Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 23/02/2012

Los contempo- ráneos de Fausto

Por Jorge Binaghi
Turín, 09/02/2012. Teatro Regio. El ángel de fuego, París, Champs-Elysées, 25 de noviembre de 1954 (versión de concierto), y Venecia (Bienal), La Fenice, 14 de septiembre de 1955. Libreto y música de Sergei Prokofief. Dirección escénica: David Freeman. Escenografía y vestuario: David Roger. Intérpretes: Nikolai Putilin (Ruprecht), Olga Sergeeva (Renata), Olga Savova (La vidente y La superiora), Svetlana Volkova (La posadera), Vasilij Gorskov (Agrippa), Evgenij Akimov (Mefistófeles), Aleksandr Morozov (Johann Faust), Aleksej Tanovickij (El inquisidor) y otros. Orquesta Sinfónica y Coro del Teatro (maestro de coro: Claudio Fenoglio). Director: Valery Gergiev

Ante todo, he respetado la grafía de los nombres de los cantantes tal como figura en el programa aunque no esté de acuerdo con ella, ni siquiera en italiano.

La coproducción con el Marinsky y el Covent Garden no es mala aunque tal vez otras producciones (la de Jones, por ejemplo) tengan mayor profundidad o impacto. No ayudan mucho los decorados deliberadamente ‘ingenuos’, mientras que los trajes son mejores, la iluminación (Steve Whitson y Vladimir Lukasevic) es muy buena, y la evolución de los demonios visibles sólo a Renata (a cargo de Andrei Bugaev) es impresionante. La atmósfera de delirio, claustrofobia (incluso en lugares abiertos), y temor (el convento, pero no sólo) está bien conseguida; y la escena de la taberna con Fausto y Mefistófeles que terminan tomando por guía (y nuevo Fausto) a Ruprecht es de un grotesco cruel, que no sólo revela la otra cara de la época en que se supone vivió el mago, sino la de todas las épocas, y el doble aspecto de magia y religión.

Pero lo verdaderamente genial, lo que convierte esto en un acontecimiento (me temo que poco reconocido en el resto de Italia y no sé en Europa) es la dirección de Gergiev. No es novedad que sea una autoridad mayor en Prokofiev; sí lo es que con una orquesta de teatro italiana, buena pero no reputada internacionalmente, sus logros hayan sido tales, acostumbrado como está a ‘sus’ orquestas sinfónicas que con él también hacen ópera.

Tal vez haya habido alguna limitación de volumen o de limpieza de sonido, pero eso justamente volvió más impactante no sólo la escena final (lo es en sí misma aunque no se haga bien), no sólo los brillantes y expresivos interludios, sino el obsesionante ritmo que no abandonó el foso desde el principio, tan abrupto como su final. Esto habla no sólo del enorme dominio de la partitura, sino de una aproximación tan intelectual como intuitiva, cabeza y corazón sin desmelenarse.

Lo que estuvo en el foso no estuvo siempre en la escena. Putilin sigue siendo un protagonista extraordinario aunque la figura (no la voz) muestra hoy signos de veteranía y su interpretación escénica se resiente un poco por ese motivo. Los tenores característicos rusos son siempre algo increíble, y el Mefistófeles de Akimov no fue una excepción, pero otro no característico (de timbre no bello, pero poderosa vocalidad) como Gorskov en Agrippa resultó igualmente fuera de serie (agreguemos un tercer tenor, el interesante Glock, aunque se trate de un rol menor, de Jurij Alekseev). El Inquisidor del bajo Tanovickij nos sirvió otro de los platos fuertes de los cantantes rusos de esa cuerda.

Digamos que el sector femenino fue el menos adecuado. Si las mezzos Savova y Volkova estuvieron muy bien en sus partes episódicas (particularmente la invocación de la primera como la vidente en la primera escena), Olga Sergeeva exponía en esa imposible -por motivos vocales, escénicos y de libreto- Renata, protagonista absoluta de la obra, los problemas que suelen aquejar a las sopranos eslavas. Bella, imponente, de una voz enorme, la proyección era deficitaria y el centro era casi inaudible, y los agudos forzados y estridentes sin ninguna necesidad. Alguna media voz resultó buena y la interpretación creíble, pero estamos lejos de lo que necesita este dificilísimo papel, y no precisamente por falta de medios sino de técnica.

Con el terrible frío que hacía afuera el teatro ofrecía una buena ocupación, mucho interés, y considerable satisfacción a juzgar por los cálidos aplausos del final. Pero al día siguiente, en el concierto de despedida de Gergiev con la orquesta, había localidades agotadas desde hacía tiempo y me quedé afuera (casi con gusto).