Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 24/02/2006

La Kremerata: Rara perfección

Por Juan Krakenberger
Madrid, 22/02/2006. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. Kremerata Báltica Chamber Orchestra Gidon Kremer, violín Andrey Pushkarev, percusión. Gya Kancheli: “V & V”, Dimitri Shostacovich – Rudolf Barshai: “Cuarteto Nº 10”, op. 118, Robert Schumann: “Concierto para violonchelo y orquesta” op. 129, y una recopilación de obras varias títulada “Sempre Primavera” Juventudes Musicales de Madrid / Ciclo Conciertos Extraordinarios. Aforo: 85%

Siempre es un placer escuchar a esta Camerata de cuerdas, creada por el violinista Gidon Kremer en 1997, compuesta por jóvenes músicos sobresalientes, provenientes de las excelentes escuelas de los tres países bálticos. Vienen en una formación de 7/6/4/4/2, y un percusionista. El violinista Gidon Kremer actúa de solista, pero no se puede decir que dirija el conjunto – cuando no hay parte de solista, el conjunto toca sin director. La concertino, Eva Bindere, además de guapa, es excelente violinista, y da las entradas con convicción y energía. Además toca sus soli con mucho desparpajo y sentido musical.

Como siempre, Gidon Kremer y su grupo confeccionan programas poco rutinarios, y para ello recurren a una usanza que en el último siglo cayó un tanto en el olvido: la adaptación o el arreglo de obras para adecuarlas a la disponibilidad de músicos para su ejecución, usanza que era común y corriente en épocas anteriores. ¿Es legítima esta práctica? Pues, si se hace con tanto respeto y se ejecuta luego con la perfección de este grupo, esta música sale ganando, y por lo tanto mi respuesta es decididamente afirmativa.

La única obra original del programa inició la velada: V & V (violín y voz) de Gya Kancheli, obra del año 1994 para violín, voz magnetofónica y orquesta de cuerda. Se inicia y termina con un canto pre-grabado, misterioso y lejano, en diálogo con el violín solista. La obra, que dura unos ocho minutos, trascurre al 90% en pianíssimo, es muy tenue y expresiva, y si no hubiera sido por tantas toses y otros ruidos, el placer de escucharla hubiera sido aún mayor.

Siguió la trascripción que en su día hizo Rudolf Barshai del Cuarteto Nº 10 de Shostacovich. Barshai, alumno del compositor, adaptó en total cuatro de los quince cuartetos que éste escribió, con el beneplácito del autor. Y en efecto, el resultado –tocado con la entrega de la Kremerata – suena extraordinariamente bien. Hubo momentos de auténtica magia, como por ejemplo, en la transición del Adagio al Allegretto final, cuando la concertino sigue cantando la letanía lenta de aquel al mismo tiempo que, como a hurtadillas, las cuerdas bajas ya inician el ritmo incisivo del movimiento próximo. No habiendo director, llamó la atención la justeza con que se tocó esta música, no exenta de complicaciones. El cuidado del fraseo, de las diferencias dinámicas: todo estaba en su sitio. ¡Sencillamente brillante! (El programa impreso menciona a Kremer tocando el violín en esta obra – es un error. Él no estuvo presente en el escenario).

La segunda parte del programa trajo una relativa novedad. Una adaptación del Concierto para violonchelo y orquesta de Robert Schumann, para violín y orquesta de cuerdas más timbales. La idea de esta trascripción para violín y orquesta sinfónica completa ya existía, pero reducir ésta a cuerdas, solamente, fue idea de Kremer, y oyéndola se comprende el porqué. Hay un pasaje del Adagio, donde el violín canta una melodía genial sobre un acompañamiento de pizzicati de las cuerdas altas, y una cantilena de los violonchelos, que es de una belleza sobrecogedora. ¡Cómo suena esto! Tan solo este trozo ya justificaría esta versión, pero creo que algunos de los pasajes un tanto plomizos de esta obra tardía de Schumann ganan con la transparencia de las cuerdas. Sencillamente pesan menos. Por supuesto que Kremer toca su parte solista con una maestría fuera de serie, y con una musicalidad que pone en valor el ensoñado romanticismo del gran compositor alemán.

Y para terminar, un potpourri recopilado por el propio Gidon Kremer, para violín, percusión y cuerdas, bajo el lema Sempre Primavera, que empieza con Warm Wind (Viento cálido) de Yana Polevaya, la exposición de la Sonata op 24 (Primavera) de Beethoven, un extracto del Sacre de Printemps de Igor Stravinsky, una canción, dedicada a Cristo, de Leonid Desyatnikov, La Primavera de Darius Milhaud, (en arreglo para violín y vibráfono), luego L’aurore para violín solo, de Eugène Isaÿe, para terminar con una versión del ya citado Desjatnikov de Las Cuatro Estaciones Porteñas de Astor Piazzolla. No hay pausas entre los trozos – han sido unidos inteligentemente, permitiendo un attacca sin solución de continuidad. Muchas de las adaptaciones fueron realizadas por el excelente percusionista Andrey Pushkarev, que nuevamente demostró ser un inteligente y sensible músico. Todas estas piezas (excepto la de Stravinski) cuentan con la actuación como solista del propio Gidon Kremer, que mostró su gran versatilidad y buen quehacer. Fue un auténtico placer escuchar esta música, ora exuberante, ora delicada, en versiones tan cuidadas, tan preciosas.

Los aplausos no se hicieron esperar, y ante la insistencia del público que no se movió de sus asientos, vino una primera propina, un trozo lento más de Astor Piazzolla, muy ensoñado y poético. Y como los aplausos no cesaron, terminaron la velada con un bis que ya se está convirtiendo en marca de la casa: una adaptación para cuerdas de la preciosa canción de Broadway de los años ’50, intitulada Stardust. Es difícilmente imaginable que pueda existir una versión más entrañable de esta pieza. Glissandi en unísono, acentos algo retardados con una precisión que te saca el aliento, en suma: la perfección. ¡Así da gusto!

Es la segunda vez en los últimos años que la Kremerata con Gidon Kremer a la cabeza nos visita, y que Juventudes Musicales les acoge. ¡Ojalá vengan muchas veces más! Es, para mí, uno de las orquestas de cámara que más satisfacciones deparan al oyente y que es capaz de apasionar a los jóvenes de hoy, tan mal tratados, en materia musical, por la gran mayoría de los medios de difusión. Si todos los conjuntos siguieran este ejemplo, el futuro pintaría mejor.