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Hegel y la definición de lo moderno

imagen El artículo de Robert B. Rippin "What was Abstract Art? (From the Point of View of Hegel)" publicado por 'Critical Inquiry' aborda la cuestión de la influencia de la filosofía hegeliana en determinadas concepciones idealistas de la historia del arte que tienen directamente que ver con la abstracción. Aunque el profesor de la Universidad de Chicago no se adentra en el mundo de la música, sí se refiere al idealismo en la teoría del arte en general, por lo que perfectamente podremos referirnos en este artículo a la historia y crítica musical. No en vano, ha tratado este asunto con gran acierto Alessandro Baricco en su justamente célebre 'El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin'.El arte abstracto, que no está dotado de cualidades imitativas, ha logrado éxito en el mundo occidental y esto provoca preguntas en los espectadores que, en muchos casos atónitos y en tantos otros fascinados, no aciertan a responder al fenómeno propuesto. Sin embargo, éste comienza a ser explicado en términos políticos y económicos. Sin ir más lejos, la influencia de las estrategias de la guerra fría sobre el serialismo integral ve por fin reflejo en publicaciones académicas y se nos plantea un panorama mucho más sencillo de observar.Sin embargo, no es la explicación del fenómeno lo que aquí nos interesa, sino la filosofía que subyace a que en determinados ambientes ajenos a la moderna musicología, una música sea considerada moderna, mientras que otra reciba la etiqueta de clásica. Es decir, como plantea Rippin, cuáles son los argumentos -basados en Hegel- que han llevado a algunos teóricos del arte y la música a considerar unas determinadas corrientes como modernas en sí mismas.¿Qué pensaba Hegel acerca de lo moderno?Siguiendo el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora, Georg Wilhelm Friedrich Hegel (Stuttgart, 1770 / Berlín, 1831) dice en la Fenomenología que sólo el espíritu (la espiritualidad, más bien) es real: «Lo espiritual es la esencia, lo que existe en sí mismo.» En 'la Naturaleza no cabe jamás un dominio completo de lo universal tal como es contenido en la razón absoluta; por eso la nauraleza es, en su extrañeza de la razón absoluta, el reino de lo contingente.' El espíritu marcha desde la naturaleza en busca de su independencia y libertad pasando por la consciencia. En la dialéctica, se camina hacia el espíritu, que es la auto-consciencia y la libertad.Rippin observa en la visión hegeliana del arte un desprecio por la naturaleza. El arte abstracto es un manifiesto en sí mismo por la radicalidad de su propuesta, que acusa al arte tradicional basado en las imágenes de esa naturaleza. La modernidad, en opinión del filósofo alemán, se alcanza huyendo de esa naturaleza para llegar a la auto-consciencia y la libertad citadas. Por ello, un arte basado en la imagen, en la imitación de la naturaleza, carece de sentido. Según Rippin, Hegel es el único filósofo prominente que ha defendido que el arte tradicional no sirve a 'las más altas necesidades del espíritu humano.'De este modo, la filosofía del arte se hace más importante que nunca porque el arte que Hegel considera moderno nos invita a la reflexión intelectual. El filósofo une toda manifestación artística a lo divino, pero no en referencia directa a Dios, sino a lo divino que hay en el hombre, el espíritu. Puede que sea, según Rippin, el único filósofo de su tiempo para el que la belleza de la naturaleza no tiene significado. Ésta carece de espíritu, es aburrida. De hecho, algo retratado tiene más significado para el hombre que el objeto del retrato en sí mismo.Esta serie de planteamientos hegelianos es resumida por Rippin en tres. Primero: 'Toda forma de arte debe estar en disonancia con una forma a priori.' Segundo: el progreso es el camino hacia la auto-comprensión, entendido como una liberación del estado de naturaleza, que es subjetivo, a favor de la búsqueda de la razón. Tercero: que las actividades del espíritu (arte, política, religión...) se unen en común proyecto y que la consecución del conocimiento y la libertad viene de ese conjunto indisociable de procesos culturales.De este modo, el planteamiento artístico de Hegel es de perfeccionamiento histórico y se apoya en el humanismo del que procede. Defiende así el mito del progreso, el dios de la historia. A medida que el hombre avanza en este proceso de perfeccionamiento y se aleja de la naturaleza, la imaginería representativa se hace menos adecuada para representar la genuina libertad de la vida. La obra se convierte en auto-consciente y se hace menos histórica, puesto que se universaliza. Esta obra que pretende Hegel no debería morir -como sí hicieron el arte de Grecia, Roma, el Románico y todos los estilos anteriores-, sino que debe permanecer, pues se acerca más al espíritu humano en toda su complejidad. Por eso el arte moderno, a diferencia de tiempos anteriores, no debe jugar un papel social.Hegel tuvo también un activo papel en cambiar la apreciación estética del gusto-belleza-placer a crítica-significado-autoeducación. Esto último es su aportación más importante, puesto que es el primer filósofo, según Rippin, que propugna que la obra de arte debe ser comprendida como parte de su tiempo y que es capaz de concebir el arte no solamente como lo bello, al contrario que Kant -quien acentuó la importancia de la belleza natural.De este modo, Hegel establece una jerarquización en las manifestaciones artísticas que depende directamente del alejamiento de lo que se considera natural.