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La importancia del maestro concertador y director

La Coruña, 05/07/2003. Palacio de la Ópera. Tancredi (Venecia, La Fenice, 6 de febrero de 1813), libreto de G. Rossi, música de G. Rossini. Intérpretes: Daniela Barcellona (Tancredi), María José Moreno (Amenaide), Raúl Giménez (Argirio), Nicola Ulivieri (Orbazzano), Marina Rodríguez-Cusí (Isaura), Marina Pardo (Ruggieroi). Escenografía, vestuario y puesta en escena: Pier Luigi Pizzi. Orquesta Sinfónica de Galicia, coro de la Comunidad de Madrid y Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana de Barcelona (director: Jordi Casas). Dirección de orquesta: Alberto Zedda. Aforo: 1.800 localidades. Asistencia: 100 %
imagen Aunque se trataba de la clausura del Festival Mozart, para mí se trataba de una primera visita (no a la ciudad, al Festival). La buena noticia es la confirmación de Zedda en la dirección artística. Y justamente en esta función se tuvo la prueba más evidente. No es la primera vez que le oigo la primera gran ópera seria rossiniana, pero con él siempre se trata de una primera vez. Con una orquesta de gran nivel y con la que evidentemente ha llegado a niveles de complicidad, este Tancredi demuestra (para quien quiera verlo, claro) que una casa sólida se construye a partir de los cimientos. Y qué cimientos puso Zedda desde el primer acorde. Hay que oír cómo acompaña las arias, cómo lleva de modo natural y expresivo los crescendi, cómo integra todo en una estructura que lleva a la sobriedad y emoción del final (evidentemente se eligió el trágico) en un desarrollo que tiene tanto de lógico, sencillo y, por lo mismo, admirable. Hay que verlo dirigiendo su Rossini para entender cómo la rutina no tiene cabida cuando se hace la música que se sabe y se ama. Y los instrumentistas le respondieron no sólo técnicamente de modo irreprochable, sino con entusiasmo y vuelo.El coro estuvo bien pero -tampoco se le requiere tanto- no rayó a esa altura. Y el espectáculo ideado por Pizzi para el Festival de Pesaro de 1999 fue un estuche elegante, fluido y más preocupado por hacer brillar las gemas de la música que por el propio brillo (cosa que puntualmente ocurre cuando se respeta y se conoce a un compositor, y Pizzi tiene en su haber un currículum rossiniano de enjundia).Por supuesto, la perfección sin los cantantes no se alcanza. Y aquí es donde no todo respondió a expectativas más que fundadas. No sé qué ocurrió con Barcellona, pero sólo en la segunda parte -por suerte- encontré el nivel habitual en ella en cuanto a canto electrizante de los roles en travesti, que son su especialidad. Pero si bien en la primera parte fue siempre musical y timbrada, ni se la oyó en los conjuntos ni impactó como debe -y puede- en su célebre aria de salida “Di tanti palpiti”. La más equilibrada fue María José Moreno, que también estuvo más cómoda en el extremo agudo en la segunda parte y en particular en la escena de la prisión (en la primera, ambas protagonistas tuvieron su mejor momento en el primer dúo de los enamorados) llegó a un nivel memorable.Giménez es un rossiniano nato (me preocupan últimas y próximas incursiones en autores que no le son tan congeniales) y sentó cátedra de estilo y técnica, pero no estuvo demasiado inspirado en lo escénico y es natural el desgaste que se percibe por momentos en su timbre. Si Pardo evidenció mayor volumen y medios, la emisión y el estilo estuvieron más del lado de Rodríguez-Cusí. Y con Ulivieri uno se queda lamentando que Rossini no haya dado más relieve -un aria al menos- al malvado de la noche: el joven italiano demuestra que no en vano canta con Abbado, Harding y Zedda. Con lo que volvemos al punto de partida de esta nota: bienvenidos los maestros concertadores y directores de este nivel, y por muchos años más en este Festival.

Este artículo fue publicado el 15/07/2003

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