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Las satánicas ambiciones de Lady Macbeth

Turín, 03/12/2002. Teatro Regio, 'Macbeth' de Giuseppe Verdi. Melodrama en cuatro actos, libreto de Francesco Maria Piave y Andrea Maffei (versión de París de 1865). Director de escena: David Puntney. Escenografía: Stefanos Lazaridis. Vestuario: Marie-Jeanne Lecca. Coreografia: Vivienne Newport. Iluminación: Jurgen Hoffmann. Leo Nucci (Macbeth), Andrea Papi (Banco), Sylvie Valayre (Lady Macbeth), Antonella Scarlata (Dama), Antonello Palombi (Macduff), Massimiliano Pisapia (Malcolm), Carmine Monaco (Médico), Vladimir Jurlin (doméstico), Alessandro Inzillo (sicario), Vincenzo Vigo (1a aparición), Camilla Santucci (segunda aparición), Francesco Contino (tercera aparición). Orquesta y coro del Teatro Regio. Maestro del coro: Claudio Marino Moretti. Director de orquesta: Bruno Bartoletti. Aforo: localidades, 1700. Ocupación 80 %
imagen Esta producción de Macbeth ofrecida en el Teatro Regio de Turín procedía del Opernhaus de Zurich, donde se estrenó el año pasado. La dirección escénica de David Puntney, con el decorado de Stefanos Lazaridis, el vestuario de Marie-Jeanne Lecca, la coreografía –aunque se presentaba la versión parisina de 1865 de la ópera de Verdi, sin el ballet correspondiente al tercer acto- de Vivienne Newport y la iluminación de Jurgen Hoffmann, demostró un intento de super-interpretación psicológica de la tragedia shakespeariana, que haciendo caso omiso -una vez más- de las indicaciones del libreto (y el de Francesco Maria Piave es bastante fiel al texto original) desconcertó a gran parte del publico y de la crítica.Los italianos, en lo que se refiere al propio melodrama especialmente, siguen siendo muy conservadores y el publico de Turín el que más por definición. Lo que no quiere decir que se descomponga en abucheos o actitudes irrespetuosas. Sin embargo la expresión que aleteaba en las caras, respecto a lo que pasó en escena, era de desconcierto.El trabajo, en este caso, ha pecado de demasiado intelectualismo, pidiendo al publico un esfuerzo desmesurado para entender, si es que había que entender, todas las ocurrencias de la puesta en escena. La acción se desarrolló en un gran espacio vacío en el que un contenedor de forma cúbica (ya visto en la producción de Graham Vick en la Scala de Milan, por cierto) ofreció cobijo a los intérpretes: siendo la habitación en la que conjuraron 'Macbeth' y su 'Lady', luego la habitación del 'Rey Duncan', etc. etc. a lo largo de toda la ópera. No fue una limitación, todo lo contrario, al ser móvil y giratoria, al tener paredes acristaladas, espejos y gracias a una iluminación que, como suele pasar en estos montajes, tuvo una importancia fundamental.Lo mismo el tratamiento del coro –magnifico, como siempre el del Teatro Regio, tanto en su vertiente musical, guiada por Claudio Marino Moretti, cuanto por su disponibilidad actoral- tuvo momentos de feliz hallazgo: las brujas, todas vestidas en los tonos del rojo vivo pero con atuendos modernos y muy dispares, repetían movimientos autísticos y, en un principio, dieron la impresión de ser los huéspedes de un sanatorio psiquiátrico.'Lady Macbeth', con un atuendo negro de bellísimo corte, tuvo una actitud dominadora y sadomasoquista en su presentación, degenerando hasta la locura en la escena del sonambulismo. Fue defendida vocalmente con gran inteligencia, más que con la potencia de la voz, decididamente hueca en los centros, por Sylvie Valayre, una cantante que es siempre una garantía de musicalidad y de profesionalidad. Su acento, siempre acertado en la dicción perfecta y tajante con un fraseo variado y de gran profundidad, fue el arma que le permitió dominar su particela, logrando un personaje de total credibilidad.Pero el que se reveló como el intérprete ideal fue, una vez más, Leo Nucci: su interpretación se dobló dócilmente a la intención del regista que de 'Macbeth' da una imagen siempre más débil psicológicamente al avanzar la tragedia (al punto que las brujas se mofan de él durante la escena del tercer acto) y que acaba decididamente enloquecido, mentalmente alienado, en el final de la ópera ofreciéndose como víctima casi sin luchar contra acaecer ineludible de las profecias. A una interpretación actoral soberbia, donde demostró la ductilidad del intérprete que, a pesar de los años y de las múltiples experiencias, está siempre dispuesto a integrarse en nuevas experiencias teatrales, unió un canto ejemplar, tanto en la administración de la voz, que puede abarcar el agudo sfogato con extrema potencia en la emisión, como las medias voces y los pianísimos, además del colorido de su paleta expresiva, llena de matices e intenciones.No desfiguraron los roles di fianco, si es que tal podemos considerar el de 'Banco', representado por el joven y bien timbrado bajo Andrea Papi, al que correspondió la figura más emblemática impuesta por la regia, la del intelectual que con sus escritos condena y acusa el poder y la dictadura. Una simbólica máquina de escribir fue el testimonio que, antes de ser asesinado por los sicarios, pasó al hijo 'Fleance'; el que volvió a aparecer en el final, enfrentándose mudo a 'Malcolm', el valiente tenor Massimiliano Pisapia, nuevo rey e hijo de 'Duncan', como una amenaza inocente y poderosa. Marginal, pero importante musicalmente, 'Macduff' fue bien cantado por Antonello Palombi, tenor en alza en el panorama italiano.Lo que no dejó lugar a dudas fue la dirección de orquesta a cargo del veterano e infalible Bruno Bartoletti, realmente una autoridad en la batuta y no sólo en este repertorio. Su lectura de la ópera de Verdi que se sitúa al margen de los llamados 'años de galera', fue densa de dramatismo, de ritmo y de pasionalidad, con unos concertanti llevados con esa mano feliz que hace levantar el ala de águila del canto verdiano con un énfasis sobrecogedor y verídico, sin fáciles efectos pompier y sin caer en la trampa de un allanamiento bandístico en el que algunos llegan a tropezar. Una dirección que ha alentado a los cantantes, que bajo su batuta no tienen por que preocuparse pues es uno de los pocos que siguen defendiendo las voces, y que ha enardecido al publico que, finalmente, le ha dedicado una acogida triunfal, compartida con los protagonistas. Todos menos el regista que no salió a recibir los aplausos. Se comentó que la culpa fue un accidente ocurrido con la orquesta, que no aceptó tocar la ópera en solo dos partes (costumbre bastante frecuente hoy en día) pretendiendo entre el primer y segundo acto una pausa ‘técnica’ de 10 minutos. Una actitud ‘sindical’ muy discutible y que muy poco tiene que ver con un trabajo que, finalmente, debería ser unificado hacía un único resultado artístico.

Este artículo fue publicado el 16/12/2002

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