Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 19/10/2011

Cuando lo rancio funciona

Por Hugo Alvarez Domínguez
Oviedo, 24/09/2011. Teatro Campoamor. Johann Strauss II: Die Fledermaus, opereta cómica en tres actos con libreto de Richard Genée, basado en la comedia Le Réveillon de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, estrenada en el Theater an der Wien. Viena, 5 de abril de 1874. Mario Pontiggia, dirección de escena, escenografía y vestuario. Eduardo Bravo, iluminación. Claudio Martín, escenografía. Reparto: Mariola Cantarero, soprano (Rosalinde); Gabriel Bermúdez, barítono (Gabriel von Einsestein); Chen Reiss, soprano (Adele); Jossie Pérez, mezzosoprano (Príncipe Orlofsky); Peter Edelmann, barítono (Doctor Falke); Albert Casals, tenor (Alfred); Enric Martínez-Castignani, barítono (Frank); Francisco Vas, tenor (Dr. Blind); Rocío Martínez, soprano (Ida); Joaquín Carballido, actor (Frosch); Ludmila Orlova (La Pianista). Cantantes invitados: Ana Nebot, soprano; Alejandro Roy, tenor. Coro de la Ópera de Oviedo. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Eric Hull, dirección musical. Producción de la Ópera de Las Palmas. LXIV Temporada de la Ópera de Oviedo. Ocupación: 95%

La LXIV Temporada de la Ópera de Oviedo comenzó incorporando una de las obras fundamentales del repertorio de opereta, como es Die Fledermaus de Johann Strauss, en una discutible propuesta procedente de la Ópera de Las Palmas de Gran Canaria firmada prácticamente en su integridad -dirección de escena, escenografía y vestuario- por Mario Pontiggia.

Poco o nada hubo en este montaje del lujo, el glamour y los excesos que suelen caracterizar este género. Y, sin embargo, no importó, porque el público entró en el juego, y se lo pasó en grande, aplaudiendo y riendo todas las gracietas. Pontiggia planteó un espectáculo ambientado tal vez en un balneario del propio Oviedo, en el que viven Rosalinde y su marido. El segundo acto, la fiesta de Orlofsky, presenta un aspecto recargado y decadente, en un espacio que parece más un lujoso antro de mala vida que un palacio; y la prisión del tercero pretende un juego de alturas con una supuesta ventana que termina resultando bastante confuso… Todo ello servido en una escenografía de estética entre cutre, casposa y kitsch, bien iluminada -sobre todo a partir del segundo acto- por Eduardo Bravo. Mejor el vestuario, en una propuesta escénica que dista mucho del espíritu elegante que debería rezumar la opereta. Alocadas -a veces en exceso considerando que además hay que cantar- las coreografías de Claudio Martín.

La dirección de escena de Pontiggia, bastante ágil en términos de movimiento escénico, estuvo llena de gags de brocha gorda que, en general, el público rió con ganas y generosidad, gracias a la traducción del texto hablado al castellano, cosa que le valió además para introducir innumerables morcillas relativas a Asturias -con nombres de establecimientos y lugares varios, unos metidos con más calzador que otros…- y al mundo de la ópera -Alfred era aquí catalán y se llamaba Josep Jaume Dalmau…-. El público, como digo, se entregó sin reservas a este humor facilón que dominó la propuesta y que, pese a algún acierto, acabó por resultar bastante cargante.

 

 

En la línea de mantener la comicidad de la obra, la traducción de los diálogos al castellano es una política que siempre me ha parecido interesante en este tipo de montajes, de manera que el público que no conozca el idioma original pueda seguir la acción y la comedia con la mayor comodidad posible. Para ello, resulta indispensable reunir una compañía de cantantes de habla hispana, o que dominen el castellano. Hubo de todo, y, en general, casi todos se entregaron divertidísimos al concepto, fuesen patrios o no. Se notaba que se lo estaban pasando en grande, y que había una convicción para que las cosas fluyesen y funcionasen. Así, más allá de los puramente españoles, hubo grandes trabajos de dicción en el Falke de Peter Edelmann y en el Orlofsky de Jossie Pérez. Sin embargo, la Adele de Chen Reiss apenas dijo unas pocas frases en castellano, y respetó gran parte del texto alemán, bajo la excusa -metida con calzador- de que el personaje había venido a España por un Erasmus; cuando sus parlamentos se volvían demasiado largos, era la encargada del personaje de Ida quien se encargaba de despacharlos. Sinceramente, no parece muy lógico que se haya permitido a una única cantante no aprenderse los parlamentos en castellano, más aún cuando había en el reparto elementos foráneos que sí se esforzaron en hacerlo con éxito. Menos aún cuando la lista de sopranos hispanas que habrían podido encargarse del personaje de la criada es larga, sin necesidad de pensar mucho: pongamos como ejemplos los nombres de María José Moreno, Ofelia Sala, Elena de la Merced, Ana Nebot, Milagros Poblador, Ruth Rosique, Sabina Puértiolas… No siendo Chen Reiss una súper-estrella con cartel, lo más sensato para garantizar fluidez al espectáculo habría sido buscar una cantante dispuesta a aprenderse el texto en castellano.

