Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 30/12/2011

Los sobrinos del Capitán Grant para adultos

Por Daniel Martínez Babiloni
Madrid, 10/12/2011. Teatro de la Zarzuela. Los Sobrinos del Capitán Grant (versión teatral en tres actos y dos partes de Paco Mir). Música de Manuel Fernández Caballero. Libreto de Miguel Ramos Carrión. Estrenada en el Teatro Príncipe Alfonso de Madrid, el 25 de Agosto de 1877. Edición a cargo de Xavier de Paz (Ediciones Iberautor, Promociones Culturales SRL/Instituto Complutense de Ciencias Musicales, 2002). Dirección de escena: Paco Mir. Escenografía: Jon Berrondo. Figurines: Anna Güell. Iluminación: Eduardo Bravo. Coreografía: Mudit Grau. Producción del Teatro de La Zarzuela, 2001. Reparto: Millán Salcedo, Ana Santamarina, Inma Ochoa, Maribel Lara, Mar Abascal, Xavi Mira, Fernando Conde, Richard Collins-Moore, María Rey-Joly, Toni González, Pepín Tre, Abel García, Xavier Ribera-Vall, Antonio Torres y Sarah Quist. Coro del Teatro de la Zarzuela (director, Antonio Fauró). Orquesta de la Comunidad de Madrid (titular del Teatro de la Zarzuela). Dirección musical: José Miguel Pérez Sierra. Aforo: 1250 Asistencia: 70%

Taboí parecían decir. Taboú dicen ahora. ¿O era al revés? Con una estamos salvados, con la otra, condenados. ¿Pero cuál? ¿Nos degollarán los maoríes?

-¡Qué país! –dice Mochila.

El Doctor Mirabel, sucesor de Kara-teté, lleva un traje con bolsillos y no lo ha pagado él. ¡Qué modernidad!

- ¡Yo no tengo sobrinos! -exclama el Capitán-. Yo soy el dueño absoluto de esta isla, nadie me manda, nadie me molesta, soy dichoso, ¿y en España, qué me espera?

Y al final no falta el ripio:

A España ricos ya por fin
volvemos hoy cruzando al mar;
si es que al partir aplaudes tú
no habrá temor de naufragar.

En apenas cien metros, el Congreso de los Diputados. “¡Joder, qué tropa!” ¿Sainete, juguete cómico o vodevil? Mejor, revista, si hubiera destape. Hay zarzuelas que parecen recién escritas.

Como el sonsonete matutino del 22, los festivales escolares, el especial Raphael o el roscón de Reyes, Los sobrinos del Capitán Grant forma parte del paisaje navideño, pues Mochila encuentra el canuto de hojalata que alberga el papel del Capitán Grant en el vientre de un besugo que prepara para la cena de Nochebuena. Y está muy bien que se asocie con estas fechas, entrañables y familiares, pero debería promocionarse al máximo para que no quede vacía la cantidad de butacas que lo estaban en su segunda representación de esta temporada. Si se programan excursiones para ver los musicales de la Gran Vía, ¿por qué no una visita al Teatro de La Zarzuela? Ésta ya estaba antes de que aquellos se copiaran del West End o de la mismísima avenida Broadway. Y conste que no soy nada chovinista (y menos nacionalista, de ningún nacionalismo), pero nada tiene que envidiar nuestra zarzuela al género anglosajón (en algo habrá contribuido también para sea lo que es hoy), sobre todo, si se actualiza y se trae al presente de forma tan ágil y divertida como es el caso.

Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien en un teatro: casi tres horas de humor fino e inteligente, de la frescura que destila el espectáculo, de alguna que otra carcajada y sobre todo de buena música. Una música muy cuidada tanto por el Coro del Teatro de La Zarzuela como por la Orquesta de la Comunidad de Madrid. Protagonistas absolutos de la obra, pues según lo mandan libreto y partitura, de 27 personajes solo cantan ocho, y casi todos en el primer acto. El resto se llena con números corales -en total, de dieciséis, el coro canta en trece- y danzas, muchas danzas: mazurca, marcha, barcarola, pasodoble, habanera, el exquisito vals submarino o la exótica zamacueca chilena, en la cual Fernández Caballero utiliza el güiro, un instrumento de percusión que trajo de Cuba, provincia española en la que estuvo siete años como director de una compañía de zarzuela, y que Chueca empleará en El Bateo -ya no vuelve a aparecer hasta Stravinsky. Es inevitable cierto balanceo de cintura para arriba al son de la música en la butaca.

La cuerda suena corpórea, tersa y muy bonita. El coro, además de cantar muy bien, redondo y afinadísimo, actúa con naturalidad pasmosa. La dirección de Pérez Sierra está llena de gracia en los números chispeantes y de sutileza en los líricos. Cuando lo necesita obtiene un sonido grande del conjunto, compacto y sin aristas. Todo ello es redondeado por la maravillosa acústica del teatro. Estoy de acuerdo con las voces que desde otros medios destacan el buen momento de los conjuntos musicales del teatro de La Zarzuela.

Los sobrinos del Capitán Grant no es zarzuela de grandes retos vocales ni de amplias coloraturas, por lo que quienes tienen que cantar, aunque ya se ha dicho que poco, lo hacen con solvencia. Sobresale el cálido sonido y la veteranía de Ana Santamarina. También la ‘Canción y coro de bandidos’, romanza en toda regla con tintes operísticos, de Eliel Carvalho, un taimado bandido, antihéroe como todos los demás personajes, al que se le saca la bis cómica. Los papeles de Milagros Martín y María Rey-Joly son muy discretos en lo que al canto se refiere, pero aún así lucieron y divirtieron en el ‘Dúo de tiples’ del segundo acto (“You love me, yes you love me...”). La aparición de Laïka Fatien en clave jazzistico-maorí potencia lo que de internacionalista tiene esta música, un elemento más que denota la extravagancia de la obra.

Y hasta aquí lo que al canto propiamente dicho se refiere, porque el resto del elenco aparece como actores, o actor-cantante, como es el caso de Xavi Mira en Escolástico. De ahí que la obra tome una deriva más teatral que musical, lo cual emana también del libreto, pero que no por ello deja de tener su interés, ya que los coros llenan los números musicales. Que Millán Salcedo no tenga una voz educada para el canto lírico no desmerece la producción, pues es muy entonado y se defiende con soltura y mucha expresividad. Mejora en mucho aquellos papeles cómicos que más que cantar hablaban y sobre todo desafinaban.

La puesta en escena es brillante -dieciséis cambios de decorado- y al público se le mantiene en vilo y se le introduce en la acción en varias ocasiones. El vestuario y el maquillaje son riquísimos y abundantes. Se trata de una producción de 2001, tiempos boyantes, hoy tendría que ser más modesta.

Paco Mir cuida al máximo la dirección de actores y parte directamente de la concepción de teatro gestual ligado al humor que desarrolla en la compañía Tricicle. Sello impreso especialmente en el cuadro sexto, “El cóndor”, en el que el uso de un artefacto a modo de pájaro que lleva en sus garras al Doctor Mirabel, podría quedar como un recurso chusco. Sin embargo resulta tremendamente efectista y divertido. Sucede lo mismo en el “Vals del fondo del mar”, un ballet muy fino, plástico y simpático o en el scrabble que se juega en la cubierta del “Escocia”.

Mir entiende muy bien lo que de bufo y exagerado hay en la obra y lo pone de relieve, como si de un esperpento se tratara, por ejemplo, con el contraste entre situaciones serias, el escuadrón de gauchos guapos, altos, ágiles y fornidos en el pasodoble, con la destartalada soldadesca del Paraguay -momento desternillante de un brillante Pepín Tre-. A la marca Tricicle hay que añadir la comicidad innata de Millán Salcedo y Fernando Conde, a quienes se debe en gran parte del éxito de esta versión -guiño incluido a los surrealistas Tip y Coll con el “¿Para qué? Paraguayo”.

Y como en todo lo cómico, no falta el fondo melancólico. No se oculta que todos los personajes tienen su parte de perdedores, por más que alcancen el objetivo que les lleva a viajar a la Patagonia. El subteniente retirado, arruinado y solitario; la primera bailarina de una compañía de segunda fila en un teatro de variedades en el cual se enseña la pantorrilla y se baila el ole; un ex-seminarista huérfano, melifluo, mujeriego y dilapidador de los 10.000 reales que le tocan en la lotería; unos escoceses ricos pero beodos y un científico alocado, olvidadizo y olvidado:

Sir Clyron: ¡El Doctor Mirabel! ¡El célebre naturalista! Es un sabio muy respetado en toda Europa.

Soledad: ¡Un sabio y no lo sabíamos!

Mochila: Eso nos pasa siempre a los españoles.

Los sobrinos del Capitán Grant nos ha llegado fundamentalmente como una obra destinada para el público infantil. Así se ha programado casi desde su estreno en plena restauración alfonsina, lo cual tiene su fundamento en lo aventurero, trepidante y estrambótico de la acción. No obstante, caben otras lecturas. Bien mirado es todo un canto a la vida, hedonista y a veces pícaro y sensual:

Entre dos que se quieren
¡qué gusto da,
un cigarrito a medias
poder fumar!
más sucedió mil veces
que a lo mejor
se consumió el cigarro
y el fumador.
Cuando en la calle
cualquier mocito
con su cigarro
me da fueguito,
yo tardo aposta
en encender,
y dejarle sin candela
me da placer.