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Madamigella Valéry?

Jerez de la Frontera, 09/06/2001. Teatro Villamarta. Giuseppe Verdi: La Traviata (Teatro de la Fenice de Venecia, 6 de Marzo de 1853). Melodrama en cuatro actos, con libreto de Francesco Maria Piave inspirado en 'La dama de las camelias' de Alexandre Dumas (hijo). Reparto: 'Violetta Valéry', Ainhoa Arteta. 'Alfredo Germont', Luis Dámaso. 'Giorgio Germont', Carlos Bergasa. 'Gastone di Letorières', Julio Morales. 'Flora Bervoix', Aida Lukankin. 'Annina', Inmaculada Salmoral. 'Barón Douphol', Pedro Farrés. 'Marqués de Obigny', Alberto Arrabal. 'Doctor Grenvil', Celestino Varela. Bailaor: Joaquín Grilo. Coro del Teatro Villamarta. Director del coro: Ángel Hortas. Orquesta Filarmónica de Transilvania. Dirección musical: Enrique Patrón de Rueda. Director de escena: Francisco López. Producción del Teatro Villamarta en coproducción con el Teatro Palacio Valdés de Avilés. Asistencia: 100%, con las localidades agotadas a las pocas horas de su puesta a la venta.
imagen Todo un desfile de modelos, incluido uno cuajado de volantes, en la despedida operística de la actual temporada del Villamarta, con uno de los grandes melodramas del genero, La Traviata de Verdi, y el protagonismo de una las reinas actuales de la prensa rosa, la tolosana Ainhoa Arteta. Mucho entusiasmo en un público que asaltó las taquillas el día de la venta de las localidades, pero que desgraciadamente acudió al teatro sin apagar ese invento demoníaco llamado teléfono móvil: hasta cuatro sintonías se adhirieron a la música de Verdi en el transcurso de la velada, con un don de la oportunidad harto destacable, como la que acompañó el inicio de 'Dite alla giovine'.Muy clásica la escenografía de la producción, suficiente en los dos primeros actos, fuera de lugar en el tercero, con unas columnas muy kitsch que, además de recordarnos una Semiramide pueblerina, reducían notablemente el espacio escénico, y de una calculada austeridad para la muerte de la protagonista. Hermoso el vestuario del trío principal, y bastante menos acertado el de los secundarios y el coro, realizado con un gusto bastante dudoso. Estupendo el atrezzo, sobre todo en lo que hace a los peinados de Violetta, totalmente adecuados a la época, si bien no ayudaban a realzar el rostro de la soprano y, para colmo de males, imposibilitaba su reconocimiento por parte del abundante público que se había congregado para verla.Excelente la dirección de Francisco López, atento a los detalles, manejando muy bien al coro y al pequeño cuerpo de baile, donde destacó la juventud y fuerza de Joaquín Grilo, y definiendo muy bien a las figuras de la cortesana enamorada y enferma, libre e inteligente, y al recio y retrógrado padre de su amante, digno y autoritario. El joven galán, menos trabajado, fue de todos modos enfocado en la dirección correcta: un niñato guapo, altanero y de escasos modales. Esta propuesta, muy próxima a la novela de Dumas, y por tanto alejada del almibarado toque post-Garbo, hubiera sido totalmente apreciada si no hubieran mediado en ella actores voluntariosos pero aún faltos de destreza y tablas (Dámaso, Bergasa) o sobrados de divismo mal entendido (Arteta).Musicalmente hay que reprochar a Enrique Patrón de Rueda una dirección con exceso de decibelios en el primer acto, aunque la progresión dramática de su lectura fue indiscutible, con lo que el cuadro final resultó muy logrado, a pesar de que en el foso la Filarmónica de Transilvania mostraba un sonido ácido, poco grato al oído. Mucho mejor que en otras ocasiones el joven Coro del Villamarta, que sólo resbaló un poco en el carnavalero cuarto acto (y eso que son de Cádiz). Entre los comprimarios hubo desde lo execrable (Lukankin) a lo eficaz (Arrabal), de lo inexperto (Morales) a lo sabio (Farrés).Carlos