Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 29/06/2011

Formidable recital de Nelson Goerner

Por Carlos Singer
Buenos Aires, 21/06/2011. Teatro Colón. Wolfgang Amadeus Mozart, Sonata en Mi Bemol Mayor, K. 282. Robert Schumann, Kreisleriana opus 16. Ferenc Liszt, Sonata en si menor. Nelson Goerner, piano. Tercer Concierto del Abono Bicentenario 2011
Para quien esto escribe no caben dudas, máxime después de la impresionante demostración que significó este recital, de que Nelson Goerner es en estos momentos y por una buena distancia, el mejor pianista argentino en activo, sobre todo tomando en cuenta la absoluta negativa de Martha Argerich (la única personalidad con la que me animaría a compararlo) a presentarse sola sobre un escenario.

A una técnica abrumadora, que le permitió superar con holgura los escollos que presentaba no sólo la obra lisztiana sino también la muy exigente partitura de Schumann, une Goerner una madurez interpretativa y una profundidad conceptual que muchos intérpretes alcanzan recién en etapas mucho más avanzadas de sus vidas pero que él está equiparando con poco más de cuarenta años. Me impresionó especialmente la serenidad y el aplomo con los que encara sus trabajos. Nada en él se nota precipitado: aún en los pasajes que presentan mayores complejidades, siempre encuentra la pausa justa, la cesura correcta para modelar una frase o para resaltar un diseño.

Abrió el programa una fina lectura de la Sonata K. 282 de Mozart. Quizás yo no coincida plenamente con el tiempo tan mesurado con el que abordó el Adagio inicial ni con ciertas libertades rítmicas que aplicó, en especial en el motivo de apertura, pero son desde luego opiniones muy personales que en nada desmerecen un trabajo muy cuidado, con irreprochable dinámica, un fraseo ejemplar y un toque absolutamente claro y diáfano, amén de un empleo modélico del pedal, detalles estos que se reiteraron a lo largo de todo el programa.

Completó la primera parte esa intrincada partitura de Schumann que es su Kreisleriana, una sucesión de ocho números bien contrastados y ciertamente bastante elusivos en carácter. Goerner la tradujo con una inmensa variedad de formas de ataque y de sutilezas de sonido, desde pasajes de una extrema liviandad a otros de sonoridad plena y maciza. Su versión me pareció más enfocada hacia marcar las diferencias entre los fragmentos que a intentar darles una unidad que la página indudablemente elude.

En toda esta primera parte del recital encontré a Nelson Goerner más contenido, menos expansivo en su expresividad que en otras ocasiones, aunque no puedo precisar si ello se debió a su manera de encarar las obras o quizás a sentirse algo desanimado al ver una sala del Teatro que presentaba un aspecto realmente bastante mustio, con grandes claros en su platea y la mayoría de los palcos sin ocupar. Vacío éste que tiene dos razones de ser: por un lado el alto costo de las entradas, que multiplica por dos o por tres los valores que se pagan en cualquier lugar del mundo por el recital de un solista; por otro, por la relativamente escasa publicidad previa. Aunque el concierto se anunciaba como parte del “Abono Bicentenario” las entradas para este y otros actos del ciclo se vendían para cada velada por separado, por eso cuesta aceptar que se lo denominase “Abono” aunque resulta aún más incomprensible que se lo llame “Bicentenario” dado que este año nuestro país no celebra el bicentenario de ningún hecho histórico relevante.

Pero es indudable que Goerner superó toda la negatividad que ver un Colón con tan mermada asistencia puede haberle causado (máxime cuando el año pasado ofreció dos conciertos para los abonos del Mozarteum, con salas repletas en ambas ocasiones -ver nota-) al aparecer en la segunda parte para ofrecernos una maravillosa traducción de la Sonata de Liszt –ésta si celebrando un bicentenario, el del nacimiento del músico húngaro. Faltan palabras para elogiar el magnífico trabajo del pianista argentino, que brindó una interpretación que para muchos de los asistentes quedará en nuestras memorias por largo tiempo.

Ya desde las tenues notas iniciales o la tensión y el profundo legato con que encaró los compases introductorios, para luego impactarnos con la angulosidad y precisión que confirió al tema en dobles octavas fue dable apreciar que estábamos ante una ejecución para atesorar en el recuerdo. Con su prodigioso dominio técnico, Goerner pudo pasar de filigranas de una etérea suavidad -aunque siempre expuestas con total limpieza y nitidez- a pasajes de fuerte impacto sonoro, donde expuso el poderío de su mecanismo, que le permite obtener gran volumen pero que en ningún momento se escucha rudo o golpeado.

Dentro de una pareja excelencia en el modo en que recreó la Sonata habría que remarcar la enorme fuerza expresiva con la que expuso el lirismo de la sección central, la incisividad y acerados contornos que dio al motivo fugado de la parte final, la impresionante soltura con la que despachó, a una velocidad alucinante, las largas tiradas de octavas y la forma reposada, aunque cargada con enorme hondura con que matizó el Lento assai conclusivo, ese momento de gran calma después del atormentado desarrollo de la obra.

El público asistente premió al artista con cerradas ovaciones y reiterados gritos de “bravo” que Nelson agradeció añadiendo dos obras totalmente opuestas: primero la tersa serenidad y el lírico diseño de la mano izquierda (quizás una continuidad de clima con el final de la Sonata) en el Preludio en si menor, el sexto de los 24 que Chopin congregó como su opus 28, que supo decir con gran elocuencia, para luego apabullarnos con una portentosa muestra de virtuosismo en los Arabescos sobre ‘a orillas del bello Danubio Azul’ de Johann Strauss, la brillante página compuesta por Adolf Schulz-Evler. Un espectacular fin de fiesta.