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Hubo pianista, orquesta y compositor, pero no director

Santiago de Compostela, 12/12/2002. Auditorio de Galicia. Ewa Poblocka, piano. Real Filharmonía de Galicia. Adrian Leaper, director. Programa: Francisco Lara Tejero, Hopscotch; Frédéric Chopin, Concierto para piano y orquesta nº 2 en fa menor op. 21; Francis Poulenc, Sinfonietta. Aforo: 1000 personas. Asistencia: 60 %
imagen Es vox populi que las orquestas españolas no tocan apenas música del siglo XX, sin embargo los datos objetivos indican exactamente los contrario, la mayoría de las orquestas tocan mucho siglo XX y son exclusivamente las más tradicionales -ONE, etc.- las que no acaban de normalizar su repertorio, oscilando entre estrenos 'oficiales' que no acaban de atraer al público y un exceso de gran repertorio clásico-romántico. Pero incluso dentro de esta tónica de renovación del repertorio, la Real Filharmonía de Galicia puede considerarse una de las orquestas que más cantidad de música del siglo pasado introduce.El concierto se inició con Hopscocht de Francisco Lara Tejero (1968, alumno de Harrison Birtwistle), obra ganadora del Premio de Composición de la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas en su convocatoria de 2001, lo que hace que vaya a ser tocada próximamente por otras orquestas españolas. Se trata de una obra muy adaptada a su finalidad, 'comercial' en el buen sentido de la palabra, tanto por la capacidad expresiva del material temático empleado (que busca lo sensual, más que lo emocional o directamente comunicativo) como por sus exigencias tímbricas, una orquesta mediana, curiosamente sin percusión. Sobre el material base se hacen cinco lecturas sucesivas donde el orden va variando, en clara referencia a Hopscocht (en español Rayuela), la novela de Cortázar, donde el orden no es aleatorio, pero sí una cuestión de decisión personal.Después llegó el plato fuerte de la noche: la actuación de la polaca Ewa Poblocka, intérprete destacada precisamente en la obra de Chopin. Personalmente no me resultó fácil juzgar su actuación, ya que la semana anterior había escuchado a Sokolov, mi pianista favorito, y se me hacía difícil evitar las comparaciones. Poblocka tiene un buen fraseo, matiza muy correctamente, consigue un sonido no muy potente pero agradable y sabe arrastrar a la orquesta. No es una virtuosa, pero tampoco Chopin lo era, y Poblocka tiene una afinidad con el compositor grande, como demostró en las 'propinas' que tocó: dos mazurkas chopinianas o en ese evanescente efecto del jeu perlé del segundo movimiento del Concierto. Su principal defecto está en el uso del pedal, a veces algo sucio, y en su propia capacidad poética o de ensoñación, dos aspectos que Sokolov dominaba.Pero lo peor de la noche fue Leaper, un director que tiende a lo 'facilón', a descuidar esos pequeños detalles que transforman una interpretación pasable en una buena. No es que se olvide de las indicaciones melódicas o dinámicas de la partitura, sino que se limita a los aspectos más evidentes, sin matices ni delicadezas.El resultado es un Concierto donde la juventud y falta de experiencia de Chopin se convierten en inmadurez, donde suenan más tópicos y 'frases hechas' de las que tiene en realidad la partitura. Y donde, por supuesto, la pianista tiene toda la responsabilidad de mantener la obra en pie, con escasa ayuda de la orquesta.En la Sinfonietta de Poulenc, Leaper estuvo más suelto, con un gesto más amplio y más atento a la orquesta, con unos planos sonoros bien organizados -excepto en la coda que se 'cayó' totalmente- pero sin salirse de su convencionalismo habitual. El público respondió con su cortesía igualmente habitual: unos aplausos moderados que convencieron tan poco como el propio director.

Este artículo fue publicado el 23/12/2002

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