Bergasa dominó sin problemas la interpretación vocal. Su voz, pequeña pero muy bien manejada, se adecua perfectamente al aforo del Villamarta, y su timbre, moderadamente hermoso pero ennoblecido por un fraseo muy variado, le ayudó a componer un Germont exquisito, de muy logradas medias voces y pianissimos que humanizaban al personaje. Algo débil en el aspecto escénico, en parte quizás debido también a su discreta presencia física, su actuación musical fue la joya de la noche, con una calidez en 'Di Provenza el mar' que llegaba con facilidad a la sensibilidad del oyente.Luis Dámaso fue hace un par de temporadas en este escenario un estupendo Rodolfo en La Bohéme. Quizás por ello su enfoque de Alfredo fue en exceso verista, abusando de los golpes de glotis y con una emisión innecesariamente abierta y un poco gritona. Defendió con corrección la más fea escena para tenor que escribiera Verdi, pero quedó descolocado en los momentos más líricos. De todos modos, su Alfredo fue atendible, en especial en lo que hace al aspecto físico del personaje, por juventud y porte. Manifestaba una cierta rigidez en escena que a la postre ayudó a trazar el carácter antipático de Alfredo que antes hemos resaltado.Ainhoa Arteta hizo una interpretación cuanto menos sorpresiva, por dos razones principales. Sorprende que, tras varias docenas de Violetas, su Violeta sea tan adocenada, y sorprende también que, con tantas apariciones en prensa del corazón, espacios televisivos del corazón y demás medios cardíacos, su interpretación sea tan poco sentida, con tan poco corazón y entrega. Adocenada ante todo por la escasa gama de emociones que demuestra en el poliédrico personaje de la cortesana, reducida por ella a una singular mezcla de cursilería ('Un dì felice') y sentimentalismo ('Addio del pasato') con unos leves toques histéricos ('Non sapete'). Poco sentida porque, pese a su desenvoltura en escena (no es en absoluto una actriz torpe o mecánica), flota alrededor de ella un aura de falsedad en sus gestos que llega a prolongarse hasta en los saludos al público, con expresiones de sorpresa bastante ridículas y una innecesaria afición a besar el suelo, todo ello conformando un rápido catálogo de concesiones a la galería.En lo estrictamente vocal, para poner un referente digno de su 'Sempre libera' habría que acudir a la alucinante interpretación que de la pieza hace Rocío Dúrcal en una de sus películas: sólo así podría disculparse que bajara ostensiblemente la página de tono, que su coloratura no fuera más que un canto labial y de escaso interés y que el final escuchado en el Villamarta no se pareciera a ningún otro de los muchos oídos hasta la fecha, sea en grabación o en directo. Es triste constatar el hecho de que el momento vocal de Ainhoa Arteta es muy delicado, por no decir grave: la voz ha perdido esmalte y carece de graves y su técnica resulta insuficiente para atajar los problemas, con un fraseo monocorde, bruscos cambios de registro y unos pianissimos que se convierten en susurro tremolante. Tras un acto segundo digno y un concertante del tercero muy descuadrado, pareció mejorar algo en las primeras frases del cuarto acto, pero la ilusión duró poco porque quebró la nota final de 'Addio del passato'...En suma, lo único destacable de la actuación de Ainhoa Arteta fue su capacidad de convocatoria de un público habitualmente ajeno al espectáculo operístico. Para hallar los puntos de interés de la función hay que acudir a la propuesta escénica de Francisco López, a la solvente dirección de Enrique Patrón de Rueda y, sobre todo, a la labor de Carlos Bergasa, al que en esta ocasión más que nunca es fácil comprender cuando al entrar en escena pregunta: Madamigella Valery?

Este artículo fue publicado el 13/06/2001

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