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Berlín 3. Cuando Wagner juega en casa. El Holandés Errante en la Deutsche Oper

Berlín, 01/05/2001. 'Der Fliegende Holländer' de Richard Wagner. 'Daland, capitán': Jaako Ryhänen; 'Senta, su hija': Eva Johansson; 'Erik, un cazador': Wolfgang Neumann; 'Mary, amiga de Senta': Kaja Borris; 'Un marinero': Clemens Bieber; 'El Holandés': Wolfgang Brendel. Orquesta de la Deutsche Oper Berlin; Coro de la Deutsche Oper Berlin. Dirección musical: Peter Schneider. Dirección del coro: Ulrich Paetzholdt. Dirección escénica: Götz Friedrich. Escenografía: Gottfried Pilz, Isabel Inés Glathar.
imagen En la búsqueda de la manera wagneriana definitiva, el Holandés representa un momento de enorme significación. Es cierto que aparecen aquí los primeros rasgos del leitmotiv (un recurso cuya invención se ha mitificado en exceso, ya que podemos encontrarlo desde tiempos antiguos), y que la sección de viento descubre ante sí un mundo de gloria por venir; pero no lo es menos que el modo general de la obra y los recursos manejados se conectan al mundo de la tradición operística, más diría yo de la italiana que del singspiel.Se ha dicho con frecuencia que ésta es una ópera verdiana, y no seré yo quien lo desmienta. Al de Busseto nos remite la utilización de canciones narrativas para hacer avanzar la trama, el tratamiento de los dúos de voces graves -el barítono al unísono con la orquesta, el bajo en contrapunto-, el tono del recitativo y hasta un aire de familia en las melodías. Un vistazo a las fechas nos permite matizar: más que de influencia deberíamos hablar de un camino recorrido en paralelo; ambos maestros estaban llegando a conclusiones parecidas. De todos modos resultan más importantes que estos rasgos comunes los vislumbres del futuro esplendor wagneriano que destellan entre la tormenta o en la irrupción del coro de los condenados. Está claro también que media un abismo entre el envarado dúo amoroso de esta obra y el éxtasis de deseo sublimado que, al otro extremo del arco, corona gloriosamente el Tristán. Pero aun así es una lástima que la megalomanía de Don Ricardo le impidiera hacer mejor uso del oficio sintético y narrativo que aquí demuestra haber adquirido, en aras de no se sabe qué concepto de grandeza que hincha e hipertrofia su producción posterior.La Deutsche Oper representa, dentro del circuito berlinés, la gran tradición alemana, un cruce de aristocracia y alta cultura que en nuestras tierras, por inédito, no llegamos a imaginar. En el sitio web de esta institución podemos encontrar el emocionante relato de cómo se fue cubriendo en la posguerra el ansia de una sede operística, rebuscando de entre las cenizas medios humanos y materiales hasta conseguir este ejemplar edificio de Fritz Bornemann (arquitectura de la buena, seria sin solemnidad, muy alemana). El público del patio de butacas tiene el aire junker de Erich von Stroheim en La gran ilusión -la corbata naranja rabioso de Kenzo que lució este cronista restallaba como un latigazo entre tanto gris prusiano-, pero manifiesta una pasión por la música que ya la quisiéramos para nuestras élites. Aquí, pues, repertorio serio, y poco italiano a la vista. Está bien que así sea: nos encanta que un teatro mantenga una personalidad acusada en estos tiempos de globalización.Antes de hablar de la propuesta escénica se hace necesario fijar someramente el contexto. Uno se lleva la impresión, en esta breve visita, de que los berlineses andan enfrascados en una orgía de culpabilidad histórica. Dos de los proyectos en marcha de mayor significación arquitectónica son la Topographie des Terrors de Peter Zumthor, sobre la antigua sede de las S.S., y el Memorial a los judíos muertos en la guerra, de Peter Eisenman. Si los unimos al ya terminado Museo Judío de Daniel Liebeskind tenemos un circuito de expiación en la zona noble de la ciudad que permanecerá como recordatorio duradero del horror. Es fundamental no olvidar, pero tal vez -sólo tal vez- se estén cargando demasiado las tintas. Las dificultades de financiación que están frenando los dos proyectos podrían ser el preludio de una reacción pendular que a este cronista le pone los pelos de punta.Viene esto a cuento porque Götz Friedrich ha montado una versión en que el barco maldito