este gesto para la galería, así como el realizar la narración del prólogo en castellano (de traer a alguien para la ocasión, que sea, ya puestos, en húngaro, cuya prosodia y musicalidad confieren a este prólogo toda su densidad y misterio). Entre las antes mencionadas declaraciones del conselleiro de cultura se podía leer que Roberto Varela reconoce haber llorado de emoción depositando flores en homenaje al histórico líder nacionalista Castelao. Varela, parte de un ejecutivo que tiene entre sus méritos el haber liquidado en sus dos años de (des)gobierno toda la prensa escrita en gallego, además de situar a este idioma en una situación de ataque y regresión desconocida en las últimas décadas, haría mejor si en vez de soltar la lagrimita populista se esforzara un poco por intentar que este tipo de eventos en Galicia se narraran en la lengua no sólo de Castelao y Rosalía de Castro, sino de quienes mantienen vivo el bien cultural más importante de nuestra comunidad. Hay numerosos actores gallegos con una excelente voz para llevar a cabo esta narración. Lo de Pilar Jurado fue un soberano esperpento con tintes efectistas y melodramáticos que lo que menos hacía era introducirnos en la ópera -para lo cual se dispone esta narración- y sí desear que semejante pantomima terminase lo antes posible.

Afortunadamente, la entrada de la cuerda, con Jurado aún estilizando de forma lamentable el prólogo, mostraba que la profundidad y la densidad sonora de lo que íbamos a escuchar iría por unos derroteros completamente distintos. La construcción de Salonen ha sido tan perfecta y ajustada a los diversos ambientes del simbolismo de la ópera de Balázs y Bartók, que prácticamente cada puerta, cada rincón de este Castillo, ha sido un universo nuevo, sin que por ello perdiera una unidad abrumadora. En el centro de esa síntesis, cómo no, la batuta del finlandés. Aunque la imponente presencia, teatral y vocalmente, de la mezzo Michelle DeYoung y del bajo John Tomlinson hacía difícil separar la vista de ellos, un interesantísimo ejercicio consistió en analizar la dirección de Salonen en correlación con el mundo sonoro que se fue desplegando en cada puerta, en el prologo, y en el epílogo. Cada gesto de Salonen, cada matiz ya sea de sus brazos, de sus manos, de su dedos, de su pulso corporal, de sus indicaciones faciales, se transmutó en música; una música que emanaba del finlandés y que a su concepción de la obra se aferró dotándola de una unidad endiablada, a la que las voces se sumaron sin fisuras. De este modo, asistimos a una lectura de un detalle pasmoso, precisa, tan moderna como refinada en las presencias populares, tan heterogénea como monolítica, en la que un dramatismo sordo va creciendo a medida que la partitura se desarrolla, sin obviar una potente sensualidad, especialmente en la voz de Michelle DeYoung. Por supuesto, difícilmente este grado de excelencia se podría haber alcanzado si la Philharmonia Orchestra no hubiese tenido una noche de verdadero estado de gracia en todas sus secciones (metal y percusión, de nuevo, increíbles; pero, qué decir de arpas, cuerda o maderas). El punto álgido, y uno de los momentos más impactantes que uno haya experimentado en los últimos años en un auditorio, se vivió con la apertura de la quinta puerta, pasaje para el cual la amplificación del órgano y la disposición de los metales en el Teatro Novacaixagalicia dispuesta por Salonen provocó un efecto envolvente de sublime espacialización sonora, en la que el volumen alcanzado, la perfecta correlación del discurso musical con el resplandor de las vastas posesiones de Barbazul, y el desgarrador grito de Michelle DeYoung, se sumaron para poner los pelos de punta a cualquiera, para experimentar ese vértigo que es la disolución del yo en un espacio convertido en música. Cada uno de los resplandores subsiguientes rescataron este efecto tan sublime como, en otro orden emocional, un final de un insondable dramatismo, oscurísimo, trágico, triste y atemporal.

Por lo que a las voces se refiere, el papel de Barbazul contó con el bajo que quizás ha dado mayor calado al personaje en los últimos lustros: John Tomlinson. Cierto es que su voz ya no resulta tan potente como cuando en 1996 grabó la ópera con Bernard Haitink (EMI 5 56162 2), acusándose algún (leve) ahogo en el final de sus frases más largas, pero su expresividad, su sabiduría a la hora de dar matices, su grave rotundidad vocal, no ha sino crecido aún más, con una hondura humana acongojante, ahora más paternal, más empático con Judit, además de más devastado por su sino final, auténticamente trágico en la interpretación de su epílogo. Frente a él, la Judit de Michelle DeYoung es todo lo contrario: de una malicia absoluta, joven y desenfrenada. Técnicamente, su lectura ha sido milagrosa, con unas posibilidades vocales que se antojan sin fin. Dramáticamente ha apostado por enfatizar lo obsesivo de la inquina de Judit, frente a un Barbazul prácticamente impotente ante sus requerimientos. Deslumbrante, repleta de registros, capaz de unos fortissimos y unas tesituras agudas antológicas.

Al terminar el concierto, tuve la oportunidad de preguntarle a Esa-Pekka Salonen sobre la posible grabación de este soberano Castillo. El director finlandés me confirmaba que próximamente realizarán el registro de la obra para el sello de la Philharmonia Orchestra. No pierdan de vista la posibilidad de escuchar esa grabación, como si pueden la interpretación de este mismo elenco en directo, pues el rodaje con el que llegan a estas etapas de su gira con Bartók nos conducirá a uno de los estándares de calidad artística más altos que en la actualidad se disfrutan para la música del compositor magiar. Con esta impresión nos quedamos, por más que tantas otras cosas no hagan sino formularnos numerosas dudas, vislumbrar una terrible oscuridad detrás de las puertas de quienes nos dicen ‘gobernar’: esos Barbazules del día a día...