Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 10/10/2011

Mahler glorioso

Por Agustín Blanco Bazán
Colonia, 24/09/2011. Filarmónica de Colonia. Sinfonía nro. 8 de Gustav Mahler. Barbara Haveman, soprano (Magna peccatrix); Olga Boylan (soprano); Christiane Oelze, soprano (Una poenitentium); Ann Palimina, soprano (Mater gloriosa); Petra Lang, mezzosoprano (Mulier samaritana); Maria Radner, contralto (Maria aegyptiaca); Brandon Jovanovich, tenor (Doctor marianus); Hanno Müller-Brachmann, barítono (Pater ecsataticus); Günther Groissböck, bajo (Pate profundus). Niñas y niños del Coro de la Catedral de Colonia. Coro de la Asociación Bach de Colonia.; Cantoría de la Catedral de Colonia. Cantoría de la Cartuja de Colonia. Coro Filarmónico de Bonn. Ensemble vocal de la Catedral de Colonia. Orquesta Gürzenich de Colonia bajo la dirección de su titular Markus Stenz. Conciertos en la Filarmónica de Colonia en celebración del 25 aniversario de su inauguración del 24 y 25 de septiembre de 2011

A Andrew Maisel, uno de los corresponsales de Ritmo en Londres, casi no hay orquesta que le venga bien cuando de Mahler se trata. Justo cuando uno comienza a emocionarse con las florecillas, las danzas, las apoteosis finales, etc, de cualquiera de las sinfonías mahlerianas, Andrew se la arregla para musitar acotaciones como “Cursi, amanerado, no?...¡Ay Dios mío como arrastra este director su autoindulgencia acaramelada para impresionar al público!, …¿y si variara el tiempo un poco, en lugar de marcar como un metrónomo.” De allí mi curiosidad por su entusiasmo ante el concierto que dio la orquesta Gürzenich de Colonia en las Proms hace unos años, con un programa exactamente igual al del estreno mundial por la misma orquesta de la Sinfonía número 5 bajo la dirección del mismo Mahler. “¡Esta sí es una orquesta mahleriana! ¡Y bajo Markus Stenz, de lo mejor que he oído en años! Al fin un adagietto sin la imagen de Dick Borgade goteando el maquillaje!” La opinión de Andrew bastó para que hace unos días disparara a Colonia, a ver si volvía a escuchar una Octava de Mahler. La ocasión sería la celebración de los 25 años de la residencia de la orquesta Gürzenich en la sala de conciertos de la Filarmonia de la ciudad, inaugurada con la misma obra por Marek Janowski en 1986.

“La orquesta es maravillosa, una verdadera gloria. Tal vez haya encontrado aquí, en Colonia, una patria artística” escribió Mahler a Alma luego del estreno de su Quinta sinfonía, en un programa donde también tuvo que acompañar al piano diez lieder de Schubert, para terminar con la obertura Leonore III. La orquesta fue establecida en el siglo XV como conjunto instrumental de la Catedral y Félix Mendelssohn la secularizó a partir de 1857 con sus “conciertos de sociedad” por él dirigidos en la Gürzenich, una sala gótica municipal. Berlioz, Wagner, Verdi, Brahms y Stravinsky entre otros, han dirigido esta agrupación que aparte de la Quinta de Mahler, también ha estrenado obras como el Doble concierto op. 102 de Brahms, Till Eulenspiegel de Richard Strauss, las Variaciones Hiller de Max Reger y el Concierto para orquesta de Bernd Alois Zimmermann. Herman Abendroh presidió la orquesta durante el apocalipsis de la ciudad en la Segunda Guerra, y Günther Wand lo hizo de 1945 a 1974. Le sucedieron Yuri Ahronovitch en 1975, Marek Janowski en 1986, James Conlon en 1990 y Markus Stenz a partir del 2002. La Gürzenich, que también toca en la Ópera de la ciudad, ha llegado hasta Pekin y Shanghai, y visita regularmente centros musicales europeos, pero no he encontrado indicios que haya estado en España o America Latina.

Si, como dice Dudamel, la sala es un instrumento mas, mi crónica sobre esta Octava debe comenzar diciendo que entre los auditorios de postguerra este es el mejor que he conocido en el continente europeo. Se trata de un anfiteatro luminoso, de comodísimos asientos, acústica fresca y aireada y recubierta en madera clara, órgano al costado izquierdo y estructura férrea para una gigantesca lucerna circular, que corona el cielo raso de un espacio redondo, con capacidad para dos mil personas y con una atmósfera caracterizada por la immediatez entre el público y los instrumentistas. Stenz respondió al usual desafío acústico que presenta cualquier Octava mahleriana colocando parte del coro sobre las gradas de la orquesta, a diferencia de Janovsky que había colocado toda la humanidad de párvulos y adultos en las galerías frente al podio. En esta oportunidad, orquesta y coro integraron sus masas en un conglomerado sonoro a la vez macizo y pristino en su proyección sonora.