lleva de un puerto a otro un pasaje de judíos deportados, y los pobladores del puerto pesquero son rubicundos alemanes de los años 40. Por si no quedara claro, en medio de la tormenta aparece brevemente un barco a la deriva en cuyo casco podemos leer “Exodus 1.947”. Aunque haya disfrutado como el que más de la nada sutil ironía de un Wagner antinazi, este cronista piensa que la ópera no es -ya no- lugar para proclamas, y que en cualquier caso estamos ante una historia elemental de amor y muerte entre gentes de la mar que resulta más bella cuanto más intemporal y desnuda se presente.Sentada esta objeción, hay que decir que la plasmación visual de la idea es por momentos deslumbrante. Los movimientos de los barcos entre la tormenta, el agua lamiendo los cascos, el uso de las veladuras y las luces constituyen una lección de cómo se puede lograr con pocos medios una escena arrebatadora. Otros elementos, como las grúas, que a fuer de realistas acaban pareciendo de mecano, o la cicatera (aunque legítima por razones de continuidad) utilización de la plataforma del barco en las escenas de tierra firme, desmerecen algo de un tratamiento escénico que nos dejó sin aliento.Cuando se viene a escuchar a una orquesta wagneriana uno espera sobre todo ser apabullado por la brillantez de las trompas, y desde luego no queda defraudado a pesar de algunas notas mordidas en los solos a las que no hay que conceder mayor trascendencia. Sin embargo, lo que de verdad impresionó fue la cuerda, que nos llevó muy alto en sus pregnantes oleadas. Peter Schneider pecó precisamente de llevar con el freno tascado a ese soberbio potro, cuando nos habría gustado, aun a riesgo de ver tapadas las voces, escuchar cómo sonaba a rienda suelta.Viendo la escena de la fiesta uno se da cuenta de lo que es un coro alemán haciendo Wagner; no se trata sólo de la pronunciación y la naturalidad en el fraseo, sino del entendimiento de la tradición musical o incluso de la identificación física de los tipos -y qué delicia verlos bailar cerveza en mano, zapateando enérgicamente a compás.Jaako Ryhänen compone un Daland avaricioso e hipócrita, muy en la línea del subtexto propuesto por el director. Wolfgang Neumann tiene una excelente voz de heldentenor, potentísima y bien colocada, con tremenda solvencia en el agudo, pero se resiente de una grave falta de expresividad. Ante la alarmante escasez de tenores wagnerianos resulta, con todo, una voz a tener en cuenta.Wolfgang Brendel estuvo poderoso de voz y expresión, aunque se dejó sentir alguna opacidad en el registro grave. Siendo un grande, no nos impresionó como tal. Le faltó tal vez la magia necesaria para dejar que asomen los abismos de pasión desesperada que oculta el centenario marinero; sus mejores momentos (y no quisiera que se tomara ésto como maldad) fueron mudos: la aparición del fantasmal mascarón de proa, encadenado como Ulises, y el primer encuentro, de intensidad sobrenatural, con Senta, congelados los amantes en un instante eterno, ajenos al parloteo de Daland.Hemos dejado para el final a Eva Johansson, que nos ofreció una de esas interpretaciones que no se olvidan fácilmente. Es hoy por hoy la gran soprano wagneriana, una voz llena, fresquísima y torrencial, con un agudo ancho como el Mississippi. Una voz que no es más que el instrumento perfecto al servicio de una gran artista: desde la primera aparición, en que canta la leyenda del Holandés con un punto histérico de niña obstinada que nos hace ver a Senta como una prima lejana de Isolda, hasta la arrojadísima entrega final, cada nota y cada inflexión nos meten de cabeza en el corazón de la tragedia. Especialmente sublime estuvo en el dúo con Erik, donde consiguió el raro milagro de hacernos asomar, como Callas o Gencer en tantas páginas belcantistas, a precipicios que no están en la letra ni en la música.En resumen, un fantástico Wagner disfrutado en su medio natural, donde no es vivido con la crispación sacralizadora del festival de Bayreuth, sino con la tranquila satisfacción de un encuentro no por habitual menos gozoso. Volveremos sin duda a esta Deutsche Oper a ver ópera culta, moderna y accesible, y sobre todo espléndidamente tocada y cantada.

Este artículo fue publicado el 21/05/2001

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