Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 25/04/2012

Aquí hay amor

Por Javier del Olivo
Bilbao, 21/04/2012. Palacio Euskalduna. Erich Wolfgang Korngold. "La ciudad muerta". Libreto de Julius y Erich Wolfgang Korngold, firmado con el seudónimo de Paul Schott, sobre la novela Bruges-la-morte de Georges Rodenbach y su obra de teatro Le mirage en la traducción al alemán de Siegfrie Trebitsch. Willy Decker, dirección de escena. Karin Voykowitsch, dirección de escena de la reposición. Wolfgang Gussmann, escenografía y vestuario. Wolfgang Göbbel, iluminación. Emily Magge, Marie/Marietta. Robert Dean Smith, Paul. Tommi Hakala, Frank/Fritz. Christa Mayer, Brigitta. Marta Ubieta, Juliette. Marisa Martins, Lucienne. Manuel de Diego, Victorin. Peter Gijsbertsen, Graf Albert. Javier Cortés y Javier Pérez de Alaiza, mimos. Coro de Ópera de Bilbao, Boris Dujin, director del Coro. Leioa Kantika Korala, director, Basilio Astúlez. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Erik Nielsen, director musical.60 Temporada de la ABAO. Ocupación 90%

Esta frase, pronunciada al principio de la obra por Brigitta, la ama de llaves del protagonista, puede resumir la esencia de La ciudad muerta, la obra de Erich Wolfgang Korngold que por primera vez se ha escuchado en las temporadas de la ABAO (Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera). Amor por la esposa muerta, amor por la desconocida con la que desea revivirlo y con la que se sumergirá en un sueño que le devolverá el amor por la vida. El libreto de Die Tote Stadt es obra del propio autor y de su padre, el influyente crítico musical de principios del siglo XX Julius Korngold. Juntos, y basándose en la obra de teatro Le mirage (deudora, a su vez, de la novela Bruges-la-morte, ambas de Georges Rodenbach), crean una obra muy enraizada en las ideas freudianas que comenzaban a afianzarse en esta época. El enfrentamiento del viudo Paul con el enfermizo culto que mantiene hacia su esposa Marie se materializa en un sueño en el que la bailarina Marietta toma el papel de la muerta y lleva al protagonista a los límites de la locura. Al despertar, en una actitud claramente psicoanalítica, Paul se dará cuenta de que debe cambiar, salir de su encierro obsesivo y buscar una nueva vida abandonando Brujas, la ciudad muerta.

Para esta interesante historia Korngold crea una genial partitura, llena de elementos oníricos y sentimentales, con una orquestación rica y llena de cromatismo. Siempre dentro de la tonalidad, pero muchas veces cerca del surrealismo, la música crea ambientes que se adaptan "cinematográficamente" al libreto. Una obra maestra que poco a poco está consiguiendo el lugar que le corresponde en la historia de la ópera.

Foto © 2012 by E. Moreno Esquivel

Vocalmente es una obra de grandes exigencias para los protagonistas, especialmente para el tenor, que se mantiene en escena la práctica totalidad de la ópera. Sin tener que llegar a dar agudos extremos, Korngold mantiene a Paul en lo más alto de la tesitura, por lo que se necesita un cantante de primera categoría para este papel. El norteamericano Robert Dean Smith está curtido como tenor wagneriano y también en casi todo el repertorio alemán. Conoce perfectamente La ciudad muerta, y eso se nota en su expresión y en la dosificación de las fuerzas para poder llevar a buen puerto tan difícil rol. Claro que tiene que pagar un precio, y en algún momento se le notó un agudo más tenso y con pequeños desajustes. Pero, en general, fue un gran Paul, lamentablemente lastrado por un volumen escaso que en varias ocasiones no le permitió pasar la orquesta y que, como en tantas veces en este teatro, nos hizo pensar en cómo sería escucharlo en un coliseo más pequeño. Como actor estuvo correcto, sin caer en los histrionismos, pero un poco envarado en ocasiones.

Emily Magee debutaba en la ABAO en el papel de Marietta y la aparición de Marie. Hizo un gran trabajo, y aunque empezó insegura, en la maravillosa "Canción de Marietta" fue afianzándose, dando muestras de su indudable calidad. Tampoco su papel es fácil, los momentos comprometidos y exigentes abundan. Salió bien parada de todos, con una voz que, sin tener un timbre excesivamente bello, estuvo bien colocada y perfectamente proyectada, siempre más segura en la zona aguda que en los graves. Dentro de los varios momentos de gran belleza de la obra, pienso que lo mejor lo dieron los dos cantantes en el dúo del primer acto donde Paul dialoga con su difunta esposa.

El finlandés Tommi Hakala era Frank, el amigo de Paul, y también Fritz, amigo de Marietta en el sueño. Aunque mostró un vibrato que en un primer momento resultó molesto, en el pasaje culminante de su papel, la canción "Mein Sehnen, mein Wähnen" estuvo convincente y con una voz de gran entidad. Estupenda la Brigitta de Christa Meyer, que cantó con un gusto exquisito su breve pero bellísimo papel. Mostró un timbre de gran personalidad y una voz perfectamente proyectada.

Los comprimarios Marta Ubieta como Juliette, Marisa Martins como Lucienne, Manuel de Diego como Victorin y Peter Gijsbertsen como Graf Albert, estuvieron bien interpretados, pero su canto, en general correcto, se vio perjudicado por una ubicación demasiado al fondo de la caja escénica, que impidió escucharlos con claridad. Muy bien el Coro de Voces Blancas de la Leioa Kantika Korala, que se mostró muy conjuntado.

Excelente la brillante dirección del joven estadounidense Erik Nielsen. Su batuta fue uno de los pilares fundamentales sobre el que se levantó el éxito de esta representación. En todo momento se mostró atento a su orquesta y al escenario, e hizo una lectura muy analítica pero llena de intención de la partitura. Optó por remarcar los tiempos lentos, que contrastaban con la agilidad de los momentos más impetuosos, creando perfectamente el ambiente de ensueño pero también de locura que contiene la partitura. Un estupendo debut en el foso del Euskalduna. Nielsen tuvo a su mando una destacada Orquesta Sinfónica de Bilbao. Todas las familias instrumentales estuvieron a un altísimo nivel, aunque destacaría las cuerdas, que sonaron con un empaste brillante. Bravo por ellos.

Foto © 2012 by E. Moreno Esquivel

Fue una gran noche de ópera en lo musical, pero fue una excelsa noche de teatro en lo escénico. La producción, procedente de Salzburgo y Viena, la firma Willy Decker, y es de lo mejor que se ha podido ver en las últimas temporadas de la ABAO. Decker disecciona la obra, y aunque se permite algún recorte, la presenta al público limpia y sin espinas, para que comprenda perfectamente lo que ocurre en escena. El juego de contrastes sustentado en una perfecta escenografía de Wolfgang Gussmann (que también firma el vestuario) y en la iluminación de Wolfgang Göbbel, hace que el espectador quede inmerso en el mundo onírico del escenario, y que el tiempo pase en un suspiro. El movimiento de actores es muy teatral y estudiado. La difícil procesión del sueño se resuelve muy espectacularmente, y los dos mundos, el real y el soñado, forman un todo en la mente de Paul. Genial.

Pocas veces se oyen en un día de estreno en el Euskalduna los bravos que se escucharon el pasado sábado. Era lógico. El público, no muy acostumbrado a este repertorio, había visto una representación de primera categoría, y como sabe distinguir lo que es bueno, estaba muy contento.