Inauguraba el pasado sábado, día 26, la ABAO (Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera) su 58 temporada. Y lo hizo con una de las óperas más conocidas del repertorio y quizás la obra cumbre del Vincenzo Bellini y del llamado bel canto:
Norma. Estrenada el 26 de diciembre de 1831 en el Teatro alla Scala de Milán, ha formado parte desde entonces de las programaciones de todos los teatros de operísticos del mundo. La belleza de sus melodías, entre las que se encuentra la archiconocida 'Casta Diva', han cautivado al público desde su estreno. El bilbaíno no ha sido menos, y la del sábado era la decimoséptima vez que se podía ver en las temporadas de la ABAO. El libreto, debido a Felice Romani, sobre la tragedia
Norma de Louis A. Shoumet, presenta el conflicto al que se ve sometida Norma, sacerdotisa gala en tiempos romanos, dividida entre los deberes propios de su posición y el amor profesado a un enemigo de su pueblo, el procónsul Pollione. Para cerrar el otro vértice del triángulo amoroso, aparece Adalgisa, pupila del templo pero también rival sentimental, sin saberlo, de Norma, ya que ha sido seducida por el infiel romano. Descubierta por la inocente Adalgisa la traición de Pollione, Norma, exculpando a su compañera, centra sus iras en el padre de sus hijos, a los que está a punto de asesinar (cual vengativa Medea), pero a los que al final salva, inmolándose ella misma en la hoguera sagrada, no tanto por purgar sus pecados como por dar salida a las contradicciones de su situación. Ante tal sacrificio, Pollione ve reverdecer su amor y la acompaña en el trágico final.
Aunque la historia cae en conocidos tópicos y se ve imbuida de un espíritu entre romántico y heroico (con toques nacionalistas italianos, sobre todo en los momentos corales), no se le puede negar un aire moderno, e incluso me atrevería a decir que contemporáneo, en el personaje de Norma, mujer de fuerte personalidad que no centra sus iras en "la otra", sino en el compañero traidor del que sigue enamorada, enfoque que la aparta de otras óperas de la misma temática, mucho más machistas, donde la culpabilidad siempre recae sobre la mujer. Incluso la amistad que se mantiene entre las dos protagonistas, pese a su enfrentamiento sentimental, tiene unos matices feministas nada desdeñables.
Centrándonos en la representación que vimos en el Palacio Euskalduna, se puede destacar una gran triunfadora: Fiorenza Cedolins. A día de hoy, la cantante italiana es Norma. Su caracterización del personaje es perfecta, mostrando todos los matices que le permite el libreto: mujer enamorada, frágil, sensible, dura ante la traición, amiga y confidente con la joven Adalgisa, terrible en la venganza, y sobre todo, generosa y noble en el sacrificio último. Si como actriz estuvo soberbia, como cantante no le fue a la zaga. Aunque poco segura en sus primeros versos, ya en 'Casta Diva' mostró su capacidad vocal, pero aún sin emocionar. Fue en el maravilloso dúo 'O remembranza' donde la italiana fue cogiendo las riendas de la representación y de su papel con una maravillosa perfección vocal, sin problemas en las notas agudas, dadas con precisión y belleza, y suelta y segura en la zona más grave. La apoteosis vino en el tramo final de la obra, donde todo el poder de seducción de esta gran cantante se puso al servicio de las notas creadas por Bellini. Un placer.

© 2009 by E. Moreno Esquibel
Había expectación por oír la Adalgisa de Mariola Cantarero, por dos motivos: uno, que este papel, aunque creado para una soprano, suele ser asumido por mezzos. El otro, el debut de la cantante granadina en las temporadas de la ABAO, y comprobar si los rumores de un cierto desgaste vocal eran ciertos. Todas las dudas las despejó Cantarero con un despliegue de medios vocales y expresivos de primera categoría. Segura en todas las tesituras, su canto es bello, perfectamente ajustado. Triunfó, junto a Cedolins, en el dúo del primer acto, donde el público bilbaíno se volcó en un prolongado aplauso lleno de calor y cariño. A destacar su clase belcantista, demostrada en unas
mesa di voce de manual.
Pollione lo asumía el tenor coreano Francesco Hong, habitual y reconocido cantante pucciniano, que debutaba en Bilbao. Hong tiene unos bonitos agudos, potentes, bien proyectados, y de perfecta factura, pero dista de ser un tenor belcantista. Le falta ese
'savoir faire', ese recitar los versos. Su caracterización fue bastante plana y poco atractiva visualmente, pero no se le puede negar su arrojo y ganas de triunfar.
En los papeles secundarios, el bajo Marco Spotti dibujó un Oroveso muy lineal, correcto en lo vocal pero anodino. Cumplidores Manuel de Diego como Flavio (aunque tapado por la orquesta en alguna ocasión) y Giovanna Lanza como Clotilde.
El punto negro de esta estupenda noche de ópera lo puso la errática dirección musical de Yves Abel. Conocido por el público bilbaíno, siempre había tenido unas actuaciones correctas. Con
Norma no es posible decir lo mismo. Desde la obertura se vio que imponía una dirección con unos
tempi acelerados que ocultaban cualquier matiz orquestal y haciendo destacar los pasajes digamos más 'pachangueros' de la música belliniana. Pendiente siempre de los cantantes, acertaba en los momentos más íntimos, pero imprimió a los ritmos vivos unas aceleraciones que perjudicaron a la música, y sobre todo al coro. Debería revisar su concepto de la obra y adaptarlo más a la tradición belcantista.
Estupendo, sobre todo las voces masculinas, el Coro de Ópera de Bilbao, que esta vez se vio perjudicado, sobre todo en 'Guerra, guerra', por la dirección musical.
Correcta, pero poco brillante, por el mismo motivo que el coro, la Orquesta Sinfónica de Navarra, que ocupaba el foso.
© 2009 by E. Moreno Esquibel
Pocas cosas buenas que decir de la producción, originaria de varios teatros italianos, y firmada en su origen por Federico Tiezzi, y que en Bilbao fue responsabilidad de Francesco Torrigiani. Su dirección de actores fue arcaica y pasada de moda, y su presumible idea de acercar la tragedia romántica a la tradición griega se quedó en pantomima que recordaba el dramatismo del cine mudo. La más perjudicada por este planteamiento fue Mariola Cantarero, con una gesticulación exagerada. Cedolins creo que siguió más sus propios impulsos y no cayó en esos excesos escénicos. Mala utilización de figurantes, que no aportaban nada a la narración o que incluso la desvirtuaban (un ejemplo: en 'Casta Diva', los actores que acompañan a la sacerdotisa se caen al suelo cuando comienza el aria, no se sabe si fulminados por un rayo lunar o aburridos por la escena del corte del muérdago).
El escenógrafo Pier Polo Bisleri tampoco hizo nada destacable, utilizando telones pintados (obra del artista Mario Schifano) con el motivo de un árbol que iba cambiando e incluso se hacía fluorescente, mezcló épocas y tan pronto estábamos en un refugio boscoso con columnas corintias como en un saloncito burgués más propio de
Rosenkavalier. Bellos los figurines de Giovanna Buzzi y excelente, lo mejor de toda la producción sin duda, el diseño de iluminación de Gianni Pollini.
En resumen, podemos decir que en Bilbao se demostró que hoy por hoy,
Norma tiene un apellido: Cedolins.