Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 04/03/2008

Bodas de sangre

Por Agustín Blanco Bazán
Londres, 16/02/2008. London Coliseum. Lucia di Lammermoor, drama trágico en dos partes con texto de Salvatore Cammarano y música de Gaetano Donizetti (versión crítica de Roger Daniels). Nueva producción de la Opera Nacional Inglesa (English National Opera, ENO). David Alden, director de escena. Charles Edwards, escenografía. Brigitte Reiffenstuel, vestuario. Anna Christy (Lucia), Mark Stone (Enrico Ashton), Barry Banks (Edgardo), Dwayne Jones (Arturo), Clive Bayley-Paul Whelan (Raimondo), Sarah Pring (Alisa), Michael Colvin (Normando) Coro y orquesta de la Opera Nacional Inglesa bajo la dirección de Paul Daniel
El título de La novia de Lammermoor de Walter Scott, es más preciso que Lucia como caracterización de una obra donde un homicidio nupcial sirve para inmortalizar un arquetipo operístico incomparable en sus alternativas de fragilísima ternura y salvaje criminalidad. En 'Il dolce suono' el regisseur David Alden nos muestra a Lucia en el centro del escenario con su camisón ensangrentado, y una sobriedad de gestos expresiva de una inocencia prístina. La diminuta Anna Christy canta con una voz arcaica, casi blanca, evocativa de la Lily Pons. Cuando el armónico de cristal reemplaza a la tradicional flauta para recalcar la alusión a la “armonía celeste” que la alienada cree escuchar junto a un ara imaginaria, música, canto y escena parecen congelarse en una trascendencia espectral.

Acentúa esta visión el sugestivo decorado, una pequeña sala teatral de la vetusta mansión victoriana donde se han reunido los invitados a la boda. Una vez concluido ‘Ardon gl´incensi’ el telón se descorre para mostrarnos a la loca cantando su rondó ‘Spargi di qualche pianto’ mientras se abraza al cadáver de su marido de conveniencia como si se tratara del dúo de amor que ha cantado en la segunda escena, con Edgardo su verdadero amante. Es en este mismo teatro abandonado cuando no hay saraos, que hemos visto Lucia casi niña aguardando a Edgardo mientras cantaba ‘Regnaba nel silenzio’, para jugar por última vez con su muñeca de trapo en ‘Quando rapito in estasi’. Minutos después cuando Lucia y Edgardo unen sus voces en el rallentando de ‘Verrano a te sull´aure’, Alisa descorre por primera vez el telón para dejar ver una noche oscura a través de una ventana ruinosa.

Sólo dos veces se descorre en esta puesta el telón de la mente de Lucia. Sólo en sus dos momentos supremos de su amor y su locura. Y finalmente vuelve a subir a escena en la ENO una propuesta provocativa y convincente, reveladora del alma existencial de este alucinante drama belcantista.

El progreso a las bodas de sangre es desarrollado por Alden como la inevitable consecuencia de perversiones domésticas, evocativas de La vuelta de tuerca. Que Enrico abusa a su hermana lo percibimos en la familiaridad con que, recostado en la cama de Lucia, la aguarda para seducirla interactuando con los juguetes de la niña en ‘Il pallor funesto orrendo’, incluida esa muñeca de trapo con la cual hemos visto jugar a la niña. Es como parte de este juego que Enrico exhibe la carta con que trampea a su hermana sobre la honestidad de Edgardo, para acariciarla con perturbadora mezcla de ternura y violencia en ‘Un folle ti accese’. La violencia de lo inevitable se impone finalmente en ‘Se tradirmi tu potrai’, cuando Enrico llega a amarrar a su hermana al respaldo de la cama. La desata Raimondo, para comenzar a vestirla de de novia en ‘Cedi cedi o piu sciagure’. Gracias a esta cinematográfica combinación de canto y progreso escénico-dramático, la acción teatral adquiere una fuerza comparable a la pasión de la partitura.

Apenas hemos tenido tiempo de respirar durante el coro ‘Per te d´immenso giubilo’ y ya vemos entrar a Lucia, realmente “nel massimo abbatimmento”, según las instrucciones de Cammarano. El haber participado en su desazón mientras se vestía de novia nos permite apreciar aún más la intensidad de la tragedia detrás sus vacilaciones frente a un Arturo tan superficial en sus chaquetas y pantalones beiges como intimidatorio en sus miradas de estudiado machismo. Esencial en la explicación de la demencia criminal de Lucia es el contraste entre este Arturo, representante de un establishment banal y opresivo, y un Edgardo que perceptivamente Alden viste a la escocesa, con tartán y todo, para acentuar su reclamo a la posesión de ese Ravenswood usurpado por los victorianos de traje negro.

