Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 10/01/2007

Los mórbidos encajes de la pasión

Por Jorge Binaghi
Barcelona, 22/12/2006. Gran Teatre del Liceu. Manon Lescaut (Turín, Teatro Regio, 1 de febrero de 1893), ópera en cuatro actos, libreto de G. Giacosa, L. Illica y varios otros, y música de G. Puccini. Escenografía: Dante Ferretti. Vestuario: Gabriella Pescucci. Puesta en escena: Liliana Cavani. Intérpretes: Daniela Dessì (Manon), Fabio Armiliato (Des Grieux), Ludovic Tézier (Lescaut), Carlos Chausson (Geronte), Israel Lozano (Edmondo), René Kollo (Maestro de Música), Agata Bienkowska (Un músico), Riccardo Ferrari (Comandante) y otros. Coro (maestro: José Luis Basso) y orquesta del Liceu. Dirección: Renato Palumbo
Si uno leía la crítica aparecida en dos de los principales cotidianos luego de esta primera función del primer gran éxito de Puccini, podía legítimamente vacilar entre salir corriendo a ver si conseguía una entrada o esperar al próximo título. Uno se queda pensativo ante el valor de las reseñas cuando ve estas cosas. No sé aún qué habrá escrito o escribirá mi respetado colega Pablo Rodríguez, que veía el otro reparto, pero inevitablemente tendremos como elementos comunes la puesta en escena, la dirección de orquesta, los comprimarios, el coro...Y, no olvidemos, la obra misma.

Se supone que si uno escribe para otros, narcisismos más o menos inevitables aparte, procura ser más o menos descriptivo y, en esa medida y sin rehuir apreciaciones personales legítimas, dar una idea aproximada de los valores o no de un espectáculo. En los casos mencionados antes, pudo más, por ejemplo, la posición personal sobre el tipo de montaje que la realidad, y de allí se pasó al resto (he leído incluso que el público se había aburrido, cosa que, salvando algún caso particular que siempre hay, simplemente no es cierta) .

Yo no creo demasiado en las ‘nuevas’ concepciones (sobre todo cuando dejan de serlo en un año o en meses), pero no todas son, por principio, malas. Creo en la ‘buena’ tradición, pero no en la ‘tradición’ a secas porque eso da resultados como la reciente Aida de la Scala, que en pocas palabras es un despilfarro grave de dinero. La de Cavani, en cambio, que ya vio la luz en ese mismo teatro hace unos años, sin duda también costosa, me parece en cambio el tipo de espectáculo que debería encantar a unos y por lo menos resultar aceptable a otros: tiene buen gusto, movimiento acertado de las masas, suficiente caracterización de los personajes, lujo y cierta elegancia, y cuando llegan los desmelenamientos apunta a la sobriedad de gestos y decorados (los actos extremos me parecen los más característicos de ambas tendencias; el segundo probablemente el más exterior y el tercero el más monumental -por el dichoso barco- con una buena presentación de las diversas mujeres ‘perdidas’).

 

Fotografía © by Andrea Tamoni

Es cierto que tres intervalos que duran casi lo mismo que la ópera son hoy mucho (en otras épocas no muy lejanas nadie protestaba, bien porque era así, bien porque había mucho que hablar, y sobre todo, para los menos informados, que escuchar). Yo los agradecí, no sólo porque pude ver a conocidos y conversar con ellos, sino porque pude apreciar la magnífica muestra de recuerdos -vestidos, cartas, programas, fotos, joyas, objetos- de la vida artística de quien ha sido probablemente una de las máximas intérpretes de la protagonista de Puccini, la Tebaldi (sobre quien indagaba, muy interesada, una señora de cierta edad que no concurría aparentemente por primera vez al Liceu o a un teatro lírico... Sólo dos veces, en Bruselas, lograron sorprenderme más: un relevante crítico que afirmaba haber descubierto a la soprano italiana del siglo -se trataba de una reedición de un recital de la Cerquetti- o un aparente habitué y experto que, al salir el nombre de la Muzio, inquirió por qué no se la contrataba en Bélgica. Tal vez he excedido el marco de esta crónica, pero a veces tengo la sensación de ser un marciano, además de un dinosaurio).



Fotografía © by Andrea Tamoni

Y vayamos a la música. Soy de los que piensan que a esta obra sólo le pueden hacer justicia dos grandes protagonistas y un gran maestro; si no, a los ‘encajes mórbidos’ se les pueden notar las costuras (ya es un milagro que el libreto funcione, con tantas manos metidas en el mismo plato). Los dos grandes tendrían que ser realmente fuera de serie y, además, adecuados porque recuerdo alguna representación con grandes nombres que en el caso concreto no lograron demostrar tanto su valía.