¿Qué nos ha dejado en música?Vemos así cómo el mito del progreso permite a los filósofos románticos decidir lo que es moderno y lo que no. Sobre esta base, la música de concierto y en menor medida la ópera, se dotan de una liturgia que las convierte en actos de reflexión filosófica y las aleja del espectáculo en que se habían convertido durante el siglo XVIII. El silencio entra en las salas de concierto, los aplausos se reducen a los finales de la obras y el público comienza a sentir una veneración por la cultura -por supuesto, blanca y eurocéntrica- que es el germen de lo que Baricco llamará sensación de sordera intelectual, o miedo del público a reconocer su disgusto ante una obra determinada.Buena parte de la musicología de corte idealista, especialmente en Francia y Alemania y por tanto, en los países que han bebido de esa tradición, como España, se vuelca en hacer encajar a sus biografiados y en general, todos sus objetos de estudio, en este modelo hegeliano, que llega a la música a través de Eduard Hanslick y Theodor Adorno -de los que hablaremos en próximas entregas de Thinking in the rain. Esta concepción teleológica de la historia de la música condujo a la invención de mitos para que la realidad, obstinada como es, encajase con las esencias históricas propuestas a priori.De ahí que Rippin considere las propuestas artísticas de Hegel simples y carentes de fundamento hoy en día. Haremos, sin embargo, dos salvedades que parecen fundamentales y que representan el mérito mayor de la hegelianización -si se me permite la palabra- del discurso artístico: la certeza de que el conocimiento del arte del pasado es siempre histórico y la liberación de la obra del concepto de lo sublime.La primera es fundamental para poder estudiar un período. Hoy en día, a nadie se le escapa que como objeto cultural producido en un marco social, la obra del arte debe estudiarse en función de las estructuras que la rodean y de las mentalidades en que se forja, aun teniendo siempre en cuenta que los resultados del estudio están pasados por el tamiz de las propias estructuras y mentalidades en que vive el historiador.Con respecto a la muerte de lo sublime, hemos logrado que el arte no sea absolutamente dependiente del concepto de belleza. Primero porque la belleza es un concepto temporal no sujeto a definición universal, sino a los cánones propios de cada cultural y fecha. Y segundo, porque el arte como representación humana no tiene porque reducirse a lo agradable y lo complaciente.La otra aportación de Hegel es, sin embargo, esa teleología de la creación que huye de la naturaleza. Por desgracia, ésta ha servido siempre en los momentos de mayor debilidad de la promoción democrática de los artistas para elevar a oficiales tendencias que no están de acuerdo con las sociedades en que se crean y que promueven incluso formas de promoción escasamente acordes con la democracia. Mientras el serialismo integral se convierte en vanguardia oficial de los países occidentales en los años posteriores a la II Guerra Mundial, la Unión Soviética de Stalin insulta y tacha de formalista cualquier desviación del canon tradicional y asume como propia de su régimen la música de la burguesía y la aristocracia decimonónicas. En ninguna de las dos opciones tuvo el público capacidad para decidir. El discurso hegeliano cae en el bando occidental en una terrible contradicción puesto que la obra no es auto-consciente, como Hegel desearía, sino que sirve directamente a nítidos intereses políticos. Pero eso es materia de otro artículo.Como digo R.G. Collingwood ya en 1946: «El viejo dogma del progreso histórico único que llega hasta el presente[...]es de esta suerte mera proyección de la ignorancia del historiador sobre la pantalla del pasado.»Hoy en día, sin mito del progreso que nos presione, la modernidad no se puede medir y las clasificaciones estilísticas se han derrumbado, lo que no impide que el común discurso de la divulgación musicológica menos informada, continúe vendiendo esencias que carecen de sentido y confunden al público. Pero las nuevas corrientes, que han apartado esta herencia, tendrán también su hueco en esta sección.El mito del progreso, obviamente, no es privativo de Hegel. Simplemente, es él quien al categorizar el progreso en el arte como una huida de la naturaleza, lleva a considerar mejor lo más extraño que lo representativo. En Hegel se apoyan quienes, no contentos con defender determinados ismos europeos de pre-guerra, defienden la abstracción americana de post-guerra en función de su modernidad. No se desprenda de este comentario el menor menosprecio a estas corrientes, pero sí un reproche a la forma en que han tratado de legitimarse. Quienes amamos a Pollock o Rothko, no necesitamos pensar que son mejores que aquellos que en el mismo tiempo y lugar, pintaban figuras proporcionadas y de perfección formal sin tacha.Debería esperarse lo mismo de quienes veneran a los compositores de la vanguardia experimental, los atonales, los seriales, los dodecafónicos...

Este artículo fue publicado el 11/12/2002

Más información


- BARICCO, Alessandro: 'El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin. Una reflexión sobre música culta y modernidad' Madrid: Siruela, 1999. Biblioteca de Ensayo 12. Traducción de Romana Baena Bradaschia de 'L'anima di Hegel e le mucche del Wisconsin. Una riflessione su musica colta e modernità' (1992).- COLLINGWOOD, R.G.: 'Idea de la historia' Fondo de Cultura Económica. México, 1965 [Londres, 1946] [Pag. 314]- FERRATER MORA, José: 'Diccionario de Filosofía' Edición actualizada de Josep-Maria Terricabras, 1994. Círculo de lectores, 2002.- RIPPIN, Robert B.: 'What was Abstract Art? (From the Point of View of Hegel)' En Critical Inquiry. Fall 2002. Volume 29. Number 1 [Pp.1-24]

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