 

Momento del concierto

© 2011 by Orquesta Gürzenich


Ningún otro compositor es tan cuestión de gustos como Mahler, y por ello nada malo en quienes prefieren las excesivas y a la vez genialmente arrastradas autoindulgencias de Bernstein, o la igualmente genial incisividad de Abbado. La Octava por Stenz está en las antípodas de ambas. Las grabaciones de otras sinfonías mahlerianas ya en el mercado lo exponen como un intervencionista decidido a rescatar de las entrañas de cada partitura toda la expresión cromático dinámica posible. Bien a mi gusto, salvo, tal vez en el ultimo movimiento de la Segunda donde la vivisección entorpece a veces el cantabile que Haitink o Boulez saben desarrollar con conmovedora y recóndita fluidez. Fue con la precaución de este reparo que acudí a los dos conciertos de la Octava. ¿Repetiría también aquí Stenz esos frenazos medulares sacrificando así fluidez en aras de expresividad de detalles y dinámicas? Pues, no. No lo hizo, y gracias a ello le salió una Octava antológica.

Ya el asertivo acorde de órgano y la desbordante intervención de trombones y trompetas al inicio de 'Veni creator spiritus' fue una gloriosa precipitación polifónica, digna de la denominación 'Allegro impetuoso' y todo el movimiento se desarrolló sin la menor parsimonia o grandilocuencia y con inspirada expresividad y un tratamiento de texturas de rigor camerístico. Los tiempos variaron constantemente muy a lo Stenz, pero a diferencia de Bernstein, que a mi gusto exageraba en cambios de tiempo con aceleraciones desorbitadas seguidas de lentitudes plañideras, Stenz integró con magistral delicadeza subitos piano diminuendi y sforzandi al desarrollo general. Nunca, como en esta oportunidad, oí con mayor claridad la tranquila expresividad de violines apoyando el 'Infirma nostri corporis' o la fulgurante dinámica introductoria del 'Accende lumen', realmente de acuerdo a la instrucción de mit plötzlichem Aufschwung (con repentina elevación).

Hubo drama, agitación, esclarecida expresividad a lo largo de todo el movimiento, también de acuerdo con las intenciones de Mahler de utilizar la música para despojar el texto de toda rigidez litúrgica, transformándolo en una expresión de eros. Y también en la segunda parte insufló Stenz a la obra un dramatismo y exaltación casi operisticos, comenzando con la balbuceante anticipación de 'Waldung, sie schwankt heran' milagrosamente balanceada con la percusión, tremolandi de violín y fraseo de trompa. Leer el texto de este musicalizado final de la segunda parte de Fausto es algo que frecuentemente aplasta a los lectores que no puedan hacerlo en el original alemán, y lo cierto es que también algunas versiones de la Octava acompañan las palabras con una similar parsimonia aplastante. En esta versión sin embargo, aún quienes no entiendan alemán pueden apreciar fonéticamente la unidad de música y poesía logradas por Mahler. A despecho de un forzado agudo en el "Liebe" final, Hanno Müller-Bachmann cantó su 'Ewiger Wonnenbrand' como un lied de Schubert, y una vena casi mozartiana unió a la Magna Peccatrix, la mujer samaritana y María Egipciaca en el trío 'Die du Grossen Sünderinnen'. ¿Y que haría Marcus Stenz con el cantabile que hila el final del lied del Doctor Marianus con la elevación coral de 'Dir der Unberührbaren'?

 

Momento del concierto

© 2011 by Orquesta Gürzenich

¿Acotaciones tan marcadas como en el final de la Segunda? No. Esta vez la melodía fue expuesta con un fervor recóndito, balbuceante, pero empujada a la vez con articulación y fluidez. Con la incorporación del coro el efecto fue mágico por su calma y expresividad y estableció lo que pide el texto de Goethe, esto es, no una emoción exaltada sino contemplativa y lucida, penetrada por la revelación de la verdad transcendental del Ewig Weibliche o el eterno femenino. El final fue simplemente la culminación de una interpretación rigurosamente unitaria, consciente de las progresiones a partir de los climax y los contrastes y profundamente sensible a un pathos poético-musical sin fisuras en su transcendente naturalidad.

Aparte del solista antes mencionado, se destacaron particularmente las voces de Olga Boylan, Christiane Oelze y dos descubrimientos para mí: el tenor Brandon Jovanovich deslumbró con la firmeza y calidez de su timbre y desde una escalera lateral de caracol la voz de Ann Palimina, flotó diáfana y segura en entonación en la invitación de la Mater Gloriosa a Fausto y Margarita.

La algarabía a la salida fue capitaneada por el entusiasmo de los niños del coro, que invadieron aliviados el foyer, y el fervor no menos entusiasta de los adultos para hacerse de la copa de champagne gratuita en celebración del jubileo de plata. Copa en mano muchos de los asistentes se integraron a la cola para comprar la grabación, porque como como en los conciertos de rock, la Gürzenich espera a los espectadores con el CD de lo escuchado que vende a 10 Euros, o carga en MP3 por sólo cinco. Pude visitar la cabina de grabación y conversar con el heroico ingeniero sobre las dificultades a solucionar en esta inmediata comercialización. Y por supuesto que volví a escuchar mi CD para escribir estas líneas. ¡Que fácil es para los críticos escribir sobre cómo sonó la Gürzenich en su casa de Colonia!