Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 14/10/2011

Energía renovable

Por Alfredo López-Vivié Palencia
Barcelona, 10/10/2011. Palau de la Música Catalana. Temporada Palau 100. Christian Tetzlaff, violín. City of Birmingham Symphony Orchestra. Andris Nelsons, director. Ludwig van Beethoven: Obertura Leonora nº 3; Antonín Dvořák: Concierto para violín y orquesta en La menor, op. 53; Piotr Illich Chaicovsqui: Sinfonía nº 4 en Fa menor, op. 36. Ocupación: 100%

Inauguración de la temporada Palau 100 con el local lleno hasta la bandera (y con los programas de mano agotados). En el palco de autoridades no cabía un alfiler -desde aficionados ocasionales como el anterior Presidente de la Generalitat, hasta melómanas conspicuas como la actual Consejera de Justicia-; y la sala -empezando por la platea y acabando en el gallinero- estaba abarrotada de un público encantado de comprobar que, conforme avanza la era post-Millet (hace ya más de dos años que se destapó el enjuague, pero conviene no olvidar semejante vergüenza), la calidad de los espectáculos sube y los precios de las entradas bajan.

En el escenario, debut de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Birmingham en Palau 100. Y debut por todo lo alto. Aunque no por la orquesta en sí: su sonido, poco coloreado, no resulta especialmente distinguido en ninguna de sus secciones -es más, alguna de ellas, como la de las trompas, deja algo que desear-; si bien cuenta con alguna individualidad destacable -su flauta principal-, y, como buenos británicos, saben trabajar en equipo y el conjunto suena equilibrado y rotundo. Pero es que la fama de la orquesta de Birmingham se la han dado -de Simon Rattle a esta parte- sus directores. Y el letón Andris Nelsons (Riga, 1978), que lo es desde 2007, no iba a ser la excepción.

En tiempos de Georg Solti corría el chascarrillo de que, si se conectaba una dinamo a sus brazos, se terminaban los problemas energéticos mundiales. Otro tanto puede decirse de Nelsons, que derrocha al alimón juventud y entusiasmo con un gesto nervioso pero preciso -no sólo de sus brazos, sino de cuerpo entero (y a estos efectos el hombre, o más bien el hombretón, se jugó el físico durante el concierto porque el quitamiedos de su tarima le quedaba demasiado pequeño)- que atiende absolutamente a todo lo que sucede en su orquesta.

Por supuesto que Nelsons está al quite de todos los detalles -los obvios y los que él quiere que lo sean aunque a primera vista no lo parezcan-, pero sobre todo sabe dirigir las grandes frases. Porque sabe de dónde parte y tiene muy claro hasta dónde quiere llegar. Y eso lo hace evidente también con su expresión facial, tan eficaz para lograr su objetivo como todos los movimientos de sus brazos y sus manos, con y sin batuta. Y con eso no sólo logra llevar a la orquesta al objetivo pretendido, sino que sus músicos respondan como un solo hombre; y -lo más importante- sin fatigarlos inútilmente, porque lo que les pide suena absolutamente natural, de modo que su energía se renueva a cada compás.

Ahora bien, una cosa es que suene natural, y otra que suene habitual. Ése es el mérito de Nelsons: hacer, por ejemplo, de la Leonora nº 3 no una mera obertura, sino un poema sinfónico en toda regla. Mientras la escuchaba, pasaba por mis oídos la narración de una historia completa, las hazañas de un protagonista desde el misterio del principio hasta la victoria final, y todo ello aderezado con algunos detalles que revelan el mimo que pone Nelsons en lo que hace: la primera llamada de la trompeta tras la puerta cerrada del escenario, y la segunda con la puerta entreabierta para dar la sensación de acercamiento; o la fuga de la coda, tocada sólo con dos atriles de cada cuerda para ganar precisión y para luego aumentar la brillantez de la conclusión.

En el Concierto para violín de Dvořák -por cierto, qué pedazo de obra y qué poco se escucha en las salas de concierto- Nelsons se convirtió en el cómplice del alemán Christian Tetzlaff (Hamburgo, 1966), con quien compartió un mismo nivel de expresividad, tal vez más desatada que la de su solista, que toca más concentrado pero con igual lirismo. Sobre todo en el monumental primer tiempo, cantado por ambos con una emoción arrebatadora. Me llamó mucho la atención el sonido del instrumento de Tetzlaff, que -sorprendentemente- no es una joya del XVIII sino un violín contemporáneo construído por Peter Greiner; sonido que sólo puedo resumir con una palabra: poderoso.

O mejor dos, poderoso y cálido, porque si fue impresionante comprobar que se escuchaba nítidamente al solista en medio del magma orquestal, no lo fue menos disfrutar de la pasión controlada con la que ese sonido se proyecta, también durante el tiempo lento, de una serenidad infinita, y en el finale juguetón y saltarín. Es entonces cuando uno cae en la cuenta de que la indicación ma non troppo que llevan todos y cada uno de esos tres movimientos se refiere al tiempo, no al espíritu; y es entonces cuando uno no tiene necesidad de referirse a la apabullante técnica de Tetzlaff, igualmente demostrada en su propina bachiana.

¿Se puede decir algo nuevo con la Cuarta Sinfonía de Chaicovsqui? Pues sí, se puede. Nelsons se apunta a la vieja escuela rusa y se abstiene de lecturas lacrimógenas o desatadas, sin abusos decibélicos (el maestro calculó milimétricamente hasta dónde podía llegar en la ingrata acústica del Palau), prefiriendo una interpretación concentrada, de gran calor interior. Y le añade su sello personal en esas larguísimas progresiones emocionales que pueblan los dos primeros movimientos de la partitura, construídas con intensidad, pero también con inteligencia y con naturalidad, precisamente para no cansar y así mantener la atención del discurso.

El célebre tercer tiempo salió algo justito -cuerda y madera quedaron en evidencia-, pero el finale -dado con el vértigo justo gracias a una muy trabajada articulación de la cuerda, y conteniendo las intervenciones de una percusión que nunca suena invasora- tuvo la inmensa virtud de no resultar cargante. Tal vez por eso la reacción del público tampoco fue de delirio, aunque no hubo dudas sobre su aprobación y por eso se agradeció con una de las Danzas eslavas de Dvořák.