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Un Beethoven raro, raro, raro

San Sebastián, 14/01/2004. Auditorio Kursaal. Joseph Martin Kraus: Sinfonía en Do mayor VB138. Edvard Grieg: Desde el monte Pincio, op.39 nº1. Canción de Solveig, de Peer Gynt, op.23 nº18. Canción de Solveig, op.23 nº23. La princesa. Un cisne, op.25 nº2. Primavera, op.33 nº2. Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº7 en La mayor, op.92. Barbara Bonney, soprano. Orquesta de Cámara Sueca. Director: Thomas Dausgaard.
imagen El editor de esta publicación, Xoan M. Carreira, firmó hace escasos meses una crítica a la nueva integral de sinfonías de Beethoven grabada por la Orquesta Filarmónica de Berlín y Simon Rattle, en la que exponía los nuevos puntos de vista que los criterios actuales imponen a la hora de abordar este ciclo monumental y auténtico fetiche artístico de nuestra sociedad occidental: en primer lugar, la vigencia de un nuevo texto base, la edición crítica de Jonathan del Mar que tan rápidamente está desbancando a las clásicas Breitkopf & Härtel, Litolff u otras y que aporta diferencias sustanciales a la fisonomía de estas músicas.En segundo lugar, la tendencia cada vez mayor por parte del consumidor de música a exigir interpretaciones históricamente informadas, también esto en dos vertientes aparentemente difíciles de conciliar: por un lado, la consideración del contexto histórico-musical originario en el que nace cada una de estas sinfonías, con sus recursos técnicos, prácticas de ejecución y medios de producción y difusión concretos, lo que conocemos como práctica historicista y que lleva ya cuatro décadas dando más guerra de lo que en un principio cabría esperar; pero por otro lado, el conocimiento de lo que aproximadamente dos siglos de tradición interpretativa han aportado a nuestra percepción de estas músicas, y cuya evolución podemos conocer con considerable exactitud desde principios del siglo XX hasta nuestros días gracias a la constante reedición de grabaciones históricas, muchas de ellas pioneras, con calidades sonoras más que aceptables.Digo todo esto porque, aunque estoy seguro de que todo el mundo fue al Kursaal a ver a Barbara Bonney, el verdadero protagonista de este concierto que nos ocupa fue Thomas Dausgaard y su indescriptible versión de la séptima de Beethoven. Quizá no indescriptible, pero sí provocadora e iconoclasta, siempre sorprendente por el hecho de que retorcía todas nuestra expectativas, basadas en axiomas sólidamente anclados en una tradición germánica que nos llega a parecer la única posible. Casi todo en esta versión fue nuevo: la dinámica tan extrema, prácticamente percusiva; los pulsos, manipulados a placer y siempre rapidísimos; la agógica, que tiró de recursos como la imprecisión (casi suciedad) para crear un Allegretto absolutamente fascinante; y, sobre todo, la caracterización de la música, muchas veces rayante en la vulgaridad (el Allegro con brio era pura música de feria) pero siempre válida con respecto a lo que la partitura es, y que es bien poco. Ahora bien, detrás de toda esta excentricidad, alguien diría incluso extravagancia, lo que fue definitivamente fascinante fue la prístina claridad estructural, la logradísima construcción de los climax y el equilibrio entre los pesos de cada uno de éstos, es decir, la sobresaliente comprensión de la música en lo que utilizando un término schenkeriano sería su background, más allá de las posibles manipulaciones o deformaciones de su caracterización externa.Thomas Dausgaard, el padre de la criatura, es un director de conocimiento sobrecogedor a quien quizá se le pueda reprochar su excesiva tendencia a hacérnoslo saber. Quizá es ese punto de pedantería lo que le hace buscar siempre la ligazón inesperada con tradiciones aparentemente no relacionadas con la música que estamos escuchando, como pudo ser el uso del portamento en la melodía inicial de la primera Canción de Solveig (un recurso típico en las interpretaciones vocales de principios del XX) o las clarísimas referencias a los clichés orquestales de los musicales de Holliwood en la canción La princesa, también de Grieg. Esto, claro está, al margen del Beethoven, que resultó una vivencia tan intensa como desconcertante y que me daría reparo escuchar por segunda vez por miedo a que mi entusiasmo se convierta en decepción. También venía en el programa una breve sinfonía del Mozart sueco, Joseph Martin Kraus, sencillamente preciosa y llena de encanto y que fue dirigida con energía y sin excesivas rarezas.No se me olvidé hablar de los interpretes, una Orquesta de Cámara Sueca de sonido rudo pero unas prestaciones notables, quizá con unos vientos algo mejorables pero de todas formas moldeada al estilo de su director. Y, por supuesto, una Barbara Bonney que cantó casi tan bien y tan bonito como en sus discos.¡Por cierto! Thomas Dausgaard y la Orquesta de Cámara Sueca está grabando toda la obra orquestal de Beethoven para un extraño sello llamado Simax, y algunos CDs ya están disponibles. Debo advertir no obstante que los registros de la sinfonías son más convencionales que sus versiones en directo.

Este artículo fue publicado el 05/02/2004

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