Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 16/01/2007

Historia del violín barroco

Por Juan Krakenberger
Madrid, 08/01/2007. Salón de Actos de la Fundación Juan March. Passamezzo Antico: Pedro Gandía Martín, violín, Itziar Atutxa, violoncello y Juan Manuel Ibarra, clave. Obras de Darío Castello, Giovanni Battista Fontana, Francesco Antonio Bonporti, G. P. Telemann, J. M. Leclair y F. M. Veracini. Ciclo: Música Barroca. Aforo: 100%

Bajo el título ‘El violín barroco’, la Fundación March continuó con el ciclo ‘Música Barroca’ en sus conciertos de los ‘Lunes temáticos’. Esta vez le tocó el turno al conjunto Passamezzo Antico, formado por tres músicos vascos, que tras iniciar sus estudios en Bilbao se perfeccionaron en el extranjero con maestros de prestigio internacional, y luego desarrollaron carreras profesionales interesantes.

El programa fue muy instructivo, desde un punto de vista musicológico, y algo menos ameno para el oyente, por una razón de tipo ambiental: estas músicas fueron compuestas, todas, con una cierta acústica en mente. Las salas o salones de aquellos tiempos, construidos con materiales de la época, tenían una reverberación rica, mientras que la sala de actos de la Fundación March tiene reverberación cero. Es otro tipo de acústica, muy fiel y en la que todo se oye prístinamente, pero sin eco alguno. Para los intérpretes de música barroca esto significa que no pueden lanzar las notas al aire, para que suenen por su cuenta, sino alargar las arcadas, y eso, ciertamente, no fue la intención de los compositores de la época.

En consecuencia, se produjo una cierta monotonía sonora -inevitable- cuando es precisamente la riqueza y variedad sonora la que debe dar vida a esas músicas. La labor de los músicos era muy correcta, pero contra este factor ambiental no había nada que hacer. Los contrastes dinámicos, aún poniendo la mejor voluntad -y la hubo- no tenían la riqueza deseable. Esto, en una acústica similar a lo que había en aquellos tiempos, suele producir efectos mágicos. No los hubo, por este motivo.

Fue meritorio incluir obras de los primeros compositores que se ocuparon del violín, como lo son Darío Castello, concertino de la orquesta de San Marcos en Venecia en 1629, y Giovanni Battista Fontana, un violinista de Brescia que murió en Padua en 1630. Sus sonatas para violín y bajo continuo -ya sea con violoncello y clave, o solamente clave- demuestran que la improvisación con florituras y adornos era parte importante del discurso de aquella época..

Una Invención de Francesco Antonio Bonporti, compuesta medio siglo más tarde, ya nos acercó a lo que luego sería la ‘suite de danzas’. Dicen que Bach adoptó el término Invención al conocer la obra de Bonporti.

La obra más conocida del concierto fue una de las Fantasías para violón solo, de Telemann, la nº1. Ya tenemos aquí arquitectura de forma clásica: lento/rápido/lento/rápido. La versión fue muy correcta -si exceptuamos unas pequeñas impurezas- y muy meritoria, porque tocar esto sin ayuda de alguna reverberación debe de ser bastante frustrante. Fue el único ejemplo del barroco centroeuropeo del programa.

Siguieron sendas sonatas de Leclair y Veracini, ya plenamente pertenecientes al siglo XVIII. En ambas, el bajo continuo adquiere un papel más importante, inclusive asume alguna respuesta contrapuntística a la voz del solista, lo que evidentemente enriquece el discurso.

Pedro Gandía Martín afrontó este programa -una hora y cuarto de música- con excelente técnica y musicalidad, tocando por supuesto con instrumental historicista, cuerdas de tripa y arco barroco. Sus adornos improvisados, siempre muy atinados. Fue acompañado con mucho aplomo por la violoncellista Itziar Atutxa, muy segura en su cometido, y contribuyendo en muchos pasajes a la riqueza rítmica de estas obras. Y Juan Manuel Ibarra al clave supo acompañar eficazmente, en todo momento. En suma: versiones de gran calidad.

El público agradeció la actuación de Passamezzo Antico con insistentes aplausos que fueron agradecidos con una propina: un movimiento de una Sonata de Doménico Scarlatti, que murió hace 250 años en Madrid. Una introducción lenta y un ‘allegro’ movido dejaron muy buen sabor final.