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Orfeo a lo Comediants

San Sebastián, 16/08/2003. Orfeo y Euridice, acción teatral en tres actos con música de Christoph Willibald Gluck sobre libreto de Raniero de Calzabigi. Flavio Oliver, Orfeo. Tatiana Lisnic, Euridice. Isabel Monar, Amore. Coral Andra Mari de Rentería. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Joan Font, dirección escénica. Arnold Oestman, dirección musical.
imagen Cuan difícil debe resultar para un director de escena sumergirse en las aguas de uno de los mitos mas buceados de todos los tiempos: el del cantor tracio, el mismísimo Orfeo. Porque Orfeo, bien lo consideremos todo un dios griego, un arquetipo romántico o uno de los tipos más tontos de la historia, es un personaje cuya magnánima tragedia se ofrece a mil y una lecturas diferentes.En el terreno de lo musical, y aún tratándose de un mito que ha despertado bastante interés en años recientes (ahí están, para probarlo, los acercamientos de Harrison Birtwistle o Lukas Foss, por ejemplo), dos son las referencias principales e inevitables: L’Orfeo de Monteverdi y el Orfeo y Euridice de Gluck, las obras capitales de dos compositores tan distintos como importantes en la evolución del género operístico. En su respectivo acercamiento al tema que nos ocupa, mientras que en el Orfeo monteverdiano el sino lo impregna todo, de forma que la historia discurre irremisiblemente hacia el trágico final, en el Orfeo de Gluck/Calzabigi es el Amor el promotor de la acción, y las peripecias del cantor tracio no son más que una prueba de fe en la que la fatal mirada no es ya una debilidad, sino una prueba suprema de amor.De esta última visión del mito, tan propia de un sentir dieciochesco como extraña a nuestros ojos, tuvo que hacerse cargo el comediant Joan Font, por medio de una dirección sencilla en conceptos pero efectiva, en la que cada escena capital se impregna de un color puro símbolo de un afecto: negro para el pesar y el miedo, rojo para la muerte (y el amor), verde para la esperanza, blanco para la alegría y la victoria. Por otra parte está la plataforma circular central, que en un principio parece un elemento interesante como representativo de la isolación de Orfeo en su búsqueda, aunque esta idea se vea deslucida por el emplazamiento de los coros en algunas escenas (como la del Lago Estigio), que hacen descender a Orfeo de su posición central en el escenario y en la historia. Existen también escenas de gran belleza, como la del retorno de los amantes, en la que Euridice va arrancando velos según su deseo de morir antes que verse despreciada por Orfeo, para finalmente expirar bajo la mirada de su amado junto con la caída del último de los velos.No obstante, el principal reto escénico de esta ópera, que son los extensos tiempos muertos de música sin acción dramática, no terminaron de cuajar en el cuadro general, quizá debido a unas coreografías algo pobres, destinadas a ser bailadas por miembros de Els Comediants y no por bailarines profesionales. Por lo demás, la otra gran novedad de la producción, que era la inclusión de un presentador al inicio de la fábula (una sinopsis multimedia), sin llegar a molestar lo cierto es que tampoco aportó nada de significativo a la interpretación de la misma. El vestuario, muy cercano en estilo a los particulares modelos payasescos de Els Comediants, fue uno de los puntos fuertes de la producción, así como una iluminación que por momentos pecó de oscura. El atrezzo resultó en ocasiones excesivamente naif (las cabezas de Cerbero).Por lo que respecta al aspecto vocal, todo el peso del Orfeo gluckiano recae precisamente sobre el personaje del cantor tracio, cuyos constantes cambios de estado anímico -pesadumbre por la muerte de Euridice, alegría por la posibilidad de recuperarla, miedo junto al Lago Estigio, recuperación de la calma en los Campos Elíseos, inquietud torturada por la crueldad de la prueba impuesta, desesperación absoluta ante la perdida definitiva de Euridice y posterior felicidad por el inesperado (y algo forzado) final feliz- suponen todo un reto a la capacidad comunicativa de la mezzo, contralto, contratenor o tenor (en la versión francesa) encargado de este rol. Flavio Oliver estuvo más fuerte en lo teatral que en lo vocal, donde tuvo algunos problemas de afinación y de volumen (cosa común en contratenores). Sin embargo, de las arias de esta ópera, y a pesar del famoso prólogo de Gluck a su Alceste, se espera por tradición un cierto grado de artificio belcantista, y fue eso precisamente lo que se echó en falta en la interpretación de Oliver, más que correcta por lo demás.En cuanto a las féminas, la Amore Isabel Monar hizo gala de una voz homogénea y brillante, adecuada a su rol de divinidad. Por su parte, la Euridice Tatiana Lisnic dotó a su personaje de una dulzura tímbrica notable y una importante credibilidad dramática. Lo más flojo musicalmente llegó desde el foso, en el que un Oestman con ideas interesantes tuvo que lidiar con un instrumento (una Sinfónica de Euskadi muy reducida) que no dio mucho de sí ese día.Es justo reconocer que, sin presentar un plantel vocal estelar y a pesar de algunos aspectos escénicos discutibles, esta representación de Orfeo y Euridice recibió una buena acogida tanto del público como de la crítica. Realmente es una producción que funciona, y muy bien, en escenarios limitados como el del Kursaal donostiarra.

Este artículo fue publicado el 01/09/2003

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