Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 09/12/2011

Pecado de vanidad

Por Alfredo López-Vivié Palencia
Barcelona, 28/11/2011. Palau de la Música Catalana. Temporada Palau 100. Julia Doyle, soprano; Diana Moore, mezzosoprano; James Gilchrist, tenor; David Wilson-Johnson, bajo. Orfeó Català (Josep Vila i Casañas, director). The King’s Consort. Robert King, director. Johann Sebastian Bach: Misa en Si menor, BWV 232. Ocupación: 100%

Pues resulta que hace exactamente un siglo, el 28 de noviembre de 1911, el Orfeó Català dio en el Palau de la Música con su entonces director y fundador Lluís Millet la primera interpretación en España de la Misa en Si menor de Bach. En efecto, en la escalinata de acceso a la platea hay una placa que así lo recuerda. De modo que había buen motivo para la conmemoración, y qué mejor manera de hacerlo que cantándola de nuevo al calor de las mismas piedras y las mismas cristaleras... mientras este mismo día los ínclitos Fèlix Millet y Jordi Montull -suma y sigue- declaraban en el juzgado, esta vez acusados de fraude al fisco.
Por una vez -y ojalá sirva de precedente-, quiero empezar la crónica por el público. Desde luego no era el habitual. Ignoro cuántos familiares, amigos o conocidos de los miembros del coro de la casa llenaban hasta arriba la sala del Palau; pero sí sé que su silencio y su atención a lo largo de toda la interpretación son de los que se agradecen, por lo -desgraciadamente- poco comunes. Y aunque la salva de aplausos al final sí sonó a familiares, amigos y conocidos, pues que Dios les bendiga a todos ellos, porque ellos fueron lo mejor de la noche.

El caso es que -mucho me temo- la Misa de Bach le viene grande al Orfeó Català, y que, por lo tanto, atreverse con ella supone una cierta vanidad. Su cincuentena de voces no son ningún prodigio de empaste, ni de potencia ni de agilidad, tres cualidades necesarias para cualquier cosa, pero en este caso aún más. A lo que hay que añadir el ya tradicional desequilibrio entre las cuerdas altas y las bajas. Eso no quita para que demostraran que habían ensayado a fondo aunque, conscientes de aquellas carencias, su interpretación dejaba en evidencia la lógica cautela de no quererse salir ni un milímetro de lo convenido.

Fue una versión más inclinada al recogimiento -Et incarnatus est- que al regocijo -Et resurrexit-. Y si los números de agilidad se salvaron por los pelos -Cum Sancto Spiritu-, a los verdaderamente trascendentes -Credo in unum Deum, Confiteor unum baptisma, Dona nobis pacem-  les faltó lo que para mí constituye el ingrediente fundamental en cualquier obra coral de Bach: la elocuencia. Es entonces cuando uno se acuerda de los milagros que hace Marc Minkowski con sólo una docena de voces bien entrenadas.

Los solistas, sin desentonar en el conjunto, tampoco es que estuvieran muy allá: el tenor cantó despistado su Benedictus; el bajo literalmente se ahogaba en Et in Spiritum Sanctum; la soprano no pasó de discreta en sus dúos; y a la mezzo no le dolieron prendas en pronunciar ad dextram Patris derrapando como sólo los británicos saben hacerlo.

Quien sí ha saldado ya sus cuentas con la justicia es Robert King, y tras más de dos años contando barrotes está de nuevo al frente de su “consort”. No seré yo quien le niegue un conocimiento profundo de esta Misa, demostrado en una interpretación cuidadísima, tiempos juiciosos, y una resolución impecable de los planos sonoros. Pero -más allá de algún leve ritardando al final de las frases- su falta de imaginación (por ejemplo, pegando la nariz a la partitura en el Quoniam tu solus sanctus sin saber qué hacer, mientras la trompa se daba algún que otro costalazo; o negando la alegría del Sanctus y la chispa del Domine Deus), y el sonido de su orquesta (un laboratorio que ya está pasado de moda) hicieron que todo aquello oliera un poco a naftalina.