Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 20/02/2012

Mi noche con Norma

Por Agustín Blanco Bazán
Leeds, 09/02/2012. Grand Theatre de Leeds. Norma, ópera en dos actos con libreto de Felice Romani y música de Vincenzo Bellini. Christopher Alden, director de escena. Charles Edwards, escenografía. Sue Willmington, vestuario. Annemarie Kremer (Norma); Kari Aikema (Adalgisa); Luis Chapa (Pollione); James Creswell (Oroveso); Gweneth-Anne Jeffers (Clotilde), Daniel Norman (Flavio). Coro y Orquesta de la Opera North bajo la dirección de Oliver von Dohnányi. Nueva producción de Opera North y la Opera de Chemmiz

¡Hacía tantos años que no pasaba una noche con Norma! Cuando pregunté a Antonio Pappano porqué ya no la invitan mas al Covent Garden, éste me respondió preguntándose como encontrar alguien que pueda cantarla. Luego de las representaciones de Callas en 1952, Sutherland en 1967, y Margareth Price en 1987, Nelly Miricioiu cantó la protagonista en dos versiones de concierto y después … nada. Es así que cuando supe que Norma había viajado a Leeds con nueva producción y todo, no dudé en ir a verla al Grand Theatre, una sala gloriosa en tamaño y decoración, testimonio de la prosperidad de la industria textil de la Inglaterra del siglo XIX. Allí se aloja la Opera North, una compañía inglesa que respondió al interrogante de Pappano con una Norma vital, conmovedora y extática, de esas capaces de poner en vilo una sala entera. ¡Esto es ópera!

La puesta deja de lado evocaciones figurativas tradicionales para concentrarse en los aspectos psicológicos de esta obra que catapulta a Bellini sobre las fronteras del bel canto a un nivel de modernidad perenne y mítico en su convicción y actualidad. El regisseur Christopher Alden y el escenógrafo Charles Edwards desechan la antítesis de una Roma militarista frente a una secta druida de fundamentalismo talibánico para presentar al drama como escisión de hipocresía dentro de una comunidad religiosa visualmente rememorativa de los protestantes norteamericanos de los siglos XVIII o XIX.

El telón se abre con Oroveso afilando el hacha que servirá de hilo conductor de una acción de decorado único, consistente en el gigantesco galpón de un aserradero donde los celotes adoran a su totem, un gigantesco tronco pendido del cielo raso, que por medio de cuerdas y una roldana puede hacerse ascender y descender, erguir o inclinar según los rituales de una ópera tan insistente en su contraposición de lo sagrado y lo profano. El leño podría haber sido una cruz pero Alden es lo suficientemente sofisticado para evitar este tipo de obviedades que tanto malogran algunas escenografías modernas. Al ser simplemente un leño, se presta a significados diferentes, desde la adoración totémica de la comunidad hasta las alusiones fálicas perceptibles en las caricias de Norma y Adalgisa, los dos únicos personajes de la ópera capaces de combinar religiosidad con erotismo.

© 2012 by Alastair Muir. Opera North

Es sobre este tronco en llamas que ante la desesperación de una comunidad fanática que ve caer a su ídolo viviente, Norma terminará avanzando a su fin con Pollione, un ministro de sayón y galera negra que al comienzo de la ópera hemos visto acercarse a la comunidad con su asistente Flavio para recolectar el impuesto religioso. La creciente impaciencia de la comunidad ante la reticencia de Norma a cargarse a este pastor que los domina desde los escalones mas altos de su propia jerarquía eclesiástica es simbolizada en un Oroveso que azuza e intriga a los hombres mientras blande un hacha que no cesa de ofrecer a Norma cada vez que ésta llega al borde del telele con sus ansiedades o furias. El paso de los hijos de Norma frente a Oroveso al comienzo de la obra nos permite comprender el porqué de la bronca de éste último: no solo ve en Pollione un extorsionador sino que está enterado del pecado carnal de su hija, algo sobre lo cual tiene que guardar secreto.

Uno de los momentos mas estremecedores de la puesta es cuando Norma se aproxima con el hacha para matar a sus hijos y en su hesitación termina descargando el hachazo contra la pared mientras los párvulos salen corriendo despavoridos. En mi caso no pude evitar sonreír al acordarme de una amiga mía cuyos padres lograron entronizarla como hijo en una Norma del Colón en 1932. Cuando Gina Cigna se acercó al lecho de los niños para matarlos María Rosa salió corriendo, asustada, según me dijo, por los bigotes y la cara de mala de la Cigna.

Menos susto le habrían despertado dos divas de cincelada belleza canora pero incapaces de hacerse carne en el rol. Joan Sutherland cantó Norma en el Colón en 1969 mejor que en su primera versión discográfica comercial, pero en escena era una marioneta que sólo podía moverse a través de amaneramientos edulcorados. Menos se movía aún Montserrat Caballé en Viena en una puesta para la Ópera de Viena en los años setenta, paralizada por una ridícula diadema con plumas de pavo real y concentrada en marcar el canto en la vertiginosidad de tiempo impuesta por Riccardo Mutti. Los de la platea de pie se rieron tanto como para arruinarme la audición del comienzo de 'Casta Diva'. No así mi primera Norma en el Colón en 1964, una Leyla Gencer seguramente tan aterradora y apasionada como la Cigna.

