Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 14/09/2011

Noche jaranera

Por Alfredo López-Vivié Palencia
Lucerna, 07/09/2011. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Javier Perianes, piano. Israel Philharmonic Orchestra. Zubin Mehta, director. Isaac Albéniz: Corpus Christi en Sevilla, El puerto, y Triana, de “Iberia” (orquestaciones de Enrique Fernández Arbós); Manuel de Falla: Noches en los jardines de España; Claude Debussy: Ibéria, de las “Images pour orchestre”; Maurice Ravel: Boléro. Ocupación: 90%

Ya lo decía la promoción del Festival para el concierto de hoy: “las noches en España son largas”; a lo que cabría añadir “ruidosas”. Zubin Mehta lo sabe, como buen conocedor que es de nuestro país (aunque en la biografía que consta en el programa de mano no hay mención de sus responsabilidades valencianas); y por ello no sólo ha confeccionado un programa adecuadísimo en relación con la exigencia temática de esta edición del Festival, sino que tampoco escatimó ni un solo decibelio en las nutridas contribuciones de la percusión a lo largo del concierto.

Mehta se sabe la Triana de Albéniz desde hace muchísimos años (recuerdo habérsela escuchado como propina a mediados de los setenta, cuando era titular de la Filarmónica de Los Angeles). Hoy dejó claro que le sigue gustando la pieza, sin duda a la que más y mejor carácter dio de los tres números de Iberia que abrieron el programa (a los otros dos les faltó algo de intención al doblar sus esquinas), tal vez por ser la más abiertamente festiva.

Noches en los jardines de España se escuchó por primera vez en el Festival de Lucerna de 1943, a cargo de Walter Gieseking (nada menos) y Ernest Ansermet (faltaría más). Lo cual constituye aquí un precedente de mucho peso para cualquiera que se atreva con la obra. Se notó que Mehta y el andaluz Javier Perianes (Nerva, 1978) -quien, por cierto, debutaba hoy en el Festival- han estado dándola estas últimas semanas en Israel -y la presentarán en Madrid dentro de unos días-, porque su entendimiento fue claro a lo largo de la pieza.

Otra cosa es que llegara a haber verdadera complicidad. Mientras Mehta daba una lectura bastante directa de la cosa -sin importarle tapar a su solista en los momentos más explosivos-, Perianes se dedicaba a sacarle el jugo a la partitura con ese pianismo limpio y cálido que es ya su mejor cualidad, a saborear las frases -preciosos los momentos más íntimos de la 'Danza lejana'-, y a respirar hondo -y por tanto a transmitir- el ambiente mágico de la obra. Al público le encantó, y Perianes correspondió con una delicadísima propina (a medio camino entre Chopin y Mompou, aunque no supe identificarla), dicha acariciando su teclado.

Más sutilezas orquestales hubo en la Ibéria de Debussy, en cuyos 'Parfums de la nuit' Mehta sí supo regodearse, y, de paso, lograr una impresionante transición hacia 'Le matin d’un jour de fête' (un pasaje que siempre me resulta muy atractivo). Haciendo así de la necesidad virtud, pues la Filarmónica de Israel no es -ni por la calidez de su cuerda ni por la textura de su madera- un instrumento particularmente colorista. Lástima del final, que quedó algo emborronado al no tener en cuenta Mehta la generosa reverberación de esta sala.

Mucho se ha discutido sobre el “tempo” que debe gobernar el Boléro: a lo largo de la interpretación de Mehta tuve la impresión de que el hombre corría y corría, y sin embargo, al final de la obra conté quince minutos clavados. Donde creo que no acertó el maestro fue en la graduación de las terrazas sonoras, pues ya al entrar la segunda caja no cabían más 'fortes'. Por lo demás, todo estuvo en su sitio (con la excepción de algunos titubeos de la primera caja al comienzo de la pieza), de modo que la recepción del público fue la que siempre es.

Por si hubiera sido poca la jarana, Mehta anunció la propina diciendo “aquí va una versión rusa de España”: naturalmente, sonaron los dos últimos números del Capricho español de Nikolai Rimski-Korsakov (obra ésta que Mehta tomó en adopción desde sus tiempos con la Filarmónica de Nueva York).