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Múltiples caras tiene el s. XX

Barcelona, 25/04/2003. L'Auditori. Orquesta Ciudad de Barcelona y Nacional de Cataluña. Raquel Pierotti , mezzosoprano. Manuel Barrueco, guitarra. Joseph Pons, director. Richard Wagner: Preludio de ‘Tristán e Isolda’. Joseph Soler: ‘Poema de Sant Francesc’. Roberto Sierra: ‘Folias de España’. Igor Stravinsky: Suite de ‘Petruschka’. Temporada de abono de la OCB
imagen El concierto de este fin de semana de la OBC contaba con diversos alicientes aglutinados bajo el director invitado, Josep Pons, de quien es sabida su trayectoria afín al repertorio contemporáneo, y yo me disponía a disfrutar de un concierto de música del s XX. Así, lo que parecía situado como primera obra de concierto, si bien no era del s.XX sino que ha sido su barco insignia: el Preludio del Tristán de Wagner, parecería estar programada para ir acostumbrando al público a las siguientes obras. Pues nada más erróneo que esta prevención inicial mía: ha estado una de las versiones más bien construidas que un servidor haya escuchado en directo. Dirigida casi escenográficamente y con tempi más lentos de los habituales (a las antípodas de aquello de pensar en que la primera obra pase enseguida, que lo sustancial viene después) los presentes, por desgracia no en gran cantidad (parece mentira que el s. XX todavía no atraiga a la gente del s. XXI) la premiaron con satisfacción.A continuación, y me sabe mal decirlo, la obra de Josep Soler no traspasó al público, que solamente ha aplaudido al autor al subir al escenario (es una sensación mía) más por su persona que por la concreta obra acabada de escuchar. Efectivamente, Josep Soler es un personaje estimado por el entorno musical de Barcelona. Muchos hemos sido alumnos suyos y profesamos ante él gran debilidad y, vuelvo a hablar exclusivamente en nombre propio, resulta importante haberlo tratado para entender su música que emana de su particularísimo mundo, a menudo con ideas fijas (como recuerdo haberle oído decir que la vida son tres o cuatro cosas).Musicalmente la obra, impecablemente construida en su textura, no me ha acabado de gustar. No he reconocido a Soler. Me han llovido referencias continuas a otros autores sin que me haya dejado influir por el programa de mano que propone como llaves de lectura a Alban Berg, Mahler y a Bruckner. A Berg no le he visto en ninguna parte, de Bruckner quizás (y quizás también porque acababa de escuchar el Preludio del Tristán) el trabajo temático sobre una célula anacrúsica, y de Mahler sólo la física presencia de una mezzosoprano y el juego de la dualidad, primero menor y después mayor ,del reposo final. En cambio he visto Bartók por todas partes, en concreto, la Música para Cuerdas Percusión y Celesta. Y se me hace muy extraño encontrar un referente tan unívoco en la obra de un tan personalísimo autor. Esperaba verme inmerso en el mundo de Josep Soler y no ha sido así. La mezzosoprano Raquel Pierotti tampoco ha ayudado. Demasiado vibrato, demasiada angulación para un texto tan sencillo y directo que no se entendía.La primera pieza de la segunda parte estaba entroncada con el Festival de Guitarra de Barcelona en el que ha sido la primera colaboración de estas dos programaciones. Y realmente es difícil de conjuntar el mundo orquestal con uno de los instrumentos más recalcitrantemente solistas como es la guitarra. Se optó por dar un poco de amplificación a la guitarra. Es una excelente idea (no en balde se inventó la guitarra eléctrica, porque los guitarristas estaban hartos de que no se les oyera) pero puestos a usar la tecnología, habría de usarse completamente. Situar un micrófono enfrente de la guitarra hace correr el riesgo de escuchar lo que no hace falta y, si efectivamente en los pasajes conjuntos la mezcla era muy buena; en cambio, en los momentos de guitarra sola se oían demasiado los golpe de los dedos. Existen guitarras clásicas con amplificación ya incorporada y este tendría que ser el siguiente paso. Olvidando este detalle, el s. XX no apareció demasiado por ninguna parte en el Tema y Variaciones sobre la Folias de Roberto Sierra. Yo seguía viniendo con la idea de escuchar música del sXX., espesa, incisiva, difícil, intelectualmente compleja, y me encontré con unos momentos virtuosos guitarrísticos encima de una conocidísima rueda de acordes. Música placentera, pero yo tenía otra idea en la cabeza.Y finalmente, Petruchka de Stravinski. De nuevo una obra conocida, y éxito de la orquesta y del director. Excelentes los solistas con partes comprometidas (flauta, corno inglés, trompeta y me permito destacar el acierto de tener como colaborador al piano a Daniel Espasa, un verdadero talento, en este caso interpretativo, pero completo en muchas facetas musicales) y excelente Josep Pons con una dirección más contemporánea, haciendo caso a Stravinski y dirigiendo más las frases, los acentos que no manteniéndose impertérrito aferrado a una partitura plagada de cambios, separando bien los bloques, conduciendo con precisión los crescendi, etc.Si, me sabe mal que volvieran a ganar las obras conocidas ante las nuevas. Yo soy de la idea inversa: el Tristán y Petruchka los puedo escuchar en casa siempre y cuando quiera, en cambio, a Josep Soler y Roberto Sierra no. ¿Me estaré haciendo mayor?

Este artículo fue publicado el 08/05/2003

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