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Con la misma desigualdad acostumbrada

San José de Costa Rica, 27/07/2003. Teatro Nacional. Carmen, ópera en cuatro actos con música de Georges Bizet y libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, basado en el relato homónimo de Prosper Mérimée. Elenco principal: Ilse Apéstegui (Carmen); Scott Piper (Don José); Guido LeBron (Escamillo); María Marta López (Micaela); Rafael Saborío (Zúñiga); Laura Corrales (Frasquita); Raquel Ramírez, (Mercedes); Eddy Arguedas (Dancairo); Juan Pablo Marín (Remendado). Coro Sinfónico Nacional, Coro del Instituto Nacional de Música, Orquesta Sinfónica Nacional. Giancarlo Guerrero, dirección musical. Daniel Helfgot, dirección escénica. Fernando Castro, escenografía. Ana María Barrionuevo, vestuario. Organizado por la Compañía Lírica Nacional, Teatro Nacional y Fundación Ars Música
imagen Dada la inmensa y continuada popularidad de Carmen en los teatros de ópera del mundo entero, hoy resulta casi inexplicable, y hasta risible, que la obra maestra de Georges Bizet (1838-1875) haya tenido una recepción hostil, tanto de la crítica como del público, en ocasión del estreno parisino de 1875.El montaje de Carmen inaugurado el domingo en el Teatro Nacional, con la dirección musical de Giancarlo Guerrero y la escénica de Daniel Helfgot, es el cuarto que se realiza en el país en poco más de 20 años.Si bien ninguna de las escenificaciones ha sido enteramente satisfactoria, esta última ha contado con el mejor reparto en los dos principales papeles masculinos: ‘Don José’, en la voz y figura agradables del tenor Scott Piper, quien se presentaba aquí por vez primera, y ‘Escamillo’, en las del barítono Guido LeBron, conocido y apreciado del público costarricense a causa de sus apariciones anteriores.Junto al timbre flexible y matizado, emisión firme, fuerza dramática y alcance penetrante de sus voces, ambos intérpretes mostraron eficaz señorío escénico y delinearon sus respectivos personajes de modo persuasivo. LeBron plasmó un ‘Escamillo’ de temple altivo y dominante, espléndido en sus famosas Coplas del toreador. Piper, un ‘Don José’ apasionado, resuelto y viril, consumido, al final, por su fiebre amorosa. En el acto segundo, el tenor fue ovacionado luego de su intensa interpretación del aria La fleur que tu m’avais jetée.En contraste, la mezzosoprano Ilse Apéstegui encarnó a ‘Carmen’ con menor propiedad histriónica, quizá debido a que apenas se estrena en el papel. Si bien la cantante moduló la voz de manera colorida y produjo tonos claros y templados, el personaje careció de sensualidad, desenvoltura y malicia.Además, ¿por qué no oscureció su tez con maquillaje apropiado? El aspecto lechoso de la piel negó cualquier pretensión de que la protagonista era una gitana andaluza. ¿O será que se habrá tomado en serio la mentirilla coqueta que ‘Carmen’ le dice a ‘Don José’ al principio, cuando afirma que ella, al igual que él, es oriunda de Navarra?El resto del elenco cumplió de manera encomiable en papeles menores, sobre todo las sopranos María Marta López y Laura Corrales, en los de ‘Micaela’ y ‘Frasquita’ respectivamente, y Raquel Ramírez, mezzosoprano, como Mercedes. López arrancó muchos aplausos al concluir su sentido romance del acto tercero. Para el montaje anterior de la ópera, en 1986, ‘Frasquita’ estuvo a cargo de Íride Martínez, y la frescura y claridad de la voz de la señorita Corrales, unidas al ángel escénico que demostró, le auguran una carrera profesional de realce parecido.También merecen mención favorable el bajo Rafael Saborío, en el papel de ‘Zúñiga’, al igual que los tenores Eddy Arguedas y Juan Pablo Marín, como el ‘Dancairo’ y el ‘Remendado’, en ese orden. El quinteto del acto segundo de estos con ‘Carmen’, ‘Frasquita’ y ‘Mercedes’ se oyó muy logrado y espontáneo.Asimismo, la ejecución acertada de la Orquesta Sinfónica Nacional y la batuta precisa de Giancarlo Guerrero me parecieron dignas de elogio: el conjunto produjo sonido terso y lustroso, y Guerrero moldeó una lectura enérgica y vibrante, e integró sin rompimiento la escena y el foso. En cambio, el desempeño del Coro Sinfónico Nacional desmejoró en comparación con prestaciones precedentes.Con excepción de la iluminación, sin créditos en el programa de mano, los aspectos teatrales y los aditamentos escenográficos rebajaron la calidad del montaje. Pese a que en el programa se le atribuía el diseño del vestuario a Ana María Barrionuevo, éste no era más que un rejunte de trapos de montajes previos, sin unidad de estilo, correspondencia histórica o concordancia cromática. Al mismo tiempo, las gradas, verjas y fuente de la escenografía de Fernando Castro, antifuncional y voluminosa, obstaculizaron desplazamientos y el empleo de las gradas en el acto tercero, supuestamente el escondite montañoso de los contrabandistas, me pareció ridículo.No sentí que la puesta en escena de Daniel Helfgot, convencional y nada imaginativa, propusiera alguna premisa, metáfora o punto de vista esclarecedor u original en relación con el argumento de la obra. El director se limitó a servir de agente de tránsito para entradas y salidas y a distribuir, en forma más bien torpe, el escaso espacio de juego que dejó el armatoste de Castro.En suma, una representación desigual de la ópera Carmen, más acabada en los aspectos musicales y vocales que en los escénicos, como suele ocurrir en los montajes de la Compañía Lírica Nacional (CLN), y como seguirá siendo el caso mientras la dirección artística de la CLN se confíe a diletantes en vez de profesionales.

Este artículo fue publicado el 04/08/2003

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La fotografía © 2003 by Garret Britton se publica, al igual que la presente crítica, por cortesía del diario 'La Nación' de San José de Costa Rica

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