Renato Palumbo debutaba en el Liceu y lo hizo con éxito. Tal vez no estuviera demás recordar que la densa y rica orquestación pucciniana no deja de ser italiana y no debería escucharse por encima de los cantantes (que en este caso tenían los medios suficientes, aunque a veces resultaron perjudicados). La orquesta sonó en gran forma y tuvo su premio en el famoso ‘intermezzo’ que, como interpretación, comenzó y terminó a lo grande, pero en el medio resultó bastante plano.



Fotografía © by Andrea Tamoni
 
Dessí y Armiliato son probablemente una de las parejas más adecuadas para estos títulos de la estética posterior a Verdi. Son buenos, o si se quiere muy buenos, pero no lo que se dice grandes....Ella sabe decir y moverse, aunque su ‘Manon’ parece de entrada demasiado experta, y se luce particularmente a partir del gran dúo del segundo acto (antes, el ataque de ‘In quelle trine morbide’ y el remate del aria demuestran tanto posibilidades como limitaciones, aunque logra salir airosa incluso de un peligroso momento como ‘L’ora, o Tirsi’ que le conviene poco por timbre y estilo, pero que saca adelante con notas metálicas y buena técnica y mucha astucia). El era hace años, cuando lo vi por primera vez en Amberes en el mismo papel (uno de los más tremendos escritos por Puccini para un tenor, pero también de los más agradecidos), una gran promesa. Ahora tiene más experiencia escénica, el timbre sigue siendo bello aunque se ha oscurecido normalmente algo, pero ni su fraseo ni su emisión del agudo (para la que ha desarrollado toda una técnica que va de los pies a la cabeza y que resulta siempre muy evidente) presentan genuino relieve, aunque es sumamente eficaz y no veo otros nombres que lo puedan hacer mejor (sí algunos de más renombre que pueden cometer un desaguisado y seguramente lo cometerán, con más o menos beneplácito y ríos de publicidad). De ambos hay que decir que se han ganado el puesto que ocupan de modo legítimo y sin acudir al respaldo de multinacionales (eso de casas discográficas resulta hoy casi una antigüalla), ni a la televisión, ni a publicitar relojes o restaurantes. Tuvieron una muy buena acogida por parte de un público que, mayoritariamente, sigue queriendo escuchar grandes voces.

Desde el punto de vista de la adecuación de los medios y el estilo, y la elegancia en la actuación, quien para mí brilló de veras en uno de los roles más ingratos para barítono que haya escrito Puccini, fue Tézier. Su ‘Lescaut’ tuvo más relieve y presencia que el habitual, y toda su actuación en los dos primeros actos y en particular en el segundo, vocal y escénica, fue de un cinismo refinadísimo que por primera vez me hizo creer que me encontraba ante un personaje de veras, cosa que jamás me había ocurrido. La voz tuvo el lustre y la homogeneidad y extensión de siempre. Debutar con esta parte, lograr la atención y el aplauso del respetable e incluso de algunos críticos, y una propuesta para cantar otro papel mucho más acorde con sus capacidades y medios en otra temporada no son poco galardón.



Fotografía © by Andrea Tamoni

Otra gran composición fue la de Chausson, que no se limitó, como tantos, a hablar su ‘Geronte’ y a hacer una caricatura, sino que lo cantó y retrató con absoluta propiedad.

No sé cuánto le cuestan al Liceu los comprimarios, pero si ya es un lujo tener a la Bienkowska para ‘un músico’ (que cantó y actuó muy bien), hay que pellizcarse para asegurarse de que para el intrascendente ‘maestro de músico’ se contrata al insigne René Kollo, que no sólo logra una buena composición, sino que revela conservar un timbre que le permitiría aún hacer frente a partes de mayor importancia o a recitales... y a dar clases de técnica y estilo. Con sopresa descubrí también a Ferrari, un bajo que parecía destinado a una carrera de importancia hace pocos años, en el breve rol del 'capitán' con un volumen notable. También cumplió el veterano Josep Ruiz, uno de esos puntales ‘de siempre’ del Liceu. El joven Israel Lozano parece tener un material de primer orden y cuando no lo fuerza, como al principio de su actuación (¿nervios o deseo de hacerse oír por encima de la orquesta?), obtiene momentos de interés. El trabajo del coro, como suele ser ya habitual desde que lo dirige José Luis Basso, fue excelente y también se destacó en el aspecto escénico.