Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 10/04/2012

La hora de la verdad

Por Alfredo López-Vivié Palencia
A Coruña, 28/03/2012. Palacio de la Ópera. Göteborgs Symfoniker. Gustavo Dudamel, director. Joseph Haydn: Sinfonía nº 103 en Mi bemol mayor “Redoble de timbal”, Hob I/103; Richard Strauss: Don Juan, op. 20; Also Sprach Zarathustra, op. 30. Temporada Galicia Classics. Ocupación: 100%

Al venezolano Gustavo Dudamel (Barquisimeto, 1981) el gran público comenzó -comenzamos- a conocerle allá por 2007, cuando estuvo de gira por Europa con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar. Ambos, productos estrella de “El Sistema”, vinieron a provocar una pequeña revolución en el esclerótico mundo de los conciertos sinfónicos: mambos, danzones y milongas de aquel lado del charco abrieron las ventanas de los venerables teatros de este otro lado y los llenaron de un vendaval nuevo, insuflado por un grupo de jóvenes que no sólo hace música estupendamente bien, sino que además se divierte de lo lindo haciéndola.

Ya entonces Dudamel exhibía altísimas dotes técnicas y de musicalidad, así como un carisma fuera de lo común en cualquier edad, con el irresistible resultado comunicativo que todo aquél que haya asistido a uno de sus conciertos podrá atestiguar. Pero no debe olvidarse que el primer dato relevante de su biografía -a nivel internacional- es la consecución del premio del concurso Mahler de Bamberg en 2004; y tampoco -a los efectos de esta noche- que en ese mismo año tuvo que sustituir en el último minuto a un indispuesto Neeme Järvi en un concierto de la Sinfónica de Gotemburgo, circunstancia que la orquesta sueca aprovechó para echarle el lazo y contratarle como director titular a partir de 2007 (puesto que compatibiliza con el mismo cargo en la Filarmónica de Los Angeles desde 2009).

Es decir, si bien su popularidad se la ha ganado con la música latinoamericana, desde el inicio de su carrera internacional Dudamel ha cultivado también el “repertorio habitual” que se espera en toda temporada sinfónica de cualquier parte del mundo. De modo que, al menos a un servidor –quién sólo le había visto en músicas más o menos bailables (y aquí incluyo La consagración de la primavera) o más o menos espectaculares (Sinfonía Resurrección)- le despertaba la curiosidad un concierto como el de hoy (por cierto, su presentación en Galicia), con un programa de canónica enjundia.

Curiosidad ampliamente satisfecha, desde luego, aunque con resultados no tan ampliamente satisfactorios. Tengo para mí que, a la hora de dirigir el Don Juan de Strauss, con dar la primera entrada bien dada tiene uno la mitad del trabajo hecho. Lo demás es dejar que corra esa ventolera orquestal, y que la cosa suene entusiasta y con su punto de insolencia. O, lo que es lo mismo, Dudamel en estado puro. Algún borrón sonoro hubo, pero en general la suya fue una interpretación que no le buscó tres pies al gato (ni falta que le hacía), fresca, animosa y felizmente narrativa: maravilloso el fraseo del oboe en la escena de amor, por ejemplo, y enloquecida la carrera al abismo (con pausa larguísima antes de la conclusión).

Otro gallo, sin embargo, cantó con Haydn. O, mejor dicho, no cantó. El redoble del timbal –ciertamente floreado- y la introducción de la obra –ciertamente muy lenta, pero con intención- me hacían presagiar una versión desatada, por lo contrastada. Pues no. Dudamel atacó el Allegro con un tiempo más bien renqueante, lo cual no habría tenido mayor trascendencia si no fuera porque, además, no le dejó respirar. Me sonaron igual de agarrotadas las variaciones del segundo movimiento, también el minueto -eso sí, con un trío precioso por refinado-, y sólo el Finale me resultó convenientemente animado.

Y si eso es pecado en cualquier música, en ésta es delito de lesa partitura. Es verdad que Dudamel había trabajado a fondo la obra y que la orquesta hizo exactamente lo que él quiso; y ese mérito, traducido en una articulación inmaculada y un empaste perfecto, debe también reseñarse. Pero tuve la impresión de que Dudamel, más que interpretando, estaba explicando la sinfonía; y para eso ya hemos tenido en el pasado más o menos reciente muchas lecciones más o menos aburridas. No digo que haya que hacer de esta obra algo divertido, pero sí eché en falta la transmisión de bonhomía, la nebulización pulmonar que las buenas versiones de ella invariablemente me producen.

En el Zaratustra hubo muchas cosas, y casi todas buenas. Dudamel es un maestro del pulso, y además no le tiene miedo a la descomunal orquesta straussiana; lo cual no sólo le evita problemas en el control de los planos sonoros y en la continuidad del discurso, sino que también le permite jugar con los colores: extraer semejante paleta de la madera, de los metales, e incluso de los contrabajos –a los que hizo sonar con un precioso timbre ocre-, y encima hacerlo con una orquesta escandinava, no está al alcance de cualquiera. Añádase que Dudamel también se ha empapado de los mandamientos batuteros de don Ricardo, y dirige casi siempre con gesto breve y jamás azuza a la fanfarria.

Así, la célebre introducción no sonó recargada (hay mucho y buen espectáculo tras ella); hubo arrebato en “de las alegrías y las pasiones”, muy bien construido, aunque hubiera preferido algo menos de piloto automático y algo más de regodeo; hubo misterio en la entrada sucesiva de los contrabajos en “de la ciencia” (episodio peliagudo donde los haya); y hubo cintura –faltaría más- en “la canción de baile” (espléndidos los dos primeros concertinos en sus solos, así como el tercero tirando del resto), si bien Dudamel hizo terminar los dibujos ascendentes de los violines antes de las cesuras que rematan este número de manera exageradamente afilada (algo que, en mi opinión, es frontalmente contrario a la naturaleza ondulante de esta música).

Qué pena no poder escuchar el silencio con que acaba la obra, gentileza de un energúmeno incontinente que no quiso esperar a que Dudamel bajara los brazos, sólo para oirse a sí mismo gritar “¡bravo!”. El resto del público –que sí es respetable- aguardó como es debido y aplaudió fuerte y con ganas (incluidos los coros de “¡Du-da-mel, ra-ra-ra!”, no sé si autóctonos o importados). Y Dudamel, como siempre, correspondió con generosidad: esta noche habría resultado impertinente tocar danzones, milongas o mambos, de modo que regaló –nunca mejor dicho- una preciosa versión del Intermedio de Cavalleria rusticana, que no quiso ni lánguida ni desaforada, sino llena de emoción contenida.