© 2012 by Alastair Muir. Opera North

Annemarie Kremer, la soprano holandesa contratada por Leeds para las representaciones de este año se enrola en la línea interpretativa Callas-Gencer, con una Norma que transporta su 'Casta Diva' al fa mayor para apoyar con acabada expresión una voz de cálida densidad dramática en el registro medio bajo, passaggio radiante y sin vibrato, y segura colocación de agudos. Todo se escuchó bien, desde el escalofriante trino ascendiente del grave al medio, el famoso “Aaaadaaalgiiisa fia punita” hasta la intrincada coloratura de “Ah bello a me ritorna.”

También la Adalgisa de Keri Alkema cantó con apasionado pathos, una voz aterciopeladamente lubricada para sus pasajes de cantinela en el medio, y ataque de incisivo squillo en el agudo. De voz clara, abierta y algo insegura en apoyo fue el Pollione de Luis Chapa y similares cualidades y limitaciones fueron perceptibles en el Oroveso de James Creswell y el Flavio de Daniel Norman. Clotilde en cambio musitó sus pocas frases a lo grande gracias a la voz excepcional en robustez de apoyo y calidez cromática de Gweneth-Ann Jeffers, una soprano dramática a contratar a precios accesibles lo antes posible, antes que diga que tiene todo ocupado hasta el 2020.

A contratar también cuanto antes para el repertorio italiano es el director de orquesta Oliver von Dohnányi, que hizo saltar a todos de la butaca desde el primer acorde de una obertura soberanamente interpretada en sus sforzandi, contraste de color y esa combinación de urgencia y expresividad de melodías necesaria para evitar naufragios en lo plomizo, vulgar y azucarado (para esto último escuchar a Richard Bonynge).

Como en el caso de Gales, el norte de Inglaterra tiene fama de buenos coros, y el coro estable de la Opera North me impresionó un poder de proyección “itálico”, incisivo y cálido a la vez. Similares virtudes exhibió la orquesta de la casa. Cuando se oscureció la sala para comenzar el segundo acto, un teléfono móvil sonó tímidamente con una melodía bobísima, para ser aplastado con el agresivo acorde orquestal de la introducción al primer cuadro. “Esta Norma no es para bobos” pensé imaginando al aterrorizado poseedor de la centralita.

Mi último rendezvous con Norma luego de una ausencia escénica de un cuarto de siglo me permitió admirar las virtudes de una regie actualizada al siglo XXI. El reemplazo de druidas y romanos por una comunidad religiosa permitió en primer lugar una mayor concentración dramática al evitar el aspecto más flojo de la dramaturgia original, a saber, ese constante entrar y salir de druidas y romanos que se la pasan evitándose los unos a los otros.

En Leeds, la presencia de Pollione como ministro superior a cargo de la colecta durante el servicio religioso que culmina con 'Casta Diva' cargó la atmósfera de una tirantez de frustración e hipocresía reminiscente de La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne, y la permanencia en el fondo del galpón de un Oroveso siempre vigilante durante el dúo de Adalgisa y Pollione no hace sino incrementar la tensión al comprender como el padre de Norma, lejos de ignorar los pecadillos de su hija, debe ocultarlos, impotente para ponerles fin, y al mismo tiempo cargando la atmósfera hasta el momento de la venganza. Norma se presenta no como una diosa de la selva sino como una joven a la vez poseída y problemática que pide paz antes de 'Casta Diva', mientras abre el lienzo que contiene el muérdago que habrá de repartir entre la comunidad. 'Mira o Norma' y 'Si fin all´ore' no nos muestra dos matronas vociferando al público, sino dos mujeres frágiles, confortando su desamparo de rodillas, y cantando mientras se protegen en un apasionado abrazo, después de haber rodado por el suelo antes de que Norma cante 'Hai vinto...Hai vinto. Abbracciami…'

Como Alden no puede con su genio de pasársela de rosca con comentarios psicológicos, una joven que hemos visto perseguida por Flavio durante toda la ópera llega presuntamente violada y perseguida por éste en estado de ebriedad, para arrojarse a los pies de Norma durante 'Si fin all ´ore' Y …sí…, Norma es una obra plausiblemente feminista, pensé al ver a esas tres mujeres unidas frente a esa represión de amor y sentimientos concertada por el fanatismo religioso de los machos. Una vez alejadas Norma y Adalgisa luego de su duo, los hombres de la comunidad avanzan sobre Flavio para maniatarlo y sacrificarlo luego de la circular danza ritual con la cual coreografían su himno de guerra. Norma reemplazará a Flavio en el centro del círculo para confesar un pecado que horroriza a una comunidad que no sabe si lapidarla o apiadarse de ella.

Sí, tal vez Alden va muy lejos para algunos gustos pero seguramente no en el momento más ocurrente y transcendental de ésta puesta: cuando Norma queda sola con Pollione y durante la melodía que precede a 'In mia mano alfin tu sei' los dos transgresores homenajean al amor que alguna vez los unió y que terminará llevándoselos a la hoguera con un apasionado beso. Pero se apartan enseguida y con miedo a volverse a mirar antes de la confrontación final.