Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 10/02/2012

In stile antico….

Por Jorge Binaghi
Bruselas, 01/02/2012. Théâtre Royal de La Monnaie. Recital de Anna Caterina Antonacci, acompañada por Donald Sulzen, piano. Melodías, arias y canciones de Monteverdi, Donaudy, Cesti, Respighi, Pizetti, Mascagni, Cilea, Refice, Tosti, Hahn y Fauré. Bis: ‘Moon river’ (Mancini-Mercer)

En realidad, el título del programa correspondía a la primera parte (toda en italiano de autores italianos). La segunda, de franceses (aunque también una parte en italiano) se denominaba ‘Reflejos en el agua’. Y entonces la elección para el único bis (el programa había sido de una duración inusual para nuestros días: sólo la primera parte duró una hora y algún minuto) de la melodía creada para Breakfast at Tiffany’s (o, si se prefiere, Desayuno con diamantes) estaba más que justificada. Si uno piensa, a lo mejor también la posición de Antonacci en el panorama lírico actual es similar a la de la creadora del personaje y la canción, esa única Audrey Hepburn que supo combinar como nadie sofisticación con entrega, espontaneidad con trabajo. Y con esto la crítica debería darse por cerrada.

Como siempre, al principio de sus recitales (curioso, más que cuando canta ópera) la voz de la Antonacci (uso el ‘la’ deliberadamente) necesita calentarse y para ello es ideal el barroco italiano original que luego supo desgranar en los intentos de recreación de finales del XIX y principios del XX. Hubo, en todo el concierto, algunas notas metálicas, en particular algún agudo frágil o no muy límpidamente emitido, pero cómo envolvió esa voz, cómo dijo, cuánto expresó con esa dicción perfecta (no sólo en italiano) y cómo incluso ‘disimuló’ algunas ‘exageraciones’ de D'Annunzio o algunas recreaciones de Petrarca ligeramente ‘decadentes’ en un programa rarísimo que merecería no sólo los honores del disco sino del dvd (la expresión facial y de las manos, la forma misma de estar erguida o de dialogar con su pianista -un Sulzen en magnífica forma- merecerían eso en vez de tanta ‘star’ repetida hasta el cansancio).

Por supuesto que en todo recital hay momentos superiores o alguno que, por los motivos que sean, impacta más al asistente-oyente (pocas toses, y eso que hacía un frío horrible, en un teatro inusualmente lleno para un recital de cámara en mitad de la semana, y ningún móvil, además de aplausos inusualmente cálidos antes, durante y después del concierto). Si yo tuviera que elegir en una labor tan empinada me quedaría con Sopra un’aria antica de Respighi-D’Annunzio, las Quattro canzoni d’Amaranta de Tosti-D’Annunzio y, por encima de todo, las memorables ‘mélodies’ que conforman el ciclo Venecia de Hahn sobre textos de diversos autores.

Juntar la maravilla de la lengua del Veneto con la morbidez y la calidez de voz de Antonacci (que les dio el acento exacto, entre irónico y nostálgico) es como para que alguno le dijera, como en la primera (Sopra l’acqua indormenzada): ‘Te xe bela’. Si pudo desearse mayor voluptuosidad y luminosidad en la dificilísima y extrarordinaria L’invitation au voyage de Duparc, Moon river fue una joya.

No suelo encontrarme entre los admiradores del ‘crossover’ elevado a fin comercial o en sí mismo, pero cuando -como hasta no hace mucho- un artista lírico se permite alguna incursión en un campo que no es el suyo y no sólo se lo apropia sino que se inserta, a su modo, en la gran tradición interpretativa del género, los resultados son fascinantes.