Frente a la abrupta irrupción, a través de una ventana que hace añicos, de este amante de otros tiempos, el comienzo de ‘Chi mi frena’ es casi realista por el estupor de una sociedad boba y la vacilación de Arturo, Raimondo y Enrico al ser descubiertos con las manos en la masa. Luego el sexteto progresa con el ritual de tender un mantel sobre la mesa de bodas, ubicada perpendicularmente a la boca de la escena. Con ello Alden pasa del realismo al simbolismo en la difícil resolución dramática de este finale.

Inevitablemente, la mesa se transforma en el campo de batalla sobre el cual salta primero Edgardo para protestar que él no es un intruso porque, después de todo, Ravenswood es ‘su’ casa. Y también Lucía termina en la mesa como si fuera un plato a ser despedazado por la furia de los dos reales pretendientes de Lucia, Edgardo y… Enrico. Con el torso volcado sobre la mesa y cabeza abajo la Christy ensaya un agudo final de estremecedora proyección demostrando así la excelencia con que cantantes jóvenes pueden cantar y actuar al mismo tiempo. También Barry Banks enrola su Edgardo entre los cantantes actores cuando, al final de la obra, sortea el passagio que acompaña las palabras “O bell´alma innamorata” rodando por el suelo antes que Enrico le ponga en la mano la pistola del suicidio.

Otro simbolismo a veces fastidioso es el movimiento de un coro al cual Alden quiere dar un protagonismo dramático ‘a la griega’. La propuesta resulta en la primera escena cuando las intervenciones corales se realizan a través de los ventanales del ruinoso estudio de Enrico. Es un coro sugestivamente fantasmal, cantado desde afuera en una noche oscura, cuyos integrantes se hacen de carne y hueso para invadir la estancia durante ‘La pietate in suo favore’ y revisar ansiosos los documentos que desbordan un armario, como en busca de secretos arcanos o de pruebas de delitos a esconder. Pero en la escena de la locura el coro se comporta erráticamente porque, una vez más, Alden pasa del realismo al simbolismo. Luego del obligado asombro de los invitados ante el crimen de Lucia, el coro se retira para reaparecer a comentar ‘Spargi d´amaro pianto’ como si fueran parte del público asistente al ‘gran guiñol’ teatral que les regala Lucia.

El simbolismo de la escena final es en cambio de arrolladora convicción. Transcurre detrás del pequeño escenario, y en medio de bastidores oscuros, expresivos de la miseria de una realidad que el crimen ha impuesto sobre las apariencias nupciales y las maquinaciones políticas que finalmente acaban con el intento de Enrico de manipular el amor en servicio del poder. Al fondo, vemos la boca del escenario con una Alisa de espaldas, indiferente a todo lo que pueda ocurrir después de un drama que para ella ha culminado con la muerte de Lucia. Enrico, el verdadero novio de Lammermoor llega con el cadáver de su hermana en brazos que sienta en una silla frente al público, y es él quien termina la acción al marcar el último acorde desnucando al agonizante Edgardo. Es como si la misma música terminara enmudeciendo ante la muerte del amor en medio de la abrumadora mezquindad que nos ha tocado presenciar.

Paul Daniels dirigió con cuidado balance de energía y detalle orquestal una orquesta que lució sus mejores cualidades de ataque y color, y a pesar de algunos desajustes típicos de la primera noche, el coro se lució con un comportamiento de primer nivel. También a Christy parece haberla puesto nerviosa la primera noche, pero sólo en su primera escena que cantó algo detrás del marcado propuesto por el director. El timbre de Barry Banks (Edgardo) es algo ingrato por ser demasiado abierto, pero el apoyo y el fiato fueron de soberana seguridad y ayudaron a una expresividad de extraordinaria convicción. Firmeza de legato y cálido timbre baritonal caracterizaron al Enrico de Mark Stone, y Raimondo…pues,…hubo dos, porque el bronquítico Clive Bayley se quedó sin voz no bien comenzada la obra y siguió actuando mudo mientras Paul Whelan cantaba (bien) desde el costado.

Fiel a esa estupidez que tarde o temprano acabará con la English National Opera, la producción fue cantada en inglés y con sobretítulos… ¡también en inglés!, porque, siguen insistiendo por aquí, el público entiende mejor el idioma local, algo dudoso si es que resulta tan necesario poner sobretítulos. No, esta será una isla cazurra pero no tanto como para no poder tener una segunda casa de ópera que cante una Lucia en italiano y pueda atraer así la audiencia internacional que tanta falta le hace para proyectarse en vivo y en DVD con producciones como ésta. Para el inglés basta con Shakespeare.