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Granadinos del siglo XX: un compositor, un poeta y ¿un taquillero?

Valencia, 22/02/2002. Palau de la Música, Sala Iturbi. A. Roussel: Sinfonietta para orquesta de cuerda, op. 52. F. Poulenc: Concierto para órgano, orquesta de cuerda y timbales en sol menor. C. Saint-Saëns: Sinfonía nº 3 en do menor, op. 78. Martin Haselböck, órgano. Orquesta de Valencia. Miguel Ángel Gómez Martínez, director. Séptimo concierto de abono de la temporada de invierno. Aforo para la representación: 1800. Ocupación: 70%
imagen Aún albergaba ciertas esperanzas, pero actualmente ya no tengo ninguna duda: la izquierda está desorientada. ¡Y de qué forma! Hojeando el programa de mano del concierto, me enteré de que Gómez Martínez ha sido nombrado, supongo que por el ayuntamiento de su ciudad natal, 'Granadino del siglo XX junto a Manuel de Falla y Federico García Lorca'. Que sí, que sí: Falla, Lorca y Gómez Martínez. Ahora vas y lo cascas (perdón por la vulgaridad). Y que me venga alguien cantando milongas sobre el progreso de la humanidad, que esto no tiene reválida que lo remedie.Veamos, ¿tiene este crítico algún motivo personal para mostrar su disconformidad con el proceder artístico del titular de la Orquesta de Valencia? No, en absoluto. Incluso ha de dejar claro que, al parecer, sus músicos están más que satisfechos con él y que el público le aplaude (hasta algún bravo se lanzó desde las gradas el pasado viernes cuando acabó la sinfonía de Saint-Saëns). Lo único que al crítico le ocurre es que en el puñado de ocasiones que ha escuchado interpretaciones de Gómez Martínez se ha aburrido una enormidad. El granadino del siglo XX, título, por cierto, que convierte en reliquia a una persona que por poco supera la cincuentena, como si lo que fuera a hacer en la presente centuria ya no importara (¿Será dicho honor una malvada ironía?, No, demasiado inteligente para un político), el granadino, digo, tiene un concepto de la música entre monótono y demagógico. Monótono porque sus versiones carecen por completo de aura, porque detrás de las notas, que están todas, eso sí, no hay apenas nada, porque el nivel de magia que consigue es inversamente proporcional a la cantidad de sus movimientos (y se mueve mucho). Demagógico precisamente por estos gestos suyos que sólo subrayan lo evidente (se agacha hasta el suelo para indicar un pianísimo, se gira y arremete como un rabioso espadachín contra la orquesta en los fortísimos) y porque mecánicamente busca el aplauso fácil con unos finales acelerados, fuertes y brillantes (huera brillantez), como en la ya citada conclusión de la Tercera de Saint-Saëns.Dirige de memoria, ¡bendita capacidad! Y los profesores, ya se ha dicho, están contentos. No es de extrañar: su director siempre les va a guiar en su entrada. Entradas las da todas, con un virtuosismo envidiable. Ahora bien, ¿y la sustancia? Los taquilleros también reparten las entradas con esmero, pero el espectáculo comienza cuando el telón se abre. ¿Quién abre el telón de la Orquesta de Valencia, su director titular o los invitados?La Orquesta de Valencia, entonces Municipal, se creó en 1943. Por aquella época José Ferriz contaba con treinta años. Era un buen violinista a quien la Guerra Civil había sorprendido ampliando su formación en París, ya algo mayor, como él mismo reconocía, y después de muchas batallas musicales vividas, batallas por la supervivencia. Era de izquierdas, por lo tanto, pecador. Había dirigido en varias ocasiones a la Orquesta Sinfónica de Valencia, de la que era titular su maestro José Manuel Izquierdo, músico cabal a quien Ferriz adoraba y que fue marginado por la Dictadura. Con esta experiencia, a principios de la década de los cincuenta, Ferriz ascendió desde su atril de primer violín de la Municipal al puesto de subdirector. En realidad hacía las funciones de director, pero nunca se le concedió tal título. Se mantuvo en el cargo hasta 1962. Contaba con orgullo que, pasados los años, cuando los políticos de la Democracia intentaron revertir la afrenta y hacerle director de la orquesta con todos lo honores se dio el gustazo de decirles que no. Era un orgullo terco, como todos los orgullos, pero le alimentaba el alma. La razón de que se hable en pasado de Ferriz es que falleció hace poco. Y si se le trae a colación en estas líneas es porque el concierto que se está comentando pretendía honrar su memoria. Simplemente se trataba de acoger a la familia y de fingir unas palabras de la presidenta en el programa de mano de una sesión ya tiempo atrás diseñada. Yo preferiría que se publicaran, íntegras, las memorias que estaba escribiendo. Ya veremos.Ferriz sostenía la idea de que para que la Orquesta de Valencia hubiera nacido con buen pie, se tenía que haber trabajado sin prisas y desde la base, asentando primero una buena formación de cuerda (no se hizo: política obliga). Nadie sabe cómo habría sonado una orquesta de cuerda en la Valencia de la posguerra. Tan tremenda época da derecho a imaginar un sonido gris, desconchado y algo hueco, resonante como un gran estómago vacío. Pero que en la Valencia de Zaplana, la del siglo XXI, la de los mil proyectos deslumbrantes, la sección de cuerda de su orquesta no ofrezca apenas más signos que los de la panza cumplida y la manita de pintura encubridora poco consuelo aporta a quien piense en el casi medio siglo de su existencia.Y no es que no hayan mejorado las cuerdas valencianas. Lo han hecho y bastante, ¡cómo no lo van a hacer! Lo que ocurre, y aquí topamos de nuevo con el director, es que hay que soltar el espíritu, que nada transmite, el pobre, encerrado bajo siete llaves. Y que transmita por las manos de todos los intérpretes y no tan sólo de los que conducen la superficie de la música. Por eso, el viernes, en la Sinfonietta de Roussel se echó de menos toda la riqueza de color armónico y tímbrico de las líneas internas, la fibra que recubriera los tendones de la desbordante vitalidad rítmica.De nuevo la paleta de colores, la capacidad para recrear atmósferas, estuvo un punto magra en el Concierto de Poulenc, aunque el discurso intermitente de la obra, así como la espectacularidad del instrumento solista, bien conducida en su exigente variedad por Martin Haselböck, absorbe la inocuidad de versiones poco profundas.La sinfonía de Saint-Saëns también anduvo en el filo de la futilidad. El movimiento lento arrancó muy bello, pero a una velocidad tan contenida que anunciaba un desafío a la postre no vencido, el de mantener los pilares que sostenían todo el edificio. El resto, salvo el final tatachanesco, fue como todo el concierto, de una corrección mansa y estancada, como de casino de provincias.En fin, que unos se mueren rechazando honores y otros parecen querer enterrarse vivos bajo el peso de sus charreteras. Y, mientras, la derecha se apropia de los muertos de la izquierda, y ésta ya no sabe si vive o si se ha ido como un suspiro. ¡Qué tiempos más mediocres!

Este artículo fue publicado el 01/03/2002

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