Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 23/03/2012

Respeto y complicidad

Por Jorge Binaghi
Bruselas, 18/03/2012. Palais des Beaux Arts. Dutilleux: Métaboles (1964). Sibelius: Concierto para violín y orquesta, op.47 (1903-19025). Prokofief: Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, op.100 (1944). Leonidas Kavrakos, violín. Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam. Dirección: Valery Gergiev. Aforo completo

Pese a la frecuencia con que han visitado esta ciudad y esta sala, era la primera vez que la Orquesta del Concertgebouw y Gergiev coincidían en ellas y todo podría resumirse en los dos conceptos que he puesto como título. Eran evidentes entre los elementos del admirable organismo sinfónico, y entre ellos y el director (algunos gestos a las filas de violines y a los violonchelos eran elocuentes por sí mismos; las sonrisas de algunos de los profesores cuando escuchaban a otros grupos de instrumentos, a algún solista o al solista del Concierto de Sibelius, eran tanto o más elocuentes que los aplausos al final de las obras escuchadas, sean los del público que abarrotaba la sala como de los propios intérpretes).

Había también respeto por los autores y por la música: puede parecer una banalidad, pero hoy quizá no lo sea tanto. Y el público eso lo percibe: no sonó un solo móvil y se escucharon pocas toses en momentos ‘culminantes’.

Tal vez lo más ‘sorprendente’ haya sido la acogida, el interés y el nivel de la interpretación de la primera obra, la más corta, menos conocida, y tan contemporánea como que su autor aún vive. Pero el lenguaje de Dutilleux, claramente de la segunda mitad del siglo XX al que pertence esta partitura, es asimilable, entendible y su sabiduría en la escritura para la orquesta es notable: así, los diferentes momentos (Incantatoire, Linéaire, Obsessionnel, Torpide y Flamboyant) merecieron su nombre, tanto por el contenido como por el ajuste de la interpretación: el último recapitula los cuatro anteriores de modo en verdad ‘flamboyant’ y con toda la orquesta (mientras en los anteriores predominan o son exclusivos los distintos sectores: las cuerdas iniciales o los metales de ‘Torpide’ fueron ejemplares). No sé si uno puede reconocer o no el proceso de un metabolismo en ellos, pero sí el clima de ‘misterio’ creado con los sonidos sofocados o ‘sordos’. En todo caso, eso importa menos que el interés (y el éxito) de una obra que muchos consideraban una especie de ‘detalle’ o de ‘introducción menor’ a los dos ‘platos fuertes’ del programa. Y no; fueron tres.

Con respecto al Concierto de Sibelius, seguramente no el más popular, ni conocido, ni pegadizo, ni mucho menos ‘el mejor de Chaivosqui’ como algunos lo llaman (en todo caso, eso sería más que discutible), fruto de intenso trabajo y de mucha modificación (las versiones de su autor fueron dos), todo quedaría resumido en la actitud de Kavrakos: terminó satisfecho, contento, agradecido. Y si regaló un bis diabólicamente virtuoso al público y era evidente que le complacía el éxito obtenido en toda su actuación, su agradecimiento y satisfacción iban a orquesta y director. Que no iba a ser una interpretación convencional se vio, más que en su indumentaria ‘informal’ (pero muy elegante y sobria), en su actitud: nada más llegar y al finalizar saludó efusivamente al primer y segundo violín. De allí en más fue sí un técnico notable, pero más un intérprete ejemplar, habitado por la partitura, y, sin que se deba leer como una ironía, ‘un hombre a un violín pegado’ porque en ningún momento dejó descansar el instrumento. Durante su interpretación, en los momentos en que no debía intervenir, se mantuvo de espaldas al público pendiente de lo que hacían orquesta y director -naturalmente tocó sin partitura- como para marcar que esto era un diálogo y no un lucimiento con un acompañamiento de lujo. Precisamente por eso Gergiev (que, como todos los directores de orquesta, aunque geniales también mortales, alguna vez se deja estar un poco cuando acompaña a un solista de categoría) no bajó la guardia nunca y dio una versión notable de la partitura: Los difíciles acordes al unísono finales de primer y segundo movimiento provocaron una sonrisa entre los dos hombres, que por lo demás se miraban poco, muy difícil de olvidar. Tampoco lo será el trabajo de toda la orquesta, por citar un solo ejemplo, el de las cuerdas del primer movimiento.

La segunda parte era la Sinfonía de Prokofiev, estrenada por su autor en enero de 1945 en Moscú luego de dirigirse al público asistente sobre el estado de la guerra que aún tardaría algunos meses en acabar. Esta última obra del compositor debe ser tomada en su contexto: por lo menos es lo que a mí me ayuda a explicar un primer movimiento que me resulta en sí mismo bastante exterior y retórico aunque brillante. A partir del segundo (el mejor y más breve, con esa primera intervención de las cuerdas) me parece volver a encontrar al músico genial que creía haber compuesto ‘una oda para una humanidad libre y feliz’. No sé si lo es, no sé si Prokofiev lo dijo presionado por las circunstancias políticas o lo creía realmente, y ciertamente hay otras obras del gran autor que me parecen más perfectas o equilibradas, pero la interpretación le hizo más que justicia y Gergiev hizo bien, no sólo por las dimensiones o la hora, en no aceptar los insistentes pedidos de bis. Desde la óptica de la Rusia inmediatamente posterior, de la actual, y de países muy alejados en ideología y métodos políticos (al menos antes), uno puede legítimamente preguntarse si realmente la humanidad que tuvo después del final de la segunda guerra, algunos momentos de relativa ‘libertad’ y quizá de un cierto tipo de ‘felicidad’ ha logrado que los mismos sean una constante o no. Y la respuesta es que ciertos triunfalismos son, por lo menos, ingenuos aunque bienvenidos.