Discreta en líneas generales la versión musical, con una Mariola Cantarero que debutaba el papel de Rosalinde tras haber cantado Adele unos años atrás en esta misma producción. Excelente actriz cómica -ni rastro, por ejemplo, de su marcado acento andaluz-, y cantante siempre elegante, dejó detalles de clase -especialmente en el agudo y los reguladores- en un rol que, de momento, no es para ella; por instrumento, sigue siendo Adele, y la parte más dramática de Rosalinde le juega malas pasadas que no le permiten brillar como lo hace en otros cometidos: las Czardas evidencian, por ejemplo, cierta falta de registro grave para asumir esta parte. Fue muy braveada porque las maneras están ahí, y el material sigue siendo muy importante, pero no creo que esta incorporación le vaya a aportar gran cosa a su carrera.

 

 

Como su esposo Gabriel, no destacó ni en lo actoral -fue el más sobreactuado de todo el reparto- ni en lo vocal Gabriel Bermúdez con una voz pequeña, no demasiado atractiva ni definida, y problemática en un extremo agudo que tiende a quedarse calante con relativa frecuencia. Le superó a todas luces un rol que, por su escritura, es mucho más complejo de lo que pueda parecer a primera vista: hay otros papeles en esta obra en los que, seguramente, habría podido destacar.

A la Adele de Chen Reiss, una vez hechas las consideraciones anteriores acerca de la parte hablada, no se le puede negar un material vocal atractivo de soubrette, que tiene todas las notas, conoce el papel y canta con corrección, pero no termina de brillar como debería, básicamente porque el agudo -por otra parte, segurísimo- tiende al sonido fijo cuando debería de ser su mejor arma. Su material de auténtica soprano soubrette la hace ideal por voz para este personaje, pero surgen dudas acerca de qué otro repertorio es el que podría asumir con acierto.

Muy destacable el desatado, divertidísimo y entregadísimo a la causa Príncipe Orlofsky de una Jossie Pérez que hizo una verdadera creación actoral con el personaje, y puso a su servicio un instrumento que no será especialmente hermoso, pero sí es sonoro y se presta bien a un papel ciertamente andrógino e histriónico como es este.

 

Entre los secundarios, todos excelentes actores, el Doctor Falke de Peter Edelmann aportó un material no especialmente reseñable, pero lo compensó con buen canto, elegancia y conocimiento del estilo: no en vano, el 'Bruderlein', que él comienza, fue uno de los momentos musicalmente más logrados de toda la función. Albert Casals fue un Alfred que apuntó maneras y un material interesante, aunque deba cuidar ocasionalmente la posición. Pero material, hay. Por su parte, Enric Martínez Castignani (Frank), llamado en último momento, destacó mucho como actor cómico, y cumplió con corrección como cantante, y Francisco Vas (Dr. Blind), hizo una nueva creación personal en lo actoral, y mostró el timbre penetrante que acostumbra: un hombre que casi siempre destaca. Rocío Martínez vio multiplicado a casi protagonista su papel normalmente secundario por los motivos ya apuntados en cuanto al texto: y, la verdad, lo hizo muy bien. Por su parte, Joaquín Carballido supo estar simpático como el carcelero Frosch.

Como suele mandar la tradición, se insertó en el segundo acto, durante la fiesta de Orlofsky, una pequeña gala lírica en la se escucharon algunos de los momentos vocales más interesantes de la noche: fueron apareciendo -introducidos por la conocida presentadora asturiana Sonia Fidalgo- la soprano Ana Nebot, que cantó una interesante versión de la 'Gavotte' de Manon de Massenet, con un registro agudo atrevido, segurísimo y brillante –es de ley preguntarse por qué no pensaron directamente en ella para ser Adele…-; el tenor Alejadro Roy, que interpretó 'Recondita Armonia', de Tosca, con un material importante pero una técnica francamente mejorable; la soprano Rocío Martínez, que culminó su 'Vals de Musetta', de La Bohéme, con un filado que apunta maneras que habría que comprobar en partes más extensas; y la propia Jossie Pérez, que se entregó divertida a la escena de la borrachera de La Périchole de Offenbach.

El Coro de la Ópera de Oviedo sufrió una dirección de escena que les hace comportarse alocadamente por el escenario: en estas condiciones, bastante hicieron con cantar a tempo. La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias acusó falta de empaste en muchos momentos, especialmente en la sección de cuerdas; y a la dirección orquestal de Eric Hull, lenta, pesante y pasada de decibelios, le faltó, ante todo, atrevimiento en los tempi, sentido del rubato y bailabilidad, en una partitura que debe ser chispeante como el champagne al que tantas veces se hace referencia. Mala cosa si a uno no se le van los pies mientras escucha esta música…

A pesar de los muchos aspectos mejorables, la verdad es que el público entró en el juego, dejó las carencias a un lado, se divirtió y decretó un éxito importante, que lleva a pensar que si las cosas se hubiesen montado de otra forma, la cosa podría haber sido un éxito espectacular.

Un último apunte: felicidades a la Ópera de Oviedo por el nuevo y lujoso libro que se ofrece como programa de mano; sólo un detalle: no tiene demasiado sentido incluir el texto completo únicamente en su traducción al castellano, prescindiendo del libreto original, máxime si lo que se ofrece es una traducción bastante libre de Mario Pontiggia…