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Como la tónica

San Sebastián, 22/08/2001. Museo Chillida-Leku. Steffen Scheleiermacher, piano. Olivier Messiaen: Cantèyodjayâ. Franco Evangelisti: Proiezioni Sonore. Félix Ibarrondo: Silencios Ondulados. Luciano Berio: Sequenza IV. Pierre Boulez: Sonata para piano nº3 'Trope'. John Cage: Music for piano nº 1, 3, 4, 6, 7, 9, 10 y 12. Quincena Musical Donostiarra 2001. Ciclo Música del Siglo XX.
imagen Parece mentira, pero todo el programa que pueden leer ustedes sobre estas líneas se concentra en una hora exacta de música. Schleiermacher y la Quincena lo habían decidido así. Sesenta minutos de estricta música atonal, cuando no aleatoria, cuando no serial ... música en cualquier caso de la mejor que nos legó el siglo que ya se marchó. Sin duda, un buen ramillete de obras complejas, difíciles para un oyente medio, pero que lograron cautivar a un público que asistió entregado a la lección de música que nos dio el pianista alemán.Steffen Scheleiermacher pertenece a esa venerada y poco común especie de músicos que ha basado su carrera en la interpretación - y en el caso que nos ocupa también composición - de música contemporánea. Cómo el mítico David Tudor, o más inmediatamente como Aki Takahashi, Markus Hinterhäuser o Pierre-Laurent Aimard. Y algunos otros...Es una suerte además poder referir casi la exclusiva totalidad de las obras de este concierto con el correspondiente registro fonográfico a cargo de Schleiermacher. Y es que muchos, después de escucharle se quedaron con ganas de seguir. Un buen amigo mío - por cierto músico y por cierto vasco - dice que la música contemporánea es como la tónica, al principio cuesta acostumbrarse, pero luego no puedes parar de beberla. Pues, perdónenme la boutade, pero suscribo la frase al cien por cien. Nada más había que contemplar el rostro de sorpresa de gran parte del auditorio al comenzar a escuchar la sucesión de clusters de la serial Proiezioni Sonore de Franco Evangelisti (1926-1980). O el pánico que les sugirió descubrir que entre la Música para Piano número 1 y la número 3 de Cage, no existe ninguna diferencia apreciable. Pero conforme Scheleiermacher iba avanzando en su recital, el público aplaudía con más entusiasmo y complicidad ante el virtuosismo y la calidad interpretativa que el músico estaba demostrando. Al final resultó que la post-serial y deslumbrante Sonata para piano nº3 de Boulez arrancó hasta bravos. Lo ven ...como la tónica.Pero todo comenzó con la fantástica Cantéyodjayâ de Olivier Messiaen, obra fruto de lo que se conoce como el período experimental del músico francés, situado entre 1949 y 1951. Años en los que verían luz obras como el Libro de Órgano, la Misa de Pentecostés o el Modo de Valores e Intensidades. Composición pianística que se relaciona directamente la que nos ocupa. Compuesta en 1949, Cantèyodjayâ presenta ya los temas cíclicos que más tarde volverán a aparecer en la Sinfonía Turangalila. Ligada como la citada Proiezioni Sonore de Evangelisti y la Tercera Sonata de Boulez a los cursos de verano de la Escuela de Darmstadt, estas y otras piezas de Stockhausen y Clementi se encuentran recogidas en un estupendo álbum a cargo de Scheleiermacher cuyo disfrute es inagotable.La obra de Félix Ibarrondo (1943) era el homenaje del intérprete alemán a la tierra en la que se encontraba. La audición de sus Silencios Ondulados fue recogida con aprecio y cierta tristeza, por no ser precisamente Ibarrondo, lo que llamaríamos profeta en su tierra. Rara vez su figura cobra protagonismo, y menos aún son los casos en los que se interpreta su música. Haría falta una participación más activa de las instituciones para que se conociera suficientemente a un músico de la talla de Ibarrondo, capaz de construir obras tan personales como la aquí escuchada o la magistral Clameur de la nuit. Es una lástima pues que Ibarrondo no pueda codearse al mismo nivel de presencia mediática con las figuras de los maestros Luis de Pablo y Carmelo Bernaola.La Secuencia IV de Luciano Berio (1925) pasó en el programa como una pieza de transición entre las partituras de Cage y la página de Boulez que cerraba - eso creíamos - el programa. No se puede codear la Secuencia pianística de Berio con las de voz, flauta, oboe, etc ... con todo, se recibió con gusto, es una música de innegable buena factura, pero también de notoria frialdad.Por su parte John Cage (1912-1992) se erigió en hilo conductor de todo el concierto. Entre pieza y pieza, Scheleiermacher tocaba diversas páginas de las ochenta y cinco que componen la denominada genéricamente Música para Piano (1952-1956). En ellas Cage trabajó laboriosamente sobre el concepto de aleatoriedad y azar, distribuyendo sobre la partitura una serie de notas, la mayoría de ellas en pianissimo y abundantes efectos percusivos en el piano, siempre en el extremo del silencio; silencio que por otra parte se hacía patente entre cada una las notas que el pianista extraía del instrumento. La sorpresa llegó al final, cuando en agradecimiento a los aplausos, Scheleiermacher regaló como propina más números de la Música para Piano cageana. La desesperación empezó pronto a cundir en el auditorio; anochecía a través del inmenso ventanal que tenía tras de sí el intérprete, y la música de Cage parecía eternizarse en el tiempo, ningún evento sonoro distinto del otro, y entre ellos, silencios, silencios que encerraban más misterio que la propia música. El público empezaba a marcharse, algunos otros --bastantes-- rezagados deseábamos que nadie interrumpiera esa belleza sostenida en el tiempo que nos estaban regalando. Fue entonces cuando amablemente, fuimos invitados por la organización de la Quincena a marcharnos de la sala. El pianista había expresado su deseo de quedarse en completa soledad, tocando.Conforme dejábamos atrás el Caserío de Zabalaga situado en el corazón del Museo Chillida-Leku, los comentarios de los asistentes al concierto nos devolvían a la realidad. El que menos decía estar asombrado, un grupo de señoras de respetable edad comentaban haber quedado extasiadas, otros mostraban evidente signos de enojo ante los que no consideraban música y un señor con aspecto de muy sabio constataba la enorme modestia y el profundo amor que el pianista debía sentir hacia la música de Cage al haberse quedado solo con el piano, renegando de los aplausos finales, actitud, que puntualizo, sería impensable en cualquiera de los muchos divos pianísticos que copan los grandes escenarios con programas profundamente aburridos y de sobra conocidos.

Este artículo fue publicado el 12/09/2001

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Referencias:


Messiaen Cage Berio


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