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Tempos ágiles y concepción ligera para un Mesías magistral

San Sebastián, 04/12/2000. Auditorio Kursaal. Händel: 'Messiah'. Carolyn Sampson, soprano. Druffit Jones, soprano. Alexandra Gibson, contralto. James Gilchrist, tenor. Simon Birchall, bajo. The Sixteen Choir & Orchestra. Harry Christophers, director.
imagen Se aproximan las Navidades y con ellas el frío, el turrón y las interpretaciones del Mesías de Händel. Resulta curioso que este oratorio inglés se haya convertido en un imperecedero clásico navideño, si tenemos en cuenta que solo presta atención al nacimiento de Jesús en la segunda sección de la primera parte de la obra, es decir, muy poquito. Pero la tradición es la tradición, sigue conservando su peso y, ¡qué caramba, a quien no le apetece escuchar el Mesías por estas fechas?La interpretación donostiarra fue un verdadero lujo, uno de esos conciertos que se recordarán en esta ciudad durante mucho tiempo. Los responsables del mismo fueron The Sixteen Choir & Orchestra dirigidos por Harry Christophers, autores de uno de los registros discográficos indispensables de esta obra maestra para el sello inglés Hyperion. Verdaderos abanderados del Mesías, que han interpretado desde el Barbican Center de Londres hasta la Opera House de Sidney, pasando por Dublín donde grabaron un vídeo para la BBC, The Sixteen son una verdadera garantía de calidad a la hora de llevar al escenario este oratorio, grande entre los grandes y quizá el favorito tanto del público como de las agrupaciones de aficionados que hacen revivir las notas de sus coros durante todo el año.Christophers eligió tempos ágiles y una concepción lígera, nada fastuosa, para esta obra tendente, debido al influjo de los grandes oratorios mendelssohnianos, a la masificación sonora. En manos de Christophers el Mesías pasó por un filtro de sencillez, de emotividad directa y sin rebuscamientos, y se convirtió en una historia devocional accesible y popular, que es al fin y al cabo la finalidad última de los oratorios en su contexto práctico-religioso y no artístico.Estupenda la actuación de la orquesta, siempre afinada –lo que es mucho decir tratándose de instrumentos antiguos-, dúctil y expresiva. Estupendos los oboes barrocos en su labor de doblamiento de violines y sopranos, sin destacar en ningún momento pero otorgando esa sonoridad particular al conjunto. En cuanto al coro, no hay palabras. Salvando una pequeña descompensación para con la sección de contratenores, se aproximaba a la perfección al concepto que podemos tener por aquí de un coro inglés: sonido pulcro, dulce, empaste perfecto. Siempre y ante todo lo demás, preciosismo sonoro por delante de la expresión, cosa que no fue cierta en este caso aunque pudimos echar en falta algo más de bravura en su canto del Allelujah. Momentos magníficos fueron los coros For unto us a Child is born, Glory to God in the highest y All we like sheep entre muchos otros, como el Amén final.En cuanto a los solistas, destacó por su voz hermosamente brillante, su facilidad para la coloratura y por su magnífico fraseo la soprano Carolyn Sampson, acaparadora de la mayor cantidad de aplausos junto con el coro. La segunda soprano, Druffit Jones, cantó con corrección sus breves pasajes. La contralto Alexandra Gibson tuvo una actuación completamente fría, sin sangre, a lo que hay que añadir un timbre no muy agradable y falto de armónicos. Preciosa voz la del tenor James Gilchrist y buen gusto en el canto salvando algunos momentos de incertidumbre. El enorme bajo Simon Birchall, de voz demasiado homogénea, no pudo con las difíciles agilidades de sus arias, firmando un problemático Why do the nations.Desgraciadamente el público de Donosti, como tristemente viene siendo habitual en los últimos tiempos, no estuvo a la altura de los intérpretes. No se puede alcanzar el pleno disfrute de una interpretación si tras cada momento musicalmente sublime, en vez de abrazarnos un silencio meditativo y expectante nos llegan cientos de toses tuberculosas. Parece que la gente se vea obligada a toser mucho y muy fuerte cuando la música cesa por unos instantes, una costumbre arraigada cada vez con más fuerza. A esto hay que añadir que el público es ruidoso aún cuando suena la música: más toses, caramelos desenvueltos durante periodos interminables, cosas que se caen, la señora que se va quien sabe por qué y levanta a toda una fila, etc, etc... Y luego nos sorprendemos si pasan cosas como que a los intérpretes les entre la risa, algún organizador de conciertos se levante a arengar a un espectador especialmente ruidoso, o que Andrei Gavrilov prácticamente insulte al público y se marche con un cabreo de mil pares de narices. Los extremos llevan a situaciones extremas, y la fama nos la ganamos nosotros solos. El día 4, por de pronto, se puso de relieve la inexperiencia del público cuando mucha gente empezó a abandonar el auditorio tras el Allelujah. Patético.

Este artículo fue publicado el 21/12/2000

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oratorio barroco


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