La gran ovación que pudo escucharse al final de la representación es la prueba palpable del éxito cosechado por esta nueva producción de ACO, basada en la versión original del Teatro Colón de Buenos Aires. Gustó su recreación ambiental y un vestuario en el que se compaginaban la estética sadomasoquista con la del antiguo Egipto y la moda punk, como la mostrada por el gran Hernán Iturralde en su encarnación del héroe griego Orestes, vestido para la ocasión con gabardina de cuero y luciendo un tocado al estilo mohicano.
Sin embargo, y a pesar de este panorama francamente favorable, la Elektra interpretada por Elizabeth Connell pudo resultar un tanto ‘light’ para aquellos gustos que, como el mío, se han labrado con las interpretaciones de referencia del personaje debidas a Leonie Rysanek, Eva Marton, Birgit Nilsson o de la propia Connell de otras veladas. La soprano sudafricana es una consumada intérprete del personaje straussiano, ahí están las diversas actuaciones que lo atestiguan, pero en esta ocasión no estuvo del todo afortunada debido al escaso volumen mostrado en la mezza voce -siendo acallada por la voz de la orquesta- y pasando algunos apuros en la entonación de las notas altas del registro.
© 2009 by Nacho González
Por otro lado, la particulares cualidades expresivas de la voz empleadas durante la noche, así como la disposición dramática, contribuyeron a perfilar una Elektra anónima, poco creíble y comunicativa, dando la sensación -dentro del contexto de esta ópera- que se escuchaba más a una heroína italiana que a una heredera de la tradición wagneriana al apoyarse -o recrearse- más en el aspecto melódico o lírico de las arias que en procurar imprimir un tinte más oscuro, despiadado, taciturno o ‘tenebroso’ a su caracterización. Mucho más completas estuvieron, desde mi punto de vista, las otras dos intérpretes femeninas.
© 2009 by Nacho González
Las cualidades de la bella voz timbrada, aterciopelada y perfectamente impostada de Melanie Diener, unida a su sentida e intensa interpretación de Crisóstemis, ponía en duda la jerarquía de las voces establecidas en el reparto cuando la soprano alemana compartía las tablas con la blanda Elektra de Connell. Por este motivo se merecía una ovación mayor que la obtenida. Sí se hizo justicia, sin embargo, con la ofrecida a la mezzosoprano estadounidense, Victoria Livengood, por su sobresaliente interpretación de una Clitemestra, majestuosa, solemne, atormentada y manipuladora, cuya voz nos permitió disfrutar de algunos de los momentos más straussianos de la noche.
Momentos que son impensables sin la participación de la orquesta; verdadero protagonista principal de esta y de todas las demás óperas del autor alemán. La relevancia dada a la nutrida representación orquestal en la partitura tuvo cumplida respuesta por parte de los músicos de la agrupación grancanaria quienes, bajo las órdenes de un experimentado Maximiano Valdés, lograron plasmar la intensidad y la riqueza tímbrica y armónica de una música cuya trascripción constituyó el hecho más notable de la noche, permitiendo a su vez que esta representación -con la que se conmemora el centenario de esta ópera- no pase a engrosar la lista de aquellas otras confinadas definitivamente al olvido.