Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 03/05/2007

Siempre Beethoven

Por Raúl González Arévalo
Málaga, 27/04/2007. Conservatorio María Cristina de la Fundación Unicaja. Ludwig van Beethoven: Obertura Coriolano, Op. 62 (1807); Concierto en re mayor para violín y orquesta, Op. 61 (1806); Sinfonía nº7 en la mayor, Op. 92 (1813). Academy of St. Martin in the Fields. Joshua Bell, concertino y violín solista

Ha comenzado la sexta edición del ciclo 'Ciudad del Paraíso' que la Fundación Unicaja patrocina trayendo las mayores figuras mundiales en su campo. En esta ocasión la apertura ha estado encomendada a la Academy of St. Martin in the Fields, uno de los mejores conjuntos de cámara europeos, guiados en esta ocasión por el americano Joshua Bell, estrella de la música clásica con amplio respaldo discográfico; hace menos de un mes protagonizaba la anécdota de tocar en el metro de Washington D.C. para ver el impacto de la música sobre los transeúntes, con escaso éxito económico, según se hacía eco la prensa mundial.

El programa fue un monográfico de Beethoven, una garantía por las posibilidades de lucimiento que ofrece y por el tirón que tiene entre el público. En este sentido, el comienzo con la Obertura Coriolano fue un inmejorable avance de lo que sería la velada, con un sonido particularmente brillante, de asombrosa compacidad, un conjunto de una coordinación perfecta, evidenciada en la limpieza de los ataques y los finales separados por silencios. Los instrumentos se distinguían perfectamente, diferenciados en un sonido ordenado y equilibrado; sólo en la Sinfonía nº 7 se echó quizás en falta un mayor peso de los timbales y un poco menos de las trompetas.

Joshua Bell asumió con entusiasmo su tarea de concertino, dirigiendo y tocando al mismo tiempo, con gran acogida entre los músicos del conjunto, que incluso le aplaudieron abiertamente no sólo en los saludos conclusivos, sino también al final de su actuación solista en el Concierto para violín y orquesta. En él destacó su técnica depurada y el sonido magnífico de su Stradivarius ‘Gibson ex Huberman’ (1713). El control de los pasajes más árduos parecía fácil, el trino, de presencia constante en la partitura, logrado con diferencia de intensidades; las dinámicas parecían un juego de niños. El intérprete estaba disfrutando de manera evidente, y con él el público, que ni siquiera pudo reprimir el aplauso después del primer movimiento. Si tuviera que ponerme quisquilloso -hablamos al fin y al cabo de uno de los grandes nombres mundiales- señalaría algunos agudos en pianissimo un poco sucios; cierta precipitación, casi adelantándose a la orquesta, en algunos pasajes más rápidos; y algún final un tanto descuidado. Por lo demás, incluso las cadencias introducidas, de su propia mano, pusieron de manifiesto el virtuosismo extremo.

El público terminó aplaudiendo estruendosamente, con la sala del antiguo Conservatorio María Cristina en pie rápidamente. Los comentarios de asombro circulaban ya en el descanso. Hubiera sido deseable dar la posibilidad de acceso a más público, la sala es bonita pero de aforo pequeño y hubo quien se acercó con la esperanza de encontrar alguna entrada suelta. La expectativa estaba lógicamente justificada, como pudimos comprobar los que tuvimos el lujo de asistir.