Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 16/09/2011

“El redescubrimiento de la lentitud”

Por Alfredo López-Vivié Palencia
Lucerna, 09/09/2011. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Sächsische Staatskapelle Dresden. Christian Thielemann, director. Anton Bruckner: Sinfonía nº 8 en Do menor (versión mixta de 1887 revisada en 1890, edición de Robert Haas). Ocupación: 95%

Una única vez había actuado hasta ahora Christian Thielemann (Berlín, 1959) en el Festival de Lucerna, y fue en el de Pascua del ya lejano 2002. Es bien sabido que a este hombre no le gusta dedicarse a dos cosas a la vez, de modo que, una vez ha cumplido -con enorme aprovechamiento- con sus obligaciones en la colina sagrada de Bayreuth en los últimos veranos, ahora sí puede presentarse aquí con la que a partir de la temporada 2012-13 será su nueva orquesta, la Staatskapelle Dresden.

Y lo hace con el canon romántico alemán, repertorio al que se dedica con casi exclusividad y con el que se ha ganado justa fama: esta noche, la Octava sinfonía de Anton Bruckner, en la versión híbrida que editó Robert Haas en 1939 a partir de la primera versión de 1884-1887 y la revisión llevada a cabo entre 1887 y 1890 por el autor, “solo o en compañía de otros”. Para entendernos, esta es la opción “larga” de las dos que habitualmente se suelen interpretar de esta obra (la otra es la editada por Leopold Nowak en 1955), y que, por ejemplo, adoptaron en su día maestros como Karajan o Haitink.

Llevo ya unos cuantos años escuchando el Bruckner que hace Thielemann, y en general, con sus matizaciones, siempre me ha gustado. No obstante, en la última ocasión que pude hacerlo -interpretación de la Quinta sinfonía el pasado mes de marzo en Madrid, con la Filarmónica de Múnich- salí completamente desconcertado. Esta noche, por el contrario, disfruté mucho de su interpretación de la Octava, y, siendo el concepto aplicado muy parecido en ambas obras, creo haber encontrado la razón para esa impresión contradictoria.

El fundamento se halla en las palabras del maestro que dan título a esta reseña, con las que quiere resumir su pretensión bruckneriana; y, claro, en el significado que de ellas deduzco tras la escucha de su interpretación. En este sentido, lo primero que debe aclararse es que “lo lento” no significa necesariamente “lo largo”: esta noche su versión de la Octava duró 88 minutos, lo cual está bastante dentro de lo habitual en la edición Haas. Y, sin embargo, conforme se desenvuelve la ejecución sí tiene uno la impresión de que la cosa discurre con calma.

Esa calma viene del calor de la interpretación, de una visión muy lírica del material temático de la obra -incluso en aquellos motivos más oscuros que pueblan el primer movimiento-, conseguida a base de dos factores principales: de una parte, la calidez que se obtiene siempre al emplear la técnica “nach dem Schlag”, de la que Thielemann es un avezado practicante; como también del hecho de que a Thielemann le gusta -en ciertas ocasiones- dejar que sean los instrumentistas quienes empiecen o terminen una frase sin dar ningún tipo de indicación (o sólo con una anacrusa, sin entrada), esperando que lo hagan exclusivamente como consecuencia de lo que la ha precedido. De otra parte, su obsesión con “llenar de música las notas”, un consejo de Karajan que él gusta de practicar.

Así, hay mucha más meditación que oscuridad en el primer movimiento, cuya culminación se construye desde dentro, pero no para llegar al apocalipsis; el Scherzo es mucho más cantable que bailable -y el trío sale particularmente sereno-; en el Adagio, si tras unos pocos compases alguien se hubiera puesto a cantar “O sink’ hernieder, Nacht der Liebe” yo me lo hubiera creído (los que defienden paralelismos entre el Tristán y esta sinfonía hoy se habrían llenado de razones); y el Finale, construído con mimo, no da la impresión de haber conquistado la luz -ya que el camino nunca fue tenebroso-, sino de llegar con lógica al objetivo que ya estaba claro desde el principio.

Es decir, se trata de una visión en la que apenas hay tensión (algo particularmente notorio -y peligroso- en las transiciones, y más en las del Adagio), en la que manda la cuerda más que el metal, pero que me resulta válida porque la propia fuerza dramática de la pieza -se mire como se mire- tira de ella: la explosión del primer tiempo, la inexorable ascensión cima del Adagio, la tremenda coda de la conclusión, son hitos insoslayables que, mientras mantengan coherencia entre ellos, sostienen la obra. Y si algo cabe decir de la versión de Thielemann es que es de una coherencia aplastante.

Y justamente ésta es la razón por la que aquella Quinta sinfonía madrileña (a diferencia de otras anteriores) me dejó perplejo: la Quinta es una sinfonía clásica en su más pura e histórica acepción, basada en la perfección formal mucho más que en la épica, de modo que una aproximación tan lírica no encuentra donde apoyarse. Y justamente por eso me parece que yerran quienes adscriben a Thielemann a la “gran tradición” germana: su Bruckner no es el filosófico y terrenal de Celibidache, ni el temeroso de Dios que defendía Jochum (por poner dos ejemplos extremos); el caso es que tampoco está a medio camino entre ellos.

Por supuesto, buena parte de la responsabilidad en este resultado satisfactorio recae en la Staatskapelle Dresden, cuyos 463 años de gloriosa historia deberían hacerla acreedora a que la Unesco la declare Patrimonio de la Humanidad (en buena lógica, es el paso siguiente tras el premio por la preservación del patrimonio musical que le fue otorgado en 2007 por la Fundación Europea para la Cultura): no hay sobre la faz de la tierra cuerda más calurosa, ni madera más penetrante, ni metal más noble, ni timbales más tronantes; ni músicos más orgullosos de su legado.

Tras el último acorde de la obra, Thielemann se quedó recogido en sí mismo unos buenos quince segundos antes de mostrar cualquier gesto de relajación. El público respetó ese tiempo -y yo se lo agradecí infinitamente-, y luego empezaron unos aplausos larguísimos, bordados con gritos de “bravo!” generalizados cada vez que Thielemann salía a saludar (que fueron unas cuantas), y a reconocer la labor de su orquesta (Thielemann no es de los que saluda a los contrabajos desde el tercio, sino que se abre paso a empellones entre violines y chelos para estrechar su mano).