Obituario

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Un maestro, rico y generoso

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La noticia de la muerte de Ángel Mayo, no por esperada menos desgarradora, me la dio anoche mi hijo con un mensaje al móvil. En aquel mismo momento, bendita casualidad, Belmonte cantaba: "Nunca olvidaré tu clemencia; mi gratitud será eterna. En todo lugar, en cada momento, proclamaré tu majestad y tu nobleza. Quien sea capaz de olvidar tanta bondad, merece ser tratado con desprecio", y después el resto de los personajes de El rapto en el serrallo iban repitiendo lo mismo, aunque yo apenas les escuchase.Anoche perdí a una persona que durante casi treinta años ejerció, a menudo simultáneamente, como amigo, maestro y padre (y en alguna ocasión de abuelo, haciéndose cargo de mi hijo durante unos días).

Las sensaciones y los recuerdos se agolpan y entremezclan, y no me resulta fácil escribir la necrológica de Ángel: algo en mí se niega a asumir que ya no está entre nosotros.Conocí a Ángel en 1976 cuando comencé a escribir en Ritmo, revista de la que era subdirector nominal, pero director a todos los efectos (cosas de la legislación sobre prensa de la época), y tuve la fortuna de que me prestase la máxima atención. Cada una de mis pequeñas crónicas sobre la paupérrima vida musical gallega de la época era leída con lupa y yo esperaba impaciente su llamada telefónica para 'ponerme los puntos sobre las íes': me hacía ver todos y cada uno de mis errores, argumentos no probados, excursos injustificados, mala planificación de la crónica, imperfecciones del castellano ("tú tienes derecho a utilizar peculiaridades del gallego, Valle-Inclán o Fernández Flórez te avalan, pero no a escribir mal el castellano") y mal uso de la puntuación.Creo que el primer aprobado me lo concedió con ocasión de mi primera crítica al Concurso de composición 'Arpa de oro' en 1978. Mi demoledora crónica iba totalmente contracorriente del resto de la crítica y Ritmo no se podía permitir disgustar a la Confederación española de Cajas de Ahorros. Ángel me llamó, me preguntó por mis argumentos, se los dí, me explicó la situación y acabó pidiéndome que viajara a Madrid para la reunión mensual de redacción. En ella me presenté con las partituras de las seis obras finalistas y mis notas. En la mesa de redacción, Ángel me sometió a un durísimo e inteligente exámen y me obligó a defender mi crítica como si fuese un trabajo de investigación. No dejó una sóla frase suelta y al final anunció que la crítica se publicaría, puesto que mis argumentos eran consistentes. A la salida y ante mi sorpresa, dos de los redactores me reprocharan que me hubiese 'rebajado' a aceptar ese interrogatorio. Les expliqué que para mi formación científica eso era el modo de acercarse a la verdad, o por lo menos de llegar a conclusiones, y que me sentía muy orgulloso de la oportunidad que me había dado Ángel Mayo. No hablamos más del tema, pero con el tiempo comprendí que ni yo había entendido el sentido de su reproche ni ellos entendieron mi respuesta.

Desde entonces conté con Ángel como mi más cariñoso consejero y mi más severo crítico, tanto en cuestiones de prensa e investigación musical como en temas relacionados con mi carrera como funcionario público. Siempre supe que su opinión era relevante en mi toma de decisiones, con independencia de cuál fuese mi actuación final. Ángel y yo creíamos en la posibilidad de aprender y de razonar, de acercarse a un ideal de verdad; ambos creíamos también que la autoridad -racional y consecuencia de la libertad- debe ser ejercida, y que cuando no se ejerce es sustituida por el poder que es irracional y autoritario. Cuando muchos años más tarde se invirtieron las tornas y el editor era yo, Ángel exhibió la misma disciplina que me había enseñado. Jamás tuve el menor roce con él cuando le sugerí cambios en sus artículos. Sé que otros editores se quejaban de las airadas protestas de Ángel cuando le recortaban sus artículos, pero no he leído que ninguno de ellos mencione que sus recortes fueron consecuencia de una negociación frustrada; la versión de Ángel era siempre que había sido censurado sin que nadie hubiese hablado con él sobre su artículo.

Quienes tuvimos la suerte de trabajar con él, conocemos el extremo cuidado con que precisaba los datos y su insaciable ansia de información. Cada vez que escribía un párrafo sobre un tema ajeno a su especialidad, consultaba el más mínimo detalle y era capaz de leerse un par de libros para justificar una afirmación en un párrafo secundario. Por lo que respecta a sus grandes temas, su afán de profundización era insaciable y esperaba con impaciencia la publicación de las grandes revistas de musicología, especialmente Cambridge Opera Journal, XIXth. Century Music, The Musical Quarterly y The Journal of American Musicological Society, que en la última década han dedicado atención preferente a Richard Wagner, Richard Strauss y Anton Bruckner desde las perspectivas de los sistemas productivos, la difusión y la recepción, así como su utilización por parte del poder político. Puedo dar fe de que Ángel Mayo ha leído todos y cada uno de los libros y artículos científicos relevantes que se han publicado en los últimos quince años en inglés, italiano y alemán sobre sus grandes temas de interés.Por eso no deja de sorprenderme cada vez que el preclaro ignorante de guardia lo acusa de tener "una concepción desfasada del problema Wagner", de poseer "unos gustos anacrónicos" o de ser "un añorante irredento". Todo lo que escribió Ángel Mayo en los últimos años estaba basado en una información actualizada hasta la inmediatez, teniendo en cuenta las perspectivas más radicales y vanguardistas sobre Wagner y la música alemana de su época y posterior; mientras que sus críticos -en el mejor de los casos- manejan informaciones y perspectivas características de los años setenta del pasado siglo.

Cierto es que la concepción historiográfica de Ángel Mayo se correspondía con una visión idealista de la historia de la música, teñida incluso de platonismo. Pero no es menos cierto que conocía perfectamente, y había reflexionado mucho sobre ellas, todas las corrientes historiográficas actuales y estaba al día de sus perspectivas. Como muestra de ello queda su creciente interés por la cuestión del colaboracionismo -el último encargo científico que me hizo fue una pesquisa en los archivos de Baviera sobre unos documentos del proceso a Knappersbusch-, su también creciente rechazo de las régies con pretensiones pedagógicas o su convicción de que es el público el principal juez del artista creador: de ahí su admiración por Richard Strauss y su defensa de El caballero de la rosa como paradigma de la modernidad operística de su época y, por consiguiente, como fuente de soluciones para la crisis de la ópera en los años setenta y ochenta del pasado siglo. La revitalización actual de la ópera por el trabajo conjunto de compositores con sentido teatral y directores de escena con sentido común, parece darle la razón a Ángel.

El rigor, la precisión y la veracidad que caracterizan sus artículos son virtudes incorporadas al concepto de traducción utilizado por Ángel Mayo, un traductor apasionado, idealista, que soñaba con 'recrear' en español no sólo el texto y el contexto, sino también el aroma y la emoción originales. Por eso otorgaba a la traducción unos valores éticos semejantes a los de la propia creación intelectual, y se irritaba no tanto con los errores conceptuales o terminológicos -aunque fuesen graves- como con aquellos errores que demostraban falta de comprensión y fidelidad al pasaje o a la acción, aunque desde el punto de vista gramatical o terminológico pudiesen ser considerados como un simple lapsus. Utilizo conscientemente el término 'valores éticos', pues el idealismo que impregnaba toda la epistemología de Ángel Mayo se los otorgaba a la creación intelectual en la mejor de las tradiciones humanistas. No en vano Ángel amaba el cine de Frank Capra. Pero también lo utilizo en un sentido pragmático, pues en su condición de experto en administración pública Ángel concebía al intelectual como un servidor de la comunidad, cuyo trabajo tenía como destinatario el bien común y por eso la deontología del intelectual y del artista debe regirse por los principios de imparcialidad, neutralidad y objetividad que deben caracterizar el ejercicio de la función pública. Para Ángel Mayo, las subvenciones directas a los productos artísticos adolecen del vicio de interferir entre el artista y su destinatario, además de correr el riesgo de convertir al creador en un 'artista de corte'; las subvenciones y los mecenazgos deberían beneficiar primordialmente al público o el acceso del público a los espectáculos, nunca a los propios espectáculos, pues de esta manera se benefician de las subvenciones independientemente de su aceptación.

Del mismo modo, el crítico cultural debe tener al público, al lector, como destinatario de su reflexión y establecer una relación de mutua confianza con él. Cuando el destinatario de la crítica es el artista, o peor aún el productor o el comitente, se ha pervertido la esencia ética de la crítica. Creo innecesario explicar el juicio que le merecían aquellos críticos que se dejan comprar, pero sí recordaré que para Ángel Mayo no eran menos delincuentes aquellos críticos culturales que compatibilizan un puesto público de gestión cultural con la crítica sobre actos relacionados con su propia gestión, y más aun, cuando perciben en su condición de crítico emolumentos del propio organismo en el que desarrollan su labor profesional.

Mi biblioteca está bien surtida en el terreno wagneriano, y casi todos los ejemplares tiene una dedicatoria suya que no llegan a ser un testamento, pero se le asemeja. En su traducción de Los maestros cantores de Nuremberg tengo la siguiente dedicatoria fechada el 24 de mayo de 1983: "¡Cantad, para que rabie el señor marcador!". Desde hace años un 'señor marcador', empleado en un teatro público español, viene dedicando su tiempo y sus esfuerzos -que son propiedad de los contribuyentes- a difamar a Mayo, a través de escritos anónimos o firmados con seudónimo, que dirige a las editoriales y publicaciones periódicas en las que colaboraba Ángel. Las acusaciones intelectuales siempre fueron ridículas y las imputaciones personales tan repulsivas que siempre provocaron el efecto contrario al deseado por el sinvergüenza que los escribió. Reciba mi más personal desprecio en estos momentos en que lo imagino afanosamente entregado a la tarea de boicotear los modestos homenajes que algunos amigos de Ángel están preparando en Madrid.

He titulado este obituario con una cita del aria de Sach en el tercer acto de Los maestros cantores, una ópera que Ángel me reprochaba no amar suficientemente, pero será con ellos, con el 'Coro final' en la traducción de Ángel Mayo, como terminaré:"¡Honrad a vuestros maestros alemanes, así conjuraréis a los buenos espíritus; y si os entregais a su beneficioso influjo, aunque se disipe como el humo el Sacro Imperio Romano-Germánico, siempre tendremos el Sagrado Arte Alemán!. ¡Salve, Sachs! ¡Al Sachs amado de Nuremberg!"

Heil, Ángel! Nürnbergs teurem Ángel



Este artículo fue publicado el 16/06/2003

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