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Inaugurar a golpe de XX

San Sebastián, 08/08/2002. San Sebastián, 8 de agosto del 2002. Auditorio Kursaal. Concierto Inaugural de la Quincena Musical. Carmelo Bernaola: Abestiak. Olivier Messiaen: Sinfonía Turangalîla. Félix Ibarrondo: Zuk zer dezu? (estreno absoluto). Kyoko Okada, soprano. Lionel Peintre, barítono. Euken Ostolaza, tenor. Josu López Soraluze, recitador. Valérie Hartmann-Claveria, ondas Martenot. Ananda Sukarlan, piano. Coral Andra Mari. Escolanía del Coro Easo. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Dirección: Juan José Mena.
imagen Seleccionar un programa basado en su totalidad en música del siglo XX para el concierto inaugural de un festival de música clásica es un propuesta muy arriesgada, diría incluso que temeraria si pienso que entre esas obras se encuentra un estreno de un compositor de vanguardia de casi una hora de duración. Y es que Galicia comenzó con un recital de la Caballé; el Festival Mozart con dos operitas del salzburgués y de Salieri; Santander con flamenco y Peralada con música catalana; pero los programadores de la Quincena Musical se han decantado, una vez más, por el compromiso con la creación contemporánea en una decisión que les coloca, con respecto a un tema tan peliagudo como problemático, diez años por delante de cualquier otro festival veraniego e incluso del público del suyo propio (por las muchas localidades vacías que no debieron estarlo).Como homenaje al recientemente fallecido Carmelo Bernaola, la Quincena decidió reponer un encargo efectuado al de Ochandiano para su edición número cincuenta (1989): Abestiak, que posteriormente pasaría a formar parte del Tríptico junto con Villanesca y Tiento, estrenado en 1999 por la Orquesta de Tenerife y Víctor Pablo Pérez. El propio Bernaola explica en las notas al programa que 'En Euskadi tradicionalmente la práctica musical más frecuente es la coral, es por ello que al plantearnos la realización de la obra, pronto surgió la idea de la música coral como punto de referencia y consecuentemente el mejor soporte en el que podíamos apoyarnos no podía ser otro que el de Juan de Antxieta, el gran polifonista de Azpeitia del siglo XV, capellán y maestro de capilla que fue de los Reyes Católicos".Dejando a un lado lo poco acertado que resulta elegir a un polifonista del siglo XV como representativo de la música coral vasca, la realidad es que la música se estructura en torno a un motete de Antxieta que Bernaola modifica, trocea, a veces descompensa, en ocasiones respeta y otras disuelve en un constante surgir y resurgir del material original en una serie de texturas tímbricas altamente contrastantes con lo que es la linealidad polifónica del motete. Un trabajo en ciertos aspectos similar a lo que prácticamente en las mismas fechas hizo Berio con su Rendering (En torno a Schubert), pero sin respetar la literalidad de la fuente original, por otra parte impracticable tratándose de un motete vocal.Tras el Bernaola, muy bien dirigido por Mena, la Sinfónica de Bilbao ofreció una selección de tres fragmentos de la Sinfonía Turangalîla de Oliver Messiaen en el décimo aniversario de su fallecimiento, concretamente Turangalîla 1, Chant d'amour 2 y Joie du sang des étoiles. Se notaba la seguridad consecuente de la intensidad con que la BOS ha trabajado a lo largo del año esta obra enorme, pero quizá aun algo lejos de las posibilidades de una orquesta como la BOS. Encomiable esfuerzo sin embargo para una versión muy disfrutable, y magníficas las actuaciones de Valérie Hartmann-Claverie al ondas Martenot y Ananda Sukarlan al piano.La segunda parte fue copada por la obra de estreno, el Zuk zer dezu? (¿Qué te ocurre?) del franciscano Félix Ibarrondo. Aunque la mención del epíteto pueda parecer innecesaria, no lo es desde el momento en que toda la obra gira en torno a uno de los centros franciscanos más importantes de la zona: el santuario de Aranzazu, que este año cumple medio milenio de permanencia en su maravilloso entorno natural, y desde el punto en que la visión que un franciscano pueda tener de uno de sus templos más significativos es lógico y normal que desemboque en un exceso de entusiasmo y energía que a los no tan allegados a tal orden religiosa o a ninguna otra nos puede dejar un tanto fríos. Me refiero a que, desde mi punto de vista y probablemente desde el de muchos otros, un oratorio de una hora de duración sobre visiones marianas y monjes y oraciones y además ordenados en una selección de textos bastante desacertada no es algo factible en pleno siglo XXI. Pero si Ibarrondo decide prestar su inspiración al servicio de la exaltación religioso-patriótica más rancia (porque el contexto del Zuk zer dezu? no es el mismo del de Aita Madina cuando compuso su Arantzazu), es perfectamente libre, de la misma manera en que nosotros lo somos de mostrarnos perfectamente indiferentes, como de hecho ocurrió, y que estimo no hubiese sido así si la misma música hubiese estado al servicio de un libreto de mejor calidad.La cuestión es que la música es buena: Ibarrondo consigue mantener la tensión durante la hora que dura el oratorio, aunque por momentos (porque hay pocos recesos en el nivel climatérico, porque su lenguaje tiende a saturar el espectro agudo, porque su rítmica y sus orquestaciones tienden a la agresividad) esa tensión se convierta en excesiva. Ayuda a la coherencia de la obra el que el lenguaje de Ibarrondo esté muy definido, aunque con la atenta escucha se puedan percibir ecos de un Ravel al servicio de un cristianismo panteísta con pajaritos y animalillos, de su maestro Ohana en el cuarto número dedicado a Iñigo de Loyola, e incluso de Messiaen en el espectacular Akelarre, uno de los momentos más logrados de todo el oratorio. No ayuda a la coherencia de la obra el que el tratamiento vocal de las palabras difiera entre el primer número (se usan las palabras como grupos de fonemas) y los restantes (en que se respeta su integridad). Tampoco ayuda la inclusión de melodías populares en determinados momentos, porque su aparición resulta muy poco natural. Tampoco funciona, desde mi punto de vista, el uso de un narrador: una solución fácil para hacer avanzar la acción, pero que resulta bastante antimusical, aunque parece que es un recurso muy del gusto de los compositores vascos.Con todo esto, la obra funciona y contiene números sencillamente bellísimos, como el Iñigo de Loyola. 'Tori Jauna', el anteriormente citado Akelarre y el Stella Maris con que comienza la segunda parte. Momentos dramáticamente muy intensos, como el Incendio y destrucción. Y otros extrañamente cálidos entre tanta aridez, sobre todo cuando Ibarrondo decide emplear las voces de niños. Los solistas vocales superaron el difícil reto de sus partichelas, en el caso de la soprano Kyoko Okada con brillantez. El recitador Josu Lopez Soraluze pecó de afectación. La Coral Andra Mari pudo con su difícil papel aunque con algún despiste, y los niños de la Escolanía se mostraron perfectamente seguros y dulces. Mena es un gran concertador de este tipo de música y bajo sus ordenes la Sinfónica de Bilbao rindió a la perfección.

Este artículo fue publicado el 15/08/2002

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