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¿Hugo o Blanca?

Bégamo, 05/10/2003. Teatro Donizetti, Bérgamo. 'Ugo Conte di Parigi'. Teatro alla Scala, Milán, 13 de marzo de 1832- libreto de F. Romani y música de G.Donizetti-Dirección de orquesta: Antonino Fogliani. Dirección escénica: Guido De Monticelli. Escenografía: Angelo Sala. Vestuario: A. Camanna y G. Pollioni supervisadas por T. Vitali. Intérpretes: Doina Dimitriu(Bianca), Carmen Giannattasio (Adelia), Yasuharu Nakajimai (Ugo), Sim Tokyurek (Luis V) y otros. Orquestas y coros de la Academia del Teatro alla Scala y G. Donizetti de Bérgamo.
imagen Primera representación moderna de una obra de Donizetti en la inauguración del teatro de su ciudad natal que lleva su nombre (magnífico) y en coproducción con la Scala que la retomará con más funciones dentro de pocos días. Una posible fiesta. Una iniciativa que sólo merece elogios. Y una desilusión.Primero, porque la obra es realmente floja, para los parámetros de un Donizetti y de un Romani que estaban por escribir juntos una obra maestra como L’Elisir y ya habían dado, por ejemplo, nada menos que Anna Bolena. Y por la que ambos parecieron sentir curioso desapego. Frente al resultado, parece justificado.La hipótesis avanzada en el programa por los miembros de la Donizetti Society (que estuvo, como sabe estar, bien presente) es muy interesante: más que un problema con la censura austríaca u otros elementos, tal vez se haya tratado de una imposición de la Pasta que convirtió en “Ugo” a lo que quizás hubiera sido “Bianca” con una serie de cambios de nombres femeninos en el primer acto y una graciosa y tal vez no muy enigmática calavera dibujada por el compositor al final de la partitura. El hecho es que, con muchos momentos de buena música y alguno de excelente drama, la obra no acaba nunca de cobrar alas. Y escrita para el mismo tercerto que el mismo año había estrenado, meses antes, Norma, resulta particularmente irritante.La peculiaridad sigue con que hay un tenor protagonista sin aria y un personaje travestido para contralto que sí la tiene (y nada fácil por cierto).Los solistas que han trabajado perfeccionándose con la directora artística de la Academia de canto milanesa, Leyla Gencer, fueron ampliamente superados por la escritura.Quien salió indemne -aunque su voz de soprano lírica, no muy personal pero italianísima- fue la “seconda donna”, la hermana buena rival a su pesar (o sea la Grisi, para que no haya malentendidos) de Carmen Giannattasio, dechado de buen gusto, correcta técnica y emisión y registro homogéneo (cosa que a veces en el belcanto parece difícil conseguir y algunos incluso parecen considerar indeseable).El protagonista era un cantante oriental que tenía timbre de tenor y nada más, Yasuharu Nakajima, cuya presencia escénica no lo ayudaba precisamente. Presencia era lo que tenían los dos comprimarios, y medios notables: pero tanto el traidor (nunca sabemos por qué, y además desaparece sin contemplaciones) ‘Folco’ de Dejan Vatchkov, como la reina culpable pero madre amantísima ‘Emma” de Milijana Nikolic sonaron poco versados en Donizetti y decidieron poner de manifiesto su volumen, ella con un agudo estridente y él con un grave abierto.Sim Tokyurek era la contralto de marras: voz de buen color y extensión, no demasiado bella, se esforzó -pese también a una figura no muy agraciada- por dar el máximo, pero justamente en su aria se advirtieron altibajos.Y claro, queda la protagonista, que tal vez, sola, podría salvar una representación (aunque sin asegurar la supervivencia del título). Doina Dimitriu es una cantante de medios importantes que esta vez pareció curiosamente encorsetada, intentando cantar en un modo que no parecía ser el suyo ni el que mejor le va a su técnica. Intentó y consiguió un canto a flor de labio y las medias voces fueron meritorias, pero al precio de un agudo metálico, un grave más exagerado y artificial que de costumbre, problemas de entonación en las agilidades, que apenas esbozó y con mucho menos poder que el que en principio posee su canto.Parecía como si intentara seguir un modelo que, cualquiera sea el atractivo que pueda presentar (escaso para quien esto escribe), está en sus antípodas. Descontada una puesta rutinaria sin nada especialmente bello ni interesante, pero con una marcación que no ayudó a los cantantes bisoños a desenvolverse mejor ni a cantar con más soltura, y la labor de un coro que cumplió (especialmente en el sector femenino) sin demasiado brillo, queda el buen hacer de la orquesta y su enfervorizado director (las ovaciones mayores fueron para él, aunque durante todo el tiempo de la representación molestó la claque, institución que podría definitivamente pasar a la historia sin demasiada pérdida), Antonino Fogliani, un joven maestro del que podemos esperar buenas cosas. Excelente la oportunidad, pero un tanto desperdiciada, considerando sobre todo que no es una obra que mañana o el año próximo tenga muchas posibilidades de tener valedor

Este artículo fue publicado el 10/10/2003

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