Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 09/01/2006

Hello Billy!

Por Agustín Blanco Bazán
Londres, 12/12/2005. London Coliseum. Billy Budd, ópera en dos actos de Benjamin Britten. Texto de E. M. Forster y Eric Crozier, adaptado de un cuento de Herman Melville. Dirección: Neil Armfield. Escenografía de Brian Thomson. Vestuarios: Carl Friedrich Oberle.Reparto: ‘Edward Fairfax Vere’: Timothy Robinson. ‘John Claggart’: John Tomlinson. ‘Billy Budd’: Simon Keenlyside. ‘Dansker’: Gwynne Howell. Coro y orquesta de la English Nacional Opera. Andrew Litton, director musical

Hello sailor! El ¡hola marinero! es en Inglaterra una de las contraseñas mas emblemáticas de la comunidad gay. Lo podría decir un transeúnte de armario para tratar de llamar la atención de un marinero, dándole a éste la alternativa de limitarse a responder el saludo o de iniciar una conversación exploratoria. Una revista satírica sacó hace un tiempo una foto del Príncipe de Gales bajando una planchada y le agregó un Hello sailor!, en burla a desmentidos de aquellos rumores de palacio que aludían a un miembro de la familia real descubierto con las manos en la masa.

En el mundo anglosajón, el homoerotismo naval ha alcanzado las alturas del mito literario gracias a Billy in the darbies, la historia de Herman Melville sobre dos personajes que, a semejanza de Abel Sanchez y Joaquín Monegro valen mas como prototipos que como fisionomías de realidad cotidiana. ‘Billy Budd’, un marinero de belleza e inocencia perfecta es confrontado con su superior ‘John Claggart’ que desea y odia la perfección de su subordinado. En el represivo ambiente impuesto por su autoridad en una nave de guerra en medio del mar, ‘Claggart’ termina odiando un deseo imposible de satisfacer libremente. La obra de Britten agrega a esta contraposición de caracteres una marcada contemporaneidad socio-política. ‘Billy’ es la libertad que irrumpe en el opresivo ambiente naval británico cuya tradición fuera calificada por Winston Churchill como de “ron, sodomía y latigazos”.

Fotografía © 2005 by English National Opera

Tanto representa Billy Budd como exploración operística de profundidades del alma, que cuando percibí el entusiasmo de muchos espectadores por el torso y las acrobacias de Simon Keenlyside , intuí que la nueva producción de la ENO había fracasado por lo menos en un aspecto principal, el de entronizar al público en un drama cuyo significado interior debe primar sobre cualquier exhibicionismo. Keenlyside, tal vez el mejor ‘Billy’ de la actualidad por su combinación de physique du role, claridad de proyección vocal, y hondura interpretativa, se vio obligado a deambular sin mayor interacción con los demás personajes sobre y alrededor una enorme plataforma en constante movimiento que distrajo de un drama cuyo mar y sus batallas son más paisajes de psicología interna que de bamboleos a bordo. Y el público se babeó con ‘Billy’ porque los demás personajes no consiguieron atraer su atención por lo anodino de su expresión escénica.

Simon Keenlyside. Fotografía © 2005 by English National Opera

La excepción fue el ‘Claggart’ de John Tomlinson, quien transmitió un villano memorable, encarcelado en la negrura de su alma y enviando desde ese interior sus odios, vicios y tristezas a través de miradas y gestos de recatada pero intensa expresividad. ¡Y que fraseo! Aún con los ojos cerrados hubiera sido posible estremecerse, no sólo con ese monólogo similar al Credo de ‘Iago’ donde nos lo cuenta todo, sino también en esas expresiones casuales de ejercicio de mando que tan maravillosamente expresan el autoritarismo del personaje. Le basta a Tomlinson abrir por primera vez su boca para interrogar a los jóvenes requisitados del buque mercante Rights o´man con intimidatorios “Your age?”, y ya tenemos una idea acabada de su maldad y frustración.

Andrew Litton dirigió como si se tratara del Trovatore, apasionada y ruidosamente, haciendo desaparecer así la sutileza, detenimiento y lectura de detalles que hacen a la esencia de cualquier partitura britteniana. El exceso de pathos orquestal y la aparatosidad de la escena fueron los principales culpables de la falta de intimidad trascendental del monólogo postrero de ‘Billy’. Bien todos los cameos de la tripulación y sobresaliente James Edwards como el novicio y Gwynne Howell como ‘Dansker’. Efectiva y poderosamente focalizada la proyección del magnífico coro de la casa.

Simon Keenlyside y John Tomlinson. Fotografía © 2005 by English National Opera

Timothy Robinson interpretó un ‘Capitán Vere’ de segura proyección vocal, pero al ser escénicamente nulo destruyó la posibilidad de configurar el triangulo homoerótico esencial a la obra en dos escenas clave. La primera es cuando ‘Billy’, provocado por las acusaciones de incitación al motín que le hace ‘Claggart’, le pega y hace caer mal, causando involuntariamente su muerte. La segunda, el momento más histriónico y conmovedor de Keenlyside en esta producción es el juicio luego del cual ‘Billy’ ruega a ‘Vere’ por su salvación. El regisseur no elaboró sobre las insinuaciones del texto o la música y ‘Vere’ fue mostrado como un muñequito de uniforme representante de una autoridad autómata que confirma una sentencia injusta sin demasiados signos de agonía moral. En síntesis, un perfecto estúpido. Su remordimiento durante el prólogo y el epílogo aparecieron así desconectados del resto de la acción.

Timothy Robinson. Fotografía © 2005 by English National Opera

No hay buen Billy Budd sin un ‘Capitán Vere’ capaz de incorporar su atracción por el protagonista como explicación de su culpa por no haberlo salvado de la horca, completando así el triangulo erótico que compromete a los caracteres principales. En esta producción ‘Billy’, ‘Claggart’ y ‘Vere’ fueron tres vértices sin líneas dramáticas capaces de relacionarlos convincentemente. Y esto porque,…sí, faltó sexo, concebido no como una simplista visión de la belleza física de ‘Billy’ y la calentura de ‘Claggart’, sino como el catalizador colectivo de sentimientos anhelantes de humanidad ahogados por el militarismo y la guerra.

Y si de sexo se trata, empecemos por la ‘inocencia’ de nuestro 'Billy', que en la historia decimonónica de Melville pareciera excluir por definición una orientación sexual explícita para poder asociar su sacrificio con el del mismo Cristo. La ópera, escrita a mediados del siglo pasado, ya es un asunto diferente, como también lo deben ser las necesarias actualizaciones para el teatro cantado del siglo que comenzamos a recorrer. La ópera no sólo proyecta la homosexualidad del compositor y su libretista Forster, que era explícita y por ello radicalmente diferente a la subliminal sospechada en Melville. Es también una creación artísticamente contemporánea a Querelle de Jean Genet. Por ello, una escenografía actualizada a nuestra época debe tomar en cuenta las sugerencias de W. H. Auden quién en ocasión de comparar a Billy con Querelle, sugiere que se puede ser, a la vez, inocente y sexualmente despierto. Sólo con un 'Billy' más receptivo en este sentido es posible dar coherencia y vitalidad al triangulo dramático que sostiene la obra.

Si el regisseur hubiera atenuado la semidesnudez y el atletismo de Billy y lo hubiera acercado más a los instintos homoeróticos del resto (por ejemplo en la escena del novicio que interrumpe el sueño de 'Billy' para tratar de inducirle a un motín), la belleza de su inocencia y lo atractivo de su liberalidad de espíritu, o en otras palabras, lo que ‘Claggart’ quiere realmente destruir, hubieran pasado a primer plano dramático. Un ‘Billy’ que interactúe más, en lugar de presentarse siempre como una visión separada de la mierda que lo rodea, no perjudica ni su inocencia ni su comparación con Cristo en su suprema fe en lo trascendente, y el perdón a sus victimarios a pesar de su injusta condena a muerte. No se olvide que esta comparación es una metáfora que no tiene que ver absolutamente nada con la liturgia religiosa: cualquier inocente que perdona a sus verdugos es “un Cristo”. Y la belleza de ‘Billy’ no es ni camp, ni pietista. Es moral y humana, como lo son la fealdad de ‘Claggart’ o la indecisión de ‘Vere’.

Fotograma de Querelle (1982) de Rainer Werner Fassbinder

He aquí la diferencia entre Billy y Querelle, este último un inocente amoral y promiscuo. En Britten la amoralidad no existe, porque todos sus personajes son discernibles de acuerdo a una ética magnánima, clara en una percepción del bien y el mal donde inteligencia y compasión llevan la voz cantante. Bajo esta perspectiva 'Billy' es un asunto mucho, pero mucho más serio que un marinero inocentón y sexy. Así que, … good bye sailor!, y un hello! a Billy, invitándolo a que en una próxima producción nos cuente un poco más de su drama como hombre libre en tiempo de guerra, y como bastó una noche en vela frente a su propio cadalso para que sus ideales de patriótica carrera militar dieran paso a su compasiva transfiguración como ser humano.