Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 24/01/2012

El proyecto Beethoven-Bartók de Salonen (2)

Por Xoán M. Carreira
Las Palmas de Gran Canaria, 13/01/2012. Auditorio Alfredo Kraus. Philharmonia Orchestra. Esa-Pekka Salonen, director. Ludwig van Beethoven, Obertura 'Leonora' nº 2, Op. 72b y Sinfonía nº 7 en la mayor, Op. 92. Béla Bartók, Suite de El mandarín maravilloso, Sz 73. 28 Festival de Música de Canarias. Asistencia: 90% del aforo

El éxito obtenido el día anterior por Salonen y la Philharmomia Orchestra en un programa que unía igualmente Beethoven y Bartók, [ver crítica] sumado al aliciente de ser noche de viernes, contribuyó a la ocupación casi completa del ala derecha del anfiteatro reservada a los invitados de Movistar -empresa mecenas del Festival-, que había quedado casi vacía en los tres conciertos anteriores. Obviamente, estas 'calvas' en las salas de concierto, con las entradas de esa zona agotadas en taquilla, no contribuyen a la buena imagen de los festivales ni de sus mecenas. Las costumbres están cambiando y desde hace años en otros países de la UE es habitual que los invitados devuelvan a taquilla las entradas que no van a utilizar como muestra de civismo (así entran a última hora en numerosos teatros del mundo los jóvenes o los colectivos desfavorecidos -por un precio muy reducido- generando una mayor riqueza social entre el público asistente y evitando a los artistas la impresión de fracaso que crea una sala con grandes calvas en las mejores zonas).

Salonen nos sorprendió con una Leonora nº 2 atenta a las convenciones, exquisitamente dimensionada, y concebida como pieza de concierto totalmente exenta. La Philharmonia siguió sin problema alguno el rápido pulso requerido por Salonen y aportó su característico sonido brillante que tan bien sienta a esta magnífica obertura cuando se le adjudica el rol de 'telonera de concierto'. En contraste con esta hermosa versión académica -en el mejor de los sentidos- de Leonora nº 2, Salonen ofreció una Séptima sinfonía que desde el primer momento intuí que iba a ser deliciosamente anti-académica; su interpretación me trajo a la memoria el inmenso amor que Xenakis tenía por esta Sinfonía en la mayor, a la que atribuía la propiedad de contener todas las ideas musicales que él había desarrollado a lo largo de su carrera. La Séptima, como es bien sabido, es una sinfonía política en mayor grado quizás que la Tercera, del género de las 'sinfonías militares' codificado por Haydn en Londres. Salonen utiliza la edición de Norman del Mar y, al igual que Paavo Järvi, se plantea la obra como una narración, pletórica de efectos retóricos y onomatopeyas. Lógicamente, siendo tan distintos los talantes de los narradores -Järvi y Salonen-, así resultan de diversos los resultados sonoros, discursivos y retóricos. La energía de Salonen favorece a los códigos del género militar, que a su vez se ven perjudicados por el uso de las trompetas modernas. Como comentaba en la primera reseña de este proyecto Beethoven-Bartók, Järvi acierta plenamente en el uso de las trompetas naturales. Que por otra parte, en tonalidades como la de la mayor  y unidas a los timbales, tienen un significado emblemático heredado de la ópera seria. Si bien la Philharmonia Orchestra es un instrumento de enorme ductilidad y de gran precisión, su característico brillo en los agudos -con esa especie de aura de armónicos alrededor- me resultó old-fashioned y más adecuada a un sonido al servicio de la alta-fidelidad que a la de la interpretación en vivo. Me pregunto si en el siglo XXI sigue teniendo sentido este concepto sonoro indudablemente lindo pero ... ¡tan museístico!.

Desluce de la constante búsqueda de Salonen y de la nueva imagen del Festival, la inclusión en el programa de mano de unas notas sobre Beethoven tan pobres y deslucidas como las pergeñadas por Guillermo García-Alcalde. Al igual que los malos alumnos cuando no saben qué responder en un examen, García-Alcalde también optó por "hablar de amigos, enemigos y contemporáneos de Beethoven" pero fue incapaz de informar al público sobre Leonora nº 2 -más allá de la sempiterna descipción de Fidelio, ópera totalmente ajena a lo que es Leonora nº 2- o proporcionar un punto de vista actualizado sobre la Séptima sinfonía.

Una obra tan simbolista como El mandarín maravilloso, con su deslumbrante textura y sus cortantes aristas rítmicas, es un vehículo apropiado para el pleno lucimiento tanto de la Philharmonia Orchestra como de la depuradísima técnica de Esa-Pekka Salonen. Pero pasados los primeros momentos de asombro, lo que fascinó al público y lo mantuvo arrobado hasta que se extinguió el sonido del último acorde no fue la exhibición de virtuosismo sino la sensibilidad, la inteligencia interpretativa, la coherencia y la emoción que destiló en todo momento la obra. Al finalizar, escuché a varios veteranos del festival comentar que esta interpretación había sido uno de los grandes momentos de las veintiocho ediciones del Festival de Música de Canarias.

De regalo, Salonen y los filarmónicos londinenses interpretaron el Vals triste de Sibelius, una delicatessen que, tocada como ellos lo hicieron, nos devolvió la apacibilidad el ser tras un programa perturbador. Ni siquiera el inevitable móvil -que sonó insistente pero afinado en la zona de invitados de Movistar- logró distraernos de nuestro viaje de vuelta a la realidad.

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El programa se repitió, por los mismos intérpretes, el 15 de enero en el Auditorio de Santa Cruz de